Construcciones

16 de abril de 2019

III. La crisis local e internacional, alternativa desde los pueblos y a la izquierda.

2019:

alternativas populares y 
de izquierda
más allá (y más acá) de 
las elecciones
14 de enero de 2019

Por Sergio Zeta (Rebelión)
"El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza"
Rodolfo Walsh, Un oscuro día de justicia, 1973.
No hace más de un año, el contundente triunfo en las urnas obtenido por el macrismo lo alentó a imaginarse con suficiente consenso para ajustar y reorganizar la estructura política, económica, social y cultural del país. Pero apenas dos meses después la extendida resistencia popular y un diciembre de lucha contra la reforma previsional resquebrajó esta ilusión, abriendo una crisis económica y política que aún perdura.
Con la misma rapidez con que se fantaseó con una derecha imbatible se la pasó a imaginar presta a abordar helicópteros. Fantasía hermosa que alegraba el corazón pero que venía con trampa: alentaba a dejar de lado las imprescindibles tareas acordes a una nueva realidad en cuanto a organización, la lucha y la construcción de propuestas programáticas alternativas del pueblo trabajador.
El pueblo no fue derrotado en las calles, por eso la victoria electoral macrista no pudo expresarse como avance ilimitado y la lucha popular siguió expresándose en todo el país a lo largo de todo este 2018. Sí, en cambio, sufrimos una derrota cultural, de proyecto, que el macrismo no fue quien causó sino quien la usufructuó. De este modo puede continuar con su ofensiva a pesar de la resistencia que despierta.
La dispersión en el campo popular es grande y quienes construyen política desde coyunturas electorales volátiles, lejos de augurar procesos de largo alcance, suelen ser olvidados en poco tiempo. La unidad popular sólo puede sostenerse sobre nuevos proyectos político-sociales que comprendan a los diversos sectores del pueblo trabajador, sobre nuevas síntesis identitarias plebeyas. No puede levantarse en base a nostalgias más o menos críticas de alternativas capitalistas responsables de la derrota cultural y del proyecto emancipador del pueblo. Ni puede sostenerse sobre una limitada y coyuntural redistribución neodesarrollista que, al toparse con sus límites, no encontró otra vía de superación que hacia su derecha. (ver Féliz, Pinassi, 2017) 
Diciembres distintos y políticas diferentes
Un conocido periodista progresista no pierde oportunidad de criticar a las izquierdas “maximalistas” que, según su decir, en sus pretensiones de conseguirlo todo no logran que el pueblo obtenga nada. Este análisis encubre su propia derrota ante la evidencia de que la lucha por ¨lo posible¨ se traduce en falsas ilusiones para el pueblo trabajador y profundiza su pobreza estructural y la precarización de la vida. Un compañero de una villa en Capital cuenta con preocupación que hace unos años podía elegir una primera marca en fideos, base de su alimentación cotidiana, y ahora sólo puede comprar la más barata que se deshace en la olla. Creo que no hacen falta más palabras. Si bien la alternativa no es menor para quien sólo come fideos esto no debería ser considerado un derecho adquirido, ni peor es nada, ni dignidad. Dejando de lado la pretensión aparentemente “maximalista” de que todos podamos acceder a una alimentación diversa y sana, hoy, tras una breve coyuntura diferente, hasta para comer mejores fideos hay que sacarles a los ricos y obturar los canales de extracción de nuestras riquezas.
Los “minimalistas” se dedican entonces al juego que mejor saben y que más les gusta: prepararse para las elecciones. Festejan entonces cada político o burócrata sindical -desorganizadores seriales de los sectores populares- que se suma al “todos contra Macri”. Fórmula que podría traducirse como “todos para que Macri se vaya recién dentro de un año” que, claro, sería más sincera pero menos atractiva.
Tanto la subordinación a estrategias electorales como sostener la posibilidad de retornar a políticas progresivas que en otros tiempos significaron ciertos avances relativos, provocan desorientación y desmoralización, así como aportan a un desinfle burocrático de las luchas. Un ejemplo de esto es la masiva pelea por la educación en todos los niveles, una de las más fuertes que se libraron este año, que podría haber asestado un potente golpe al gobierno.
No resulta llamativa la actitud de las burocracias políticas y sindicales cuyo universo transcurre en el capullo electoral del que se nutren mientras esperan el 2019. Pero necesitamos preguntarnos ¿hubiéramos podido intentar otro rumbo desde las izquierdas? ¿no hubiera sido necesario impulsar -superando el corporativismo- un Congreso o Cabildo abierto nacional de todos los niveles y de toda la comunidad educativa para debatir que educación necesitamos como pueblo, quien la debe dirigir y cómo luchar para imponerlo, cuando cientos de miles de compañerxs ocupaban las calles, escuelas y Universidades? ¿No hubiera sido un salto político para fortalecer la pelea? ¿Acaso la comunidad educativa de Moreno no nos demostró que era posible articular la escuela con el barrio para potenciar la lucha? ¿No tenemos las izquierdas una inserción para nada despreciable en todos los sectores de la educación como para intentarlo? ¿Acaso eso no hubiera sido hacer política tanto como el presentar candidatos al Parlamento, aunque el sistema sólo clasifique como “política” esta última práctica?
Estas posibilidades resaltan el nefasto rol de la burocracia sindical, que desde las cúpulas de la CGT, las CTA's, como desde el “Frente Sindical para el Modelo Nacional” aportan a encausar la bronca en misas, performances catárticas poco efectivas o en esporádicas protestas sin continuidad ni claros reclamos. Si la posibilidad de que sea “con los dirigentes a la cabeza” llevó a la explosión del “poné la fecha”, se hace cada vez más evidente la necesidad de organización por abajo, para hacer realidad “con la cabeza de los dirigentes”, hacia un sindicalismo de nuevo tipo, no corporativo, clasista, democrático y combativo.
Asimismo, muchas organizaciones territoriales o de economía popular vieron limada su gran potencialidad -demostrada en las calles- por una dirigencia subordinada a la Iglesia y deseosa de sumarse a las internas del PJ.
Las consecuencias se expresaron en un diciembre muy diferente al del año anterior –y a lo que hubiera sido necesario- a tal punto que el ministro Nicolás Dujovne sale a festejar que “nunca se hizo un ajuste de esta magnitud en la Argentina sin que caiga el gobierno”.
El afán de quienes imaginaban helicópteros y ahora fantasean con urnas se agota en alumbrar una boleta sábana de “todos contra Macri”, sin importar que en ese “todos” haya muchos que vienen sosteniendo a Macri y su política. Se olvidan que no toda unidad suma; que las lógicas del capital y el poder empresarial no habilitan cambios de rumbo si no se los enfrenta; que no habrá medidas que atenúen los padecimientos populares si no se rompe con el FMI; que la “unidad” que ahora se postula es similar al “todos contra Menem” que terminó pariendo un De la Rúa y un Domingo Cavallo en su tercera temporada. Y sobre todo, mientras se dice buscar reflejar políticamente las luchas populares, se valora más el aporte de personajes siniestros como Felipe Solá, Luis Gioja, Gildo Insfrán, Ricardo Pignanelli y tantos otros, por sobre los aportes del pueblo, que en las calles protagoniza una persistente lucha y que en su mayoría se siente ajeno –con razón- a los partidos, instituciones y mecanismos “democráticos” que -a 35 años de la dictadura- no resultaron panacea de fin de historia sino herramienta de opresión y padecimientos populares.
Crisis de la “grieta” y crisis de la democracia
Pobre Argentina. Tan lejos de Dios y tan cerca de las elecciones
Alfredo Grande
 El capitalismo al escindir el terreno de la economía y lo social-donde prima la desigualdad y la voluntad popular no cuenta- del terreno de la política, restringe ésta al terreno de lo estatal. La “democracia” representativa liberal consuma esta castración de la política poniendo un signo igual entre hacer política y votar.
Si las viejas izquierdas se fueron adaptando a esta escisión, una de las novedades que introdujo una nueva izquierda en las prácticas políticas -con el zapatismo, las rebeliones populares en Bolivia o la Argentina del 2001, el chavismo popular, etc.- fue la politización de la vida, en tanto “que la política atraviesa el Estado pero claramente excede al Estado” (Stratta, 2018). Este “exceso”, terreno primordial de una otra política en tensión con lo aceptable por el sistema, constituye el principal espacio de construcción de poder popular. De allí lo disruptivo de lxs trabajadores que han recuperado y hecho funcionar empresas sin sus patrones; del movimiento feminista al poner en cuestión el rol asignado a las mujeres en la reproducción social y de la fuerza de trabajo; de los movimientos socio-ambientales que defienden el agua y la vida frente al extractivismo; de organizaciones sindicales que como la Federación Aceitera no aceptan otro valor mínimo de la fuerza de trabajo que el “que le asegure alimentación adecuada, vivienda digna, educación, vestuario, asistencia sanitaria, transporte y esparcimiento, vacaciones y previsión” (Yofra, 2017); o sectores docentes que no solo pelean por salario sino ponen en cuestión la educación como reproductora del sistema. Pueblos que han logrado avanzar a la articulación social y política de los sectores de la clase que vive de su trabajo han podido alumbrar experiencias avanzadas aunque incipientes de poder y de proyecto popular alternativo, como las comunas chavistas, los caracoles zapatistas, o el confederalismo democrático kurdo.
Estas experiencias resaltan que “… sólo con presión al Estado no se logra un cambio en las relaciones de fuerza. Por lo tanto, desde esta visión es indispensable, además, disputar el sentido de las creencias y las concepciones que regulan la vida social. La presión al Estado no basta, si no se impugnan al mismo tiempo las ideas que sustentan a la sociedad burguesa.” (Stratta, 2018)
La frustración con la llamada “democracia” crea condiciones para esta impugnación. Pero tras la “normalización” de la política acaecida durante la década kirchnerista, incluso sectores de la nueva izquierda “popular” volvieron a privilegiar al Estado como único terreno de lo político y restringieron lo económico-social al terreno de la mera lucha “que debe expresarse en las elecciones” como supuesta única manera de hacer política de masas.
Los medios resaltan las visiones que dan centralidad a la disputa electoral por el Estado, como la de Hugo Yasky para quien “salvo una provocación sería mejor evitar hacer paros en un año electoral”. Una y otra vez se volverá a machacar que lo electoral es la “madre de todas las batallas”. Todo lo demás parecerá secundario y nadie que pretenda parecer sensato se atreverá a decir -ni a formular políticamente- que hay otras tareas tan o más importantes para los destinos populares. Será necesaria mucha fortaleza política y principalmente, mucha ligazón con los sectores populares, para desarrollar una disputa política en otros terrenos, sin por ello desentenderse de lo estatal.
La primacía de lo electoral desplaza al sujeto protagonista de la política. Asimismo, se desplazan los debates políticos acerca de la educación, la salud, el acceso a la energía, la vivienda, el transporte, la seguridad popular o la soberanía alimentaria. O acerca de la necesidad de romper con el FMI, desconocer la deuda, terminar con el patriarcado, encontrar las vías para una refundación clasista y democrática del movimiento obrero o para el impulso a la integración latinoamericana. Ya no cuenta el pueblo peleando por imponer su política, construir su poder y referenciar liderazgos. El protagonismo pasa a los personajes mediáticos, los políticos profesionales, los aparatos con personería electoral y dinero para costosas campañas publicitarias. Más de 30 años de Encuentros de Mujeres parecen valer menos que un twitt tildando de “machirulo” al presidente. La vital pregunta por la unidad de los diversos fragmentos del pueblo trabajador troca en roscas para construir la unidad del PJ y sumar al “todos contra Macri”. No como discutible y dolorosa opción de segunda vuelta sino como construcción estratégica.
Hay compañeros que suponen -en una visión etapista particular- que el derrotar electoralmente al macrismo de la mano de Cristina puede posibilitar una radicalización del kirchnerismo en tanto se podría empujar a una confrontación con sectores del capital.
Pero es mucho más probable otra hipótesis más realista y menos fundada en el deseo: que en la lucha contra las miserias a las que nos condena el capitalismo patriarcal y colonial surjan sectores que imaginen, proyecten y peleen por imprescindibles transformaciones, mientras el kirchnerismo opere de contención para esterilizar su esfuerzo. No estamos imaginando, ya sucedió en la década pasada.
Nada de esto significa no dar pelea también en el terreno electoral. Pero sin adaptarse a sus mecanismos ni abandonar el protagonismo colectivo popular, sino introduciendo en la realidad el mensaje de los sin voz. Esa voz colectiva que el sistema intenta acallar y que constituye el terreno donde la izquierda puede y debe tallar, aunque eso espante algunos votos “progres”.
El sistema intenta que no nos sintamos parte de una clase social oprimida –diversa pero con intereses similares- sino nos consideremos “ciudadanxs”. Donde el otro ya no sea un posible compañerx sino un potencial límite a nuestra libertad. Para esto, “… las clases no solo se atomizan, sino que los átomos se reagrupan de tal manera que el concepto de clase llega a parecer poco útil o pertinente para la lucha colectiva ... En el Estado moderno capitalista los ciudadanos son hacinados en todo tipo de agrupamientos: se les clasifica, primeramente y ante todo como familias, pero también como votantes, contribuyentes, inquilinos, padres, pacientes, asalariados, fumadores y abstemios ... Este moldeamiento es una lucha, una lucha por canalizar la acción clasista en las formas fetichizadas de la política burguesa, una lucha por constituir la forma Estado.” (Holloway, 1994)
En nuestros días, “pibes chorros”, “militantes”, “choriplaneros”, “piqueteros”, “sindicalistas”, “mapuches” son constituidos como agrupamientos antagonistas de lxs “ciudadanos”, la “gente” o el falso y nefasto “el que se la gana laburando”. Todo gobierno construye su supuesto antagonista. Cristina Fernández alimentó el huevo de la serpiente construyendo un macrismo a su medida en lo que más tarde Durán Barba denominó “la grieta”. Esta formulación se tornó tan eficaz que forzó a tomar partido, so pena de ser tildado de indiferente o falto de voluntad de poder y bajo la presión de microclimas “progresistas”. Todo otro agrupamiento antagónico, “empresarios-trabajadores”, “izquierdas-derechas”, “pañuelos verdes o celestes”, “pueblo trabajador-imperialismo” devino anacrónico, como argumentó Cristina Fernández en el Foro de Pensamiento Crítico. Vale aclarar que sostener que la “grieta” necesita deconstruirse como antagonismo no significa considerar que ambos polos sean lo mismo. No se trata de similitud ni de antagonismo, sino de complementariedad, en tanto rostros diferentes del mismo capitalismo patriarcal y alternativamente necesarios para un funcionamiento mínimamente armónico del sistema de explotación y opresión.
Lo nuevo es que la crisis erosiona la credibilidad de la “grieta” y desgasta a ambos contendientes, condición necesaria (aunque no suficiente) para su superación.
Un sobrevuelo por esta crisis permite distinguir la caída en picada de la imagen presidencial, un poder judicial recuperando el descrédito que tuviera en las jornadas del 2001, “cuadernos” que develan una feroz pelea por el negocio energético y los contratos con el Estado, demostrando que no hay inocentes en la articulación entre negocios legales e ilegales de un capitalismo que no puede ser “serio” ni “humano”.
Por el lado del PJ la situación no es mejor, o si se quiere, es peor. Un peronismo “sensato” que vacila entre seguir pegado al macrismo o tomar distancia. Y un Consejo Nacional Justicialista que reagrupa todo en un gran container donde caben “progresistas”, burócratas sindicales, “barones” del conurbano, defensores de empresas transnacionales, represores, unidos no por el amor sino por el espanto de perder su poder territorial si no se prenden a la figura de Cristina.
El salto dado por el “riesgo país” no revela solo el temor a la incobrabilidad de la deuda sino la desconfianza en la capacidad del gobierno para superar una crisis que pone en cuestión el sistema político institucional, que puede motorizar tanto salidas reaccionarias como una intervención popular que no acepte promesas de “profundización” de la democracia, sino aspire a otra institucionalidad democrática sobre sus escombros.
Esta disputa no tiene final cantado. Ante el fracaso del reformismo progresista y el deterioro de las instituciones “democráticas”, las derechas avanzan con alternativas neofascistas, como en Brasil.
Las izquierdas también tenemos condiciones de sobra para intervenir. A condición de plantarnos contra la ilusión de una inclusión sin conflicto (y cuestionar la idea misma de inclusión). De rechazar una “democracia” que ni es democracia ni es “el mejor sistema posible” (o seguirán siendo las derechas quienes capitalicen su descrédito). De combinar los reclamos inmediatos con perspectivas que vayan a la raíz de los problemas, evitando la soberbia de quienes suponen que estas cuestiones le interesan más a los partidos e intelectuales que al pueblo. De no ponernos en la vereda de enfrente del descreimiento popular en los “políticos”, en tanto “la repolitización que viene... tiene que pasar primero por una despolitización. Una despolitización positiva, un proceso activo en el que hacemos una “limpieza” de una cantidad de creencias y hábitos que hemos adquirido durante la etapa del asalto institucional” (Fernández Savater, 2018).
Construiremos alternativa popular a condición de plantarnos desde las luchas. Pero no solo desde ellas, sino sembrando ideas y construyendo lazos comunitarios por todos los medios posibles, incluso en las elecciones. Tarea molecular, gris y por mucho tiempo casi invisible, pero más productiva y eficaz que las maniobras electorales “brillantes” que terminan abonando al campo de sectores ajenos al pueblo trabajador.
La izquierda anticapitalista como alternativa electoral tiene límites importantes y encuentra un techo en la autoproclamación. Las organizaciones, colectivos y compañerxs que aún nos consideramos de una nueva izquierda independiente necesitamos -en forma articulada y unitaria al mismo tiempo que abierta- reclamar su apertura real y democrática, no sólo ni principalmente al resto de las izquierdas anticapitalistas y antipatriarcales no trotskistas, sino a todos los colectivos, movimientos y activistas de la extendida izquierda social. Necesitamos una articulación amplia de la nueva izquierda que asimismo pueda debatir el impulso a otras iniciativas y campañas políticas desde abajo y cotidianas, más allá de declaraciones y elecciones.
La Iglesia: una mano tendida a la recomposición institucional del capitalismo argentino
La Iglesia argentina parecía estar contra las cuerdas cuando la lucha de las mujeres conmovió profundamente el país y dotó a los sectores populares de nuevas sensibilidades, renovadas prácticas y lecciones estratégicas.
Sin embargo, lanzó una contraofensiva que le ha permitido mayor injerencia aun en todas las esferas de la política argentina y que apunta a sentar las bases para una recomposición del régimen político y el bipartidismo sobre el que se sostiene la ofensiva del capital.
Esta contraofensiva se hizo evidente con el freno a la legalización del aborto, en los ataques de los autodenominados “provida” contra la Educación Sexual Integral (ESI), en la sentencia a los brutales femicidas de Lucía. Pero también en que el plan de lucha del sindicalismo “combativo” haya devenido en una misa en Luján, en la intervención del Papa Francisco en la recomposición y unidad del PJ, con el beneplácito de Cristina y a través de un amplio espectro de personajes de derecha, como Felipe Solá, José Luis Gioja o Julián Domínguez, del centro-izquierda como Pino Solanas, referentes de movimientos sociales como Juan Grabois, pasando por sindicalistas como Pablo Moyano, Hugo Yasky, Héctor Daer o Aldo Pignanelli. Felipe Solá reconoció el rol jugado por el Papa: “hay una especie de parálisis con lo que está pasando en el país, y esa interpelación a ponernos en movimiento está viniendo de Roma”.
Asimismo, recientemente se conoció un documento de todos los sectores del sindicalismo burocrático junto a la Unión Industrial Argentina (UIA) denominado “Una patria fundada en la solidaridad y el trabajo”, cuya coordinación estuvo a cargo de los obispos Oscar Ojea y Jorge Lugones, considerados los más cercanos al Papa Francisco y cuya redacción final estuvo a cargo de “Scholas Occurrentes”, fundación educativa internacional creada por Francisco y recientemente elogiada por el Banco Mundial.
Los avances eclesiásticos se hacen notorios cuando agrupaciones feministas pasan a aliarse con un representante del Vaticano como Grabois, enemigo del derecho al aborto y defensor de una “cristiana” “aceptación” del capitalismo.
No puede haber confusión acerca del Papa Francisco. Su “teología del pueblo” no tiene nada que ver con la “teología de la liberación”. Mientras el primero se dirige a los poderosos para que “se acuerden de los pobres”, como señaló Francisco en su carta al encuentro de Davos, los segundos alentaban al pueblo oprimido a pelear contra los dueños del poder político y de la riqueza. Solo el malmenorismo y el abandono de toda esperanza de emancipación social y nacional puede confundir a unos con otros, en un escenario en que la lucha por la transformación resulta imprescindible para frenar el tren hacia el abismo.
La campaña por la separación de la Iglesia del Estado se presenta con más dificultades que las previstas pero resulta más imprescindible.
El territorio como construcción de comunidad, de síntesis política y de proyección alternativa 
Los desafíos de los movimientos territoriales han adquirido nuevos contornos en el transcurso del nuevo siglo. Como señala Fernando Stratta, “... los procesos de acumulación por desposesión, en tanto significan violentos procesos de despojo sobre las poblaciones, generaron nuevas conflictividades, que se observan en diferentes ámbitos de la sociedad: en el trabajo (flexibilización y desregulación laboral), en los territorios (desplazamiento de pueblos originarios), conflictos urbanos (expulsión campesina y periferias de las ciudades), sociales y en los cuerpos (profundización de las violencias de género)”.
Todos estos conflictos se expresan en la falta de escuelas, en la insalubridad (basurales en zonas de viviendas precarias, criaderos de mosquitos, contaminación por plomo, falta de cloacas y de centros de salud de cercanía, etc), zonas urbanas fumigadas con glifosato, creciente mercantilización del deporte y la cultura que las hacen inaccesibles para lxs jóvenes, tarifazos, etc., etc.
Asimismo, “ Esta nueva dinámica de la economía capitalista con centro en las finanzas –caracterizada por la interrelación entre lo formal, lo informal y lo ilegal–, en la medida en que incorpora al crimen como un elemento inherente al proceso de valorización del capital, genera nuevas formas de violencia que se diseminan por el conjunto de la sociedad ”. Nuevamente, es en nuestros barrios donde más se expresa, así como en el accionar de fuerzas complacientes de seguridad con los narcos e impiadosas con nuestros jóvenes.
El resultado es la fragmentación social como consecuencia buscada en la fase neoliberal del capitalismo. Se trata, entonces, de revertir la fragmentación en el campo popular, con herramientas aptas para dar batalla en todos estos terrenos comprendiendo que de fondo, es una misma y sola batalla.
La Cetep ha surgido como herramienta de lucha en muchos territorios. Sin desmerecer su valor y más allá de su conducción, hay que señalar que ha sido construida sobre los moldes y aspirando a ser parte del viejo sindicalismo que, en la nueva situación, muestra sus límites. Asimismo, movimientos territoriales nacidos en los '90 en la vital pelea por trabajo (así asuman la forma de una relación no salarial, de asignación estatal) y contra el neoliberalismo, enfrentan el desafío de renovar y ampliar reclamos y formas organizativas que vayan más allá de los organizados hacia el conjunto del barrio y -más allá de las urgencias- trascendiendo (sin abandonar) la pelea por planes y reparto de comida, evitando un corporativismo despolitizante tal como el de muchos sindicatos que contemplan solo el interés de sus afiliados por sus ingresos; o que ante la complejidad de la situación, se rompa el hilo por lo más delgado y se desaten roces y peleas por recursos entre sectores barriales y organizaciones hermanas. El sentido común que imponen las clases dominantes hace más natural la guerra de “pobres contra pobres” que “pobres contra ricos”. Solo una política que articule los intereses diversos del conjunto de los sectores populares politiza al punto de hacer más natural esta última.
El barrio resulta un espacio imprescindible para la reconstrucción de lazos comunitarios, solidarios, identitarios y cuyo valor es difícil de exagerar al constatar que las peleas más fuertes y persistentes hoy la libran quienes han mantenido o reconstruido esos lazos comunitarios, como los pueblos originarios y las mujeres, sororidad mediante. El territorio resulta el espacio desde donde puede construirse síntesis multisectoriales de la diversidad de problemas que atraviesan al pueblo trabajador y desde iniciativas político-sociales que emanan desde abajo y es posible potenciar y multiplicar, hacia la construcción de potentes movimientos territoriales que, aun cuando necesiten movilizar junto a la Cetep, se distingan de ella en tanto al ampliar las miras disputen proyectos políticos alternativos.
¿Dónde están les compañeres? 
En un texto reciente, Aldo Casas señalaba que Debemos buscar compañeras y compañeros en esas “otredades” humilladas y marginadas que son las comunidades de pueblos originarios, los colectivos de lucha contra el extractivismo, el pobrerío urbano, los trabajadores que sufren el ajuste y la precarización, en las luchas contra el patriarcado y la violencia de género, etcétera. Nuestro marxismo debe ser capaz de actuar, hablar y pensar con ellos y desde ellos para ayudar a poner de pie una multivariada fuerza social popular capaz de proyectar un nuevo horizonte anticapitalista. Contribuir a imaginar proyectos comunes alternativos y a forjar la voluntad colectiva y revolucionaria de llevarlos a la práctica”. (Casas, 2018)
Parece de perogrullo, pero son muchas las organizaciones populares hermanas que a la hora de buscar compañeres, no buscan allí sino en el kirchnerismo, intentando un diálogo de sordos que cada vez más se demuestra monólogo en el que unos ordenan y el resto tristemente se amolda mientras “surfea” diferencias.
Es claro que un encuentro de media hora con Cristina o Axel Kicillof tendrá más prensa que horas mateando con doñas o jóvenes del barrio. Pero esto último resulta más productivo además de más agradable. Necesitamos ir a hablar, pero no como los evangelistas, porque se puede llevar un mensaje de izquierda como se lleva el mensaje de Dios. Necesitamos dialogar, aprender y enseñar simultáneamente. Diálogo desde donde planificar las próximas movidas, desde donde construir comunidad.
Hay hechos pequeños que sólo son material de anécdotas, pero hay otros que señalan iniciales rumbos de transformación. En las calles constantemente pasan chicas, muy jóvenes, con pañuelos verdes anudados. Esto trasciende la lucha feminista. Hace poco, estando quien escribe en el subte, un hombre le gritó a otro “bolita de m.., por qué no te va a tu país”. Al instante, decenas de mujeres insultaron al agresor hasta hacerlo bajar del subte. En la pelea de las Universidades, en las tomas y clases públicas, las chicas con pañuelo verde también eran vanguardia. En muchas empresas comienzan a organizarse comisiones de mujeres. El país ya no volverá a ser el mismo.
Surge una izquierda social muy extendida y joven, que trasciende en mucho a las orgánicas y que quizás no se dice de izquierda pero tiene prácticas y objetivos que se pueden considerar como tal. Las imprescindibles iniciativas de articulación no pueden entonces limitarse a coordinar organizaciones que, con todo lo valioso que tengan, no resultan suficientes. Necesitamos nuevas formas de encuentro, formaciones políticas conjuntas abiertas, encuentros de debate político, despliegue de iniciativas comunes, construcción de movimientos políticos en diversos terrenos como la educación pública, la soberanía energética o la ruptura del FMI, imprescindibles para la construcción de una nueva alternativa político-social nacida desde abajo, que termine con la escisión entre lo político y social que conduce a valiosxs compañerxs a construir meros aparatos electorales.
Esta nueva generación despierta esperanzas y temores. Esperanza: la nueva generación que nace en las luchas no está infectada por las taras del progresismo y en la que “ir por todo” no es palabrerío hueco sino una realidad. Temor: que tengan que empezar de cero. Me lo enseñó hace poco una compañera joven que me retrucó, cuando hablé de recambio generacional, que no necesitamos un “recambio” sino una integración generacional. Tiene razón, es mucha la experiencia acumulada en nuestro pueblo.
Se cumplen 100 años del asesinato de Rosa Luxemburgo, que ya entonces nos advirtió que la disyuntiva al capitalismo era “socialismo o barbarie”. Lo único en duda de dicha fórmula es si el capitalismo nos reserva un destino de “barbarie” o un holocausto planetario.
En Argentina, el pueblo nunca ha soportado mucho tiempo las cadenas. La feroz dictadura o el neoliberalismo sin máscara de Menem-De la Rua pueden dar fe de ello. Macri y lo que el significa para el pueblo, será entonces derrotado. No con fórmulas de los de siempre sino, como decía Rodolfo Walsh, con la astucia y la fuerza popular.
Referencias
Casas, Aldo (2018). Nuestro Marx y los desafíos del presente. En: https://herramienta.com.ar/articulo.php?id=2883
Féliz, Mariano y Pinassi, María Orlanda (2017). La farsa neodesarrollista y las alternativas populares en América Latina y el Caribe, Buenos Aires, Herramienta.
Holloway, John (1994), Marxismo, Estado y capital, Editorial Tierra del Fuego.
Stratta, Fernando (2018). Movimientos Sociales y Estado. Notas para pensar la construcción de poder popular. En: http://contrahegemoniaweb.com.ar/movimientos-sociales-y-estado-notas-para-pensar-la-construccion-de-poder-popular/

 

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II. La crisis local e internacional, alternativa desde los pueblos y a la izquierda.

La crisis capitalista argentina y
sus alternativas
11 de septiembre de 2018
Por Sergio Zeta (Rebelión)

Sólo hay una cosa más grande que el amor a la libertad, el odio a quien te la quita
Ernesto “Che” Guevara

Un primer acercamiento a la grave crisis argentina indica que si las mayorías que vivimos o pretenderíamos vivir de nuestro trabajo perdemos es que hay otros que ganan a nuestras costillas. Mientras algunos apuestan al dólar, la mayoría apuesta apenas a comprar fideos. Algunas encuestas lo cuantifican indicando que un 18% de los consultados considera que su situación económica mejoró con el actual gobierno. Muy cerca de ese 20-25% que tradicionalmente ha sido fiel base social de las derechas en la Argentina. En la calle se verifica su contracara, una creciente y mayoritaria pobreza y descontento.
El proyecto de Cambiemos consiste esencialmente en transformar económica, social y culturalmente el país para hacer normal y aceptable una brutal transferencia de riquezas hacia el sector más concentrado de los capitales e insertar el país en forma subordinada al mercado mundial y a la geopolítica diseñada por los EE.UU. Una vez consumados estos pilares, el gobierno imaginaba un futuro venturoso para la gente. Claro que como “gente” califican sólo los de su clase.
Pero la luz al final del túnel se ve cada vez más lejos para el gobierno. Su situación es muy distinta a la que enfrentaron Carlos Menem o Néstor Kirchner, que lograron estabilizar por un tiempo proyectos que -con todas sus diferencias- aparecían como sólidos “proyectos nacionales” con amplio consenso. Mientras que el primero tuvo a su favor una fuerte derrota y confusión popular –en un contexto signado por la caída del muro de Berlín, hiperinflación e importantes huelgas derrotadas- que hicieron aparecer la “normalidad” neoliberal como deseable, el segundo llegó a la presidencia tras esa rebelión popular del 2001 que sumió a las clases dominantes en un temor tal que lo habilitó para repartir sin discusión porciones de la “torta” del capital mientras reconstruía el régimen político-institucional. Simultáneamente, una bonanza económica que se agotó a fines de la primera década del siglo permitió cierta distribución sin afectar intereses del poder económico.
El macrismo, en cambio, enfrenta a un pueblo que -en forma fragmentada y a contragolpe- resiste cada ataque. La crisis se enraíza en las resistencias moleculares a lo largo y ancho del país, en las peleas de lxs estatales y de los pueblos originarios en las provincias, en las multitudes movilizadas por los derechos humanos, por la educación o en la inmensa ola verde feminista, más que en el alza de las tasas de interés en los EE.UU. o la guerra comercial mundial, aunque éstas hayan sido la gota que rebalsó el vaso.
El gobierno despolitiza la crisis como si fuera solo una cuestión económica pasible de ser resuelta “tranquilizando” al mercado para “crear trabajo digno”. Oculta que es falso que sea el capital el que crea el trabajo, sino que son el trabajo y los bienes de la naturaleza -de los que se adueña el empresariado- quienes crean al capital. En esa lucha por adueñarse del trabajo y de los mal llamados “recursos naturales” se encuentra la base de la crisis.
Hay un énfasis excesivo, cuando no interesado, en limitar los análisis a sus aristas económicas y financieras. Nada más nombrado que el déficit fiscal, el endeudamiento o las Lebac. Pero son verdades a medias que, escindidas de la trama de relaciones sociales y de poder contradictorias y antagónicas -es decir, la lucha de clases y de sectores de clase en un país capitalista dependiente como el nuestro-, no alcanzan a explicar la crisis argentina. Es sobre esta trama que las medidas adoptadas por un gobierno mediocre pero pleno de revanchismo y odio de clase profundizaron la crisis al punto de la recesión y la catástrofe.
Crisis, sí ¿pero qué crisis?
Un primer nivel de la crisis es el rápido agotamiento de las expectativas y la bronca contra el gobierno que prometió un “cambio”, ante un horizonte que aparecía ya gris y sin futuro. Sin embargo, el hecho de que no pueda asegurarse un veloz tránsito hacia una rebelión al estilo “2001” no debe adjudicarse a una supuesta “estupidez” o pasividad popular, como hace el “progresismo” para evadir sus propias responsabilidades y presentar el imaginario de un pueblo inerme necesitado de una ayuda salvadora y providencial desde arriba. Por el contrario, día a día los sectores populares salen a la calle y le marcan la cancha al nefasto gobierno de Macri y el FMI, a pesar de una burocracia sindical colaboracionista y de un PJ que, en sus diversas alas y estilos, sustenta la gobernabilidad mientras se postula como recambio sistémico para el 2019.
La Plaza Congreso en la Capital es un buen espejo donde mirarse. Casi no hay día en que no se esté retirando una protesta al tiempo que otra ingresa a la plaza, lo que habla simultáneamente de la fortaleza de un pueblo que no está derrotado pero también de una enorme fragmentación, más allá de ocasiones excepcionales en que una impresionante masividad mantiene vivo al fantasma del “helicóptero”. No son menores los límites de las izquierdas para aportar a la articulación de lo disperso y construir colectivamente proyectos alternativos.
Un segundo nivel de la crisis, más reciente, es el que se da entre lxs ganadores del modelo, en disputa por tajadas del país, así como bajo qué plan estratégico estabilizar dicho reparto. La corrida cambiaria, las idas y vueltas en medidas adoptadas -como las retenciones-, las divergencias públicas en el seno del gabinete y en la alianza gobernante o los cuadernos de la corrupción, son apenas algunas de sus manifestaciones.
Estas divergencias se profundizan ante un gobierno incapaz de disciplinarlos en torno a un plan a futuro y que ni siquiera acierta con lo que va a pasar en lo inmediato. Si sancionó para el 2018 un presupuesto nacional que preveía un dólar a $19,5, una inflación del 15% y un crecimiento del 3,5% ¿qué esperar de sus proyecciones y perspectivas a mediano y largo plazo?
La incapacidad del gobierno se sustenta en un equipo gobernante que refleja la mediocridad de las clases dominantes locales así como en los límites estructurales del capitalismo dependiente argentino. Pero, sobre todo, en no haber podido derrotar a las clases populares a pesar de los golpes asestados y los triunfos parciales.
Fue notoria la alegría del ministro Nicolás Dujovne al anunciar el acuerdo con el FMI. Esperan que este organismo y otros como el Banco Mundial -además de fondos para solventar el creciente pago de intereses de la deuda- aporten el impulso y aval a los planes de reconfiguración económica, social, educativa y laboral, que los préstamos internacionales lubrican y conminan. Esperan poder así disciplinar al pueblo e inspirar confianza a los grupos económicos.
La brutalidad del acuerdo con el FMI -más brutal tras la renegociación en curso- coloca en negro sobre blanco la disyuntiva: o el gobierno y el gran capital derrotan al pueblo o es éste quien les impone una derrota y entierra el acuerdo.
Un tercer nivel de la crisis ya había comenzado a manifestarse desde el 2008 y más claramente desde el 2012. Esto no tiene que ver con la “pesada herencia” de la corrupción, como alega el macrismo, sino con factores estructurales de las crisis en la Argentina capitalista dependiente que permanecieron incólumes durante el gobierno anterior. Si hasta el 2008 parecieron desaparecer fue por la excepcionalidad del enorme salto en la tasa de ganancia empresaria tras la devaluación que golpeó los salarios en el 2002 y del fenómeno, inédito en más de un siglo de que los términos de intercambio entre los productos primarios y los industrializados favorecieran a los primeros, ante la demanda China.
Agotadas esas condiciones excepcionales, al kirchnerismo le resultó imposible seguir con su política de conciliación de clases. Mientras las clases dominantes que reclamaban enfrentar más a fondo y decididamente al pueblo le soltaban la mano, se erosionaban las expectativas de sectores populares que pasaron a esperar un “cambio”.
El macrismo se propuso aplicar las transformaciones de fondo que necesita la cúpula empresarial para superar los límites con que se topa periódicamente el capital en Argentina: una recurrente escasez de divisas y una tasa de ganancia que se niega a crecer ante un pueblo que no se deja explotar como quisieran.
La recurrente falta de dólares bautizada como “restricción externa” no es sólo responsabilidad del capital financiero. La industrialización deformada y dependiente agrava esa escasez con la remesa de ganancias, el pago de patentes, la compra de insumos y de tecnología a las casas matrices, los subsidios y exención de impuestos, la fuga de divisas. La industria automotriz es un caso paradigmático de fabricación de mercancías superfluas para las necesidades populares y para un desarrollo armónico, que agrava la necesidad de divisas para la importación de insumos, maquinarias y autopartes. Esto se aceleró cuando, en la fase neoliberal del capitalismo, las grandes empresas que controlan la economía dejaron de alentar el consumo local para requerir mano de obra barata que produjera para exportar hacia los nichos de alto consumo. Asimismo, el pago “serial” de la deuda se convirtió en política de Estado más allá de supuestos desendeudamientos. Cristina Kirchner reconoció en septiembre de 2013 que habían pagado 173.700 millones de dólares en diez años, a pesar de lo cual la deuda pública al fin de su mandato ya era de 254 mil millones. Esa cifra es hoy de más de 320 mil millones de dólares.
Si el capital nunca tuvo patria, en el capitalismo globalizado menos aún, saqueando y extrayendo su plusvalía donde le convenga para realizarla en cualquier otra zona del planeta.
La integración entre los capitales locales y los internacionales -si bien es una marca de nacimiento en Argentina- pegó un salto en los ’90. Por un lado, a través de la asociación de los capitales locales con los operadores extranjeros en las privatizaciones. Por el otro, con la integración de gran parte de la mediana y pequeña empresa a las redes de los grupos económicos, sea como proveedores o a través de la tercerización. O, como el caso emblemático de la Federación Agraria, integrándose al circuito sojero y convirtiéndose en fiel aliada de la Sociedad Rural.
Teorizar una “grieta” entre un capital financiero y agro-exportador que apoyaría el modelo y un “capital productivo” que busca alternativas no sólo es una visión alejada de la realidad sino incluso funcional a la construcción de “oposiciones” que rápidamente se revelan como continuidades.
El viejo país industrial de intelectuales “nacionales y populares” en busca de un sujeto inexistente se topa con el país real que vino a radicalizar el macrismo, dirigiéndolo hacia la exportación de bienes primarios (agro, petróleo, minería) y de sus derivados industrializados.
Un cuarto nivel de la crisis lo constituye el de la inserción internacional, señalado por el macrismo con la consigna de “volver al mundo”. El kirchnerismo ya había comenzado tal regreso, acordando con el Club de París mediante el pago de 9.700 millones de dólares, así como integrando en el 2008 el G20 a nivel presidencial, ante la imposibilidad de compatibilizar “capitalismo serio” con integración regional. La intención de una inserción mundial independiente no pasó del terreno de las declaraciones diplomáticas al de los hechos, como lo hubiera implicado la creación del anunciado Banco del Sur o la integración a un ALBA regido por la colaboración y complementariedad, desechando una competitividad que sólo ofrece como destino nacional el extractivismo sojero y el fracking de Vaca Muerta. El “progresismo” ubicó a la Argentina en el purgatorio: ni dentro ni fuera del infierno de la sumisión al imperio. En su momento fue un alivio pero, como se sabe, el purgatorio sólo admite una permanencia temporal de las almas en pena.
La “vuelta al mundo” que ofrece el macrismo deviene no sólo importación indiscriminada de mercancías sino apertura a la crisis estructural y civilizatoria del capital. Así, la vocación de “país normal” que enorgullece al macrismo implica que si los EE.UU. castigan a Turquía, sea a la Argentina (mejor dicho, a su pueblo) a quien le salga un moretón.
Resulta falaz la afirmación de que éste es el rumbo único y “normal”. A pocas semanas del fallecimiento del economista marxista Samir Amin, vale la pena revisitar su concepto de “desconexión”. No en el sentido de una imposible autarquía, sino de una desconexión de los valores naturalizados por el capitalismo para asegurar su dominio, valores como, entre otros, el “desarrollo” que impuso como meta EE.UU. en la segunda posguerra para condenarnos al “subdesarrollo” y a seguir sus dictados. Recientemente nos han ascendido a país “emergente”. Pero la alegría no trascendió de los círculos de poder. El camino de la integración de los pueblos latinoamericanos es el que puede aparejar la alegría y bienestar popular.
La triple ofensiva del capital y una necesaria refundación del pueblo trabajador
El capital encara una triple ofensiva sobre el pueblo para salir de su crisis. Por una parte, una ofensiva en los lugares de trabajo para flexibilizar y disciplinar. Trabajadorxs precarixs, tercerizadxs y cada vez más, desempleadxs son parte importante de una clase trabajadora explotada por el empresariado y ninguneada por sindicatos cuyos estatutos lxs excluyen. Miles de jóvenes, la mayoría inmigrantes, son salvajemente explotadxs con nuevas formas de trabajo “uberizadas”, mientras que el sistema no los considera trabajadores sino “emprendedores”, para evitar la conciencia de la explotación y romper lazos solidarios. Millones son lanzadxs a la “incertidumbre” de apechugar como puedan siendo “empresarixs de sí mismxs” para sobrevivir, aunque va creciendo la conciencia de ser trabajadorxs de la economía popular.
Por otra parte, se redobla una ofensiva para reestructurar el proceso de reproducción social del capital, penetrando en las casas, los barrios, las comunidades y cada lugar de la vida cotidiana, afectando especialmente a las mujeres que cumplen un rol preponderante en la reproducción social. El aumento de los femicidios, la negativa a la legalización del aborto o las reformas a la salud y educación (áreas mayoritariamente femeninas), constituyen espacios para nuevos negocios y para un redoblado disciplinamiento y maltrato patriarcal. Muchos sindicatos consideran a estos temas como ajenos al trabajo y acusan -al igual que los empresarios y los gobiernos- de “politizar” la protesta a quienes los asumen. Las mujeres constituyen una indudable vanguardia que no se expresa sólo en la lucha por la legalización del aborto.
En tercer lugar, el capitalismo neoliberal acentúa su carácter colonial y depredador para apropiarse de las riquezas naturales de nuestros países. Los sindicatos no sólo se hacen los desentendidos sino que contraponen falsamente la defensa de “las fuentes de trabajo” con las asambleas socio-ambientales que enfrentan el saqueo y la contaminación del extractivismo. El mismo argumento que utilizó el sindicato petrolero para aceptar la flexibilización laboral en la explotación de la reserva de petróleo y gas no convencional de Vaca Muerta, la segunda mayor del mundo y en donde se concentran gran parte de las esperanzas y proyectos de las clases dominantes. Allí fluyen los dólares mientras el pueblo paga la fiesta con los tarifazos y los pueblos originarios de la Patagonia son expulsados de sus tierras.
No nos encontramos frente a un “plan de ajuste” más, al que responder sectorialmente y de contragolpe, sino ante un plan global de reestructuración del país y de la sociedad que amerita una respuesta alternativa popular de similar tenor.
Se vuelve imperioso entonces encarar colectivamente un debate sobre las estrategias de las izquierdas y los sectores populares, así como las dificultades para comprender que se trata de una pelea simultáneamente anticapitalista, anticolonial y antipatriarcal, en la que la escisión conduce a la derrota.
La pelea por la construcción de alternativas populares no puede desligarse de la imprescindible refundación del pueblo trabajador, combatiendo la fragmentación pero respetando y aprovechando la diversidad.
Necesitamos poner en cuestión las tradicionales formas de lucha y organización que el movimiento obrero utilizó para enfrentar al capitalismo durante gran parte del siglo XX. Por un lado la construcción de poderosas herramientas gremiales para la lucha económico-social y, en forma separada, de grandes partidos para intervenir políticamente frente al sistema. Mantener esta “división de tareas” en el seno del pueblo trabajador fue posible en la situación especial que se vivió desde la segunda posguerra hasta fines de los setenta, cuando se generalizó la ofensiva neoliberal que reconfiguró el sistema capitalista. Durante ese período rigió el llamado “pacto keynesiano” por el cual se institucionalizó el otorgamiento de derechos laborales y sociales a lxs trabajadorxs, así como su derecho a reclamarlos y defenderlos, a cambio de no cuestionar al sistema. En la situación actual estas formas escindidas de acción y organización política y sindical han agotado sus perspectivas históricas y, si bien tienen su grado de utilidad, van acentuando su carácter conservador, incapaces de procesar las transformaciones ocurridas en el capitalismo y en el sujeto del cambio social. Por sobre todo, se plantea la exigencia de repensarlas ante la necesidad de desplegar estrategias revolucionarias que tengan como centro la construcción de un poder popular que necesita superar la escisión entre lo político y lo económico-social.
De la “gloria” a los cuadernos
El macrismo creyó tocar la gloria con la mano tras las elecciones del 2017. Es imposible no suponer que el estallido del affaire de los cuadernos no guarde relación con la intención de frenar -a través de una justicia adicta- el acelerado deterioro del oficialismo desde diciembre de ese mismo año. Mientras los medios masivos denuncian por sobre cualquier otra noticia a la “ruta del dinero K” como el pecado original del que derivan todos los males del país, otros medios resaltan la ruta y las maniobras “M” de un gobierno agónico.
Pero el caso amerita una mirada más compleja. No dudamos de la existencia de las rutas K, M y varias letras más del abecedario. Porque la corrupción es generalizada en esta fase del capitalismo y, gracias a los servicios de inteligencia, todos atesoran los “secretos” de todos para cuando necesiten ventilarlos. No es algo nuevo, vale recordar que el asesinato de José Luis Cabezas -del que el año pasado se cumplieron dos décadas- hizo estallar el caso del dueño de OCA, Alfredo Yabrán, “casualmente” cuando se dirimía la posesión del servicio postal entre grupos económicos. Hoy lo novedoso es la masividad de la fusión entre negocios “legales” e “ilegales”.
La acumulación, en esta fase de capitalismo globalizado, no tiene pruritos en realizarse por la vía que sea, tal como la acumulación originaria se basó en el comercio de esclavos y el saqueo de América. El narcotráfico o la trata de personas son algunas de las actividades más rentables para el capital. La circulación de dinero “sucio” y el lavado se multiplican por doquier. Los Estados asumen la defensa y promoción de estos intereses. Conviene recordar -ahora que el gobierno promueve la instalación de bases yanquis en nuestro país- que la invasión de los EE.UU. a Afganistán multiplicó la producción local de opio.
Los cuadernos de la corrupción resultan funcionales a la batalla geopolítica por el dominio de los recursos naturales y los mercados entre EE.UU y China. No casualmente, una de las empresas denunciadas, Electroingenieria, tenía contratos con China para la construcción de las represas hidroeléctricas Condor Cliff y Barrancosa, que el ministro de energía ya solicitó suspender. Por otra parte el grupo Techint, dirigido por el denunciado CEO Paolo Rocca, viene posicionándose como el principal inversor en Vaca Muerta, después de YPF.
No es posible prever hasta dónde llegará la crisis que detonaron los cuadernos o si el macrismo logrará que su impacto se limite al gobierno anterior, a pesar de estar profundamente implicado el grupo económico del presidente. La justicia juega a su favor, y originalmente el juez Bonadío había decidido investigar las coimas en la obra pública sólo en los años que van del 2008 al 2015 (lo que dejaba fuera de la causa al presidente Macri, ya que IECSA fue adquirida en 2007 por su primo, Ángelo Calcaterra), aunque luego se vio obligado a ampliar el período investigado hasta 2003. Está claro que lo que menos puede esperarse del Poder Judicial es justicia.
La crisis abierta por los cuadernos tiene más de un rumbo posible. O es aprovechada por las izquierdas y el pueblo para denunciar las lacras del sistema capitalista y su democracia liberal levantando una alternativa o será un trampolín para las derechas más rancias. Vale recordar el caso italiano donde tras el proceso judicial del “Mani Pulite” accedió al gobierno Silvio Belusconi o el brasileño donde después del “Lava Jato” uno de los candidatos mejor posicionados resulta ser el militar ultraderechista Jair Bolsonaro. Nadie puede asegurar el desenlace argentino.
Agotamiento y crisis de la democracia representativa
La democracia representativa liberal es cada vez más una herramienta inservible para unos y otros. Por un lado, los pueblos descreen cada vez más de “la política”, con sus ajenas y encumbradas instituciones y sus políticos profesionales. Hace muy poco, fue el Senado el que demostró que su función no es llevar la voz del pueblo sino negarla.
Vale la pena recordar el “que se vayan todos” del 2001. Hay quienes, aún en sectores de las izquierdas, desvalorizan y rechazan ese sentir popular que se transformó en grito y en acción colectiva. No ven que constituye una imprescindible base de apoyo para construir una política emancipatoria, opuesta a la naturalizada y aceptada como única práctica política “democrática”. Cómo señalaba la intelectual mexicana Rhina Roux:
Si la dominación del capital implica sometimiento de la actividad vital humana... la emancipación sólo puede significar liberación del poder hacer, reapropiación del control de la propia vida, autodeterminación... Significa que la lucha contra el capital es, sobre todo, una lucha por construir nuevas reglas de organización de la vida social: por definir las normas que ordenan la convivencia, lo que compete a todos, lo relativo a la res pública. Esta lucha es, necesariamente, una confrontación política [1].
Una lucha por construir nuevas reglas de la vida social, tiene poco que ver con la acción restringida al Estado y regida por los calendarios electorales.
Esta “otra política”, colectiva y desde abajo, que había comenzado a brotar con la rebelión popular, con el kirchnerismo dejó de ser una realidad y una forma de construir política para transformarse en slogan de una política hecha desde arriba, desde funcionarios y políticos profesionalizados. La participación política en los asuntos de la comunidad, en la “vida social” de millones de personas, fue restringida a “marchar” en silencio, un domingo cada dos años hacia las urnas.
Este régimen le está resultando un lastre al propio capital para consolidar su dominación. No les alcanzan ya los límites por los que “el pueblo no gobierna ni delibera”, necesitan una mayor sumisión y no toleran resquicios por lo que pueda colarse la voluntad popular.
La “lucha contra la inseguridad” se ha convertido en piedra filosofal de los Estados, ya desde el seno de los “progresismos” que, bajo los gobiernos de Dilma Rousseff y de Cristina Fernández, sancionaron sendas leyes “antiterroristas”. La justicia acentúa sus rasgos punitivistas y, cuanto más jóvenes y morochas sean sus víctimas, se vuelve más punitiva. Mientras tanto, los asesinatos de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel permanecen impunes. El vitalicio Poder Judicial va asumiendo funciones de los otros poderes, legislando a través de sus sentencias y/o declaraciones de inconstitucionalidad. Las campañas contra la “corrupción” dirimen disputas políticas y económicas que otrora ameritaban lobbies en el Congreso. Las fuerzas policiales no necesitan de la justicia para aplicar por su cuenta la pena de muerte, con más de cinco mil chicxs asesinados por “gatillo fácil” durante los gobiernos constitucionales, lo que ahora se acelera y adquiere carácter doctrinario, con Patricia Bullrich y el “valiente” asesino por la espalda Luis Chocobar.
Las nuevas subjetividades mercantiles se adueñaron definitivamente de lo electoral: lxs candidatxs ya no requieren militantes sino publicistas y el “ciudadano” se limita a elegir en la góndola de las ofertas electorales, generalmente el producto ofrecido como “menos malo”. Lo nuevo es la profesionalización que ha adquirido esta dinámica electoral, tanto que hasta gran parte de las izquierdas han incorporado sus parámetros, sin disrupciones que desenmascaren a las instituciones e introduzcan en ese terreno individualista lo colectivo y popular. Se da la paradoja de que la “democracia” representativa liberal, cuanto más inútil se revela -tanto para el pueblo como para las clases dominantes- más se enarbola cómo única y final forma de gobierno.
Una primera mirada sobre nosotrxs mismxs constata que gran parte de las izquierdas no resultaron indemnes a la “normalización” de la política que trocó el protagonismo popular por el de los aparatos políticos tradicionales. La búsqueda de la imprescindible unidad cambió de actores y los intentos de articulación con el pueblo trabajador -con sus múltiples componentes y organizaciones- derivó en la búsqueda de algún partido o aparato con quien aliarse. Ya no se buscó politizar la lucha social sino construir en el terreno que el sistema delega a lo político, reino excluyente de los partidos y las instituciones.
El régimen representativo no puede ser mejorado a través de parches que lo hagan más “participativo” o con la introducción de legisladores de izquierda en los parlamentos, aunque sea necesario para el pueblo tenerlos allí. Tampoco profundiza la democracia “social” la introducción de nuevos derechos, cómo se pretendió al reconstruir el régimen tras la rebelión del 2001. Siendo vital luchar por ellos, la “ampliación de derechos” nos ha acostumbrado a pelear por un derecho hoy o a defender otro mañana, con el resultado de hacernos perder la perspectiva de la unidad de las luchas ambientales, antiextractivistas, anticoloniales y antipatriarcales en un proyecto alternativo global y al calor del cual podría ir construyéndose el pueblo trabajador como sujeto de transformación, así como las bases para el poder popular y los procesos constituyentes hacia una nueva democracia.
¿Hacia un recambio sin superación del macrismo?
Se va instalando la necesidad de “una gran Unidad” para derrotar al macrismo en el 2019. Todo político que se precie lo enuncia con tono de sensatez. Pero desplazar a un gobierno no significa que indefectiblemente se modifique el rumbo antipopular.
No sería la primera vez que sucede. Ya la Alianza que desplazó a Carlos Saúl Menem, no sólo fue incapaz de cambiar el rumbo sino que terminó colocando a Domingo Cavallo a la cabeza de la economía. La fantasía de que con sólo desplazar al presidente mejorarían las cosas no duró mucho. Y hoy, lamentablemente, muchos juegan a lo mismo.
No se trata de voluntad, ni siquiera de buenas o malas intenciones, sino de lo que permite (o no) la realidad nacional. En la actualidad un cambio de rumbo no sería factible sin, como mínimo, romper los acuerdos con el FMI e investigar y desconocer la deuda infame. Asimismo, esta vez no se contará con precios extraordinarios de los commodities sino habrá que imponer tributos muy fuertes y retenciones al agronegocio para bajar el precio de la canasta alimentaria. Garantizar energía suficiente y barata necesitará de la reapropiación de las empresas de servicios públicos. Evitar la fuga de divisas exigirá como mínimo el control sobre la banca y el comercio exterior. Transformar de raíz el sistema anti-democrático necesitaría de un proceso constituyente con amplia y democrática participación y debate popular. Y se sabe, la participación popular y cada una de las medidas citadas “desalienta” a los inversores.
¿Qué haría entonces un gobierno de “amplia unidad” que pueda vencer al macrismo pero no pretenda enfrentar al capital? ¿Qué permite suponer que sería capaz de garantizar estas mínimas medidas para hacer efectivo un cambio de rumbo más allá de la retórica?
Tampoco pareciera que el kirchnerismo esté dispuesto a encarar estas medidas afectando intereses de las clases dominantes. La expresión de Cristina durante el debate por la legalización del aborto acerca de no enojarse con la Iglesia así como el pedido de Máximo Kirchner en el Plenario de la Militancia de que “al odio le respondamos con amor” no parecen preparativos para una dura pelea ¿Mera táctica electoral? No. Mucho más probable es que constituyan un emergente de la imposibilidad de un nuevo ciclo progresista en la actual realidad y de los aprestos a ser parte de esa “amplia unidad”.
En un reciente escrito, Claudio Katz pronosticó: “Se perfilan dos escenarios: una regresión controlada o un estallido inmanejable. El primer contexto repetiría lo ocurrido en Grecia y el segundo lo padecido en el 2001 [2].
Para el primer escenario se suceden las aún inconclusas negociaciones entre todos los sectores del PJ. Un acuerdo general es sostener al gobierno hasta el 2019 mientras se va perfilando un candidato de “unidad”. Uno de quienes cuenta con posibilidades es Felipe Solá, con buenos antecedentes para ser candidato de consenso entre los diferentes sectores, aunque se termine dirimiendo en las PASO: fue ministro de Agricultura e impulsor del monocultivo sojero con el menemismo, demostró que no le tembló el pulso para reprimir junto a Duhalde durante la Masacre de Avellaneda en la que fueran asesinados Darío Santillán y Maximiliano Kostecki, fue hombre de Sergio Massa aunque con juego propio y hace muy poco fue nombrado por Cristina como uno de los mejores presidenciables, junto con Agustín Rossi. Otro candidato de “unidad” que se baraja es Roberto Lavagna, quien fuera ministro de economía de Eduardo Duhalde y se prolongara en los primeros tiempos del kirchnerismo.
Resulta probable que Cristina juegue como candidata sólo en el segundo escenario previsto por Katz, situaciones en las que ya ha demostrado su utilidad para las clases dominantes, al desarmar la rebelión popular del 2001. De no darse ese escenario, es muy difícil que sea aceptada por el resto de las alas del PJ.
En cualquiera de los escenarios posibles, el planteo de una “amplia unidad” contra Macri no resulta una palanca para terminar con el macrismo sino que constituye un dispositivo para canalizar el descontento y garantizar la gobernabilidad.
Párrafo aparte merecen las agrupaciones populares que aportan a la gobernabilidad del capital y se aprestan a ser parte de internas de las que pueda surgir tal candidatura unitaria. En especial aquellos que, como los “Cayetanos” (Movimiento Evita, Barrios de Pie y Corriente Clasista y Combativa) reconocen el liderazgo del Vaticano que, con el Papa Francisco (ex Bergoglio, ex Guardia de Hierro) está jugando fuerte en la interna política y sindical peronista.
El aporte de estos sectores a la gobernabilidad es radicalmente diferente al de la CGT, que a lo sumo convoca a medidas aisladas cuando necesita descomprimir y canalizar las broncas en medio de las peleas de aparato. A estas agrupaciones se las ve continuamente en la calle, con compañeras y compañeros librando peleas, algunas muy duras. Pero siempre evitando una toma de posición que pueda molestar al poder o a la Iglesia, como se pudo ver recientemente en el debate sobre el aborto. Uno de sus principales referentes, Juan Grabois, muy cercano al Papa, lo expresó claramente en la revista Crisis:
La lucha sindical dentro del capitalismo, la lucha económica dentro del capitalismo, es la lucha por los intereses económicos de un sector de la sociedad, por la plata, es bien concreta. Se cuenta en pesos. Y después hay otra lucha de las que algunos de nuestros compañeros participan muy abiertamente y lo hacen muy bien, que es la lucha política para ganar las elecciones... Yo creo que eso se resuelve en las urnas. Entonces no hay que pedirle a la calle, a mi criterio, lo que no corresponde a la calle, y eso no quiere decir que la calle no interviene en la política en términos generales, pero la calle no va a cambiar el gobierno [3].
Esa misma lógica, en que el pueblo sólo pelea por alguna mejora, por algunos pesos y la política es el arte de conseguir un lugar en las instituciones del poder, sin transformación de raíz, es la que permite que supongan que ser aceptados en el seno de la CGT constituye un paso hacia la “unidad de los trabajadores”.
La grave situación del país y del pueblo, las dificultades para desarrollar prácticas políticas desde abajo y sortear los dispositivos de gobernabilidad y el “sentido común” sistémico, hacen más urgente abrir un debate colectivo entre las izquierdas para construir desde el pueblo una alternativa superadora.
Alternativa de transformación de una izquierda transformada
Los reiterados llamados a esperar al 2019 no apuntan sólo ni principalmente a sostener a este gobierno agónico. Su mayor peligro es ocultar las tareas que el momento requiere. Porque no se trata sólo de cómo y cuándo debería irse eyectado el macrismo -algo sobre lo que el pueblo no pedirá permiso- sino de qué es lo que necesitamos emprender sin tardanza.
Porque hacer política construyendo una alternativa no puede agotarse en quien ocupa el Estado, aunque la disputa por el poder sea imprescindible. La construcción de poder popular exige mucho más que la construcción de un Partido, de un instrumento electoral o de disputar un gobierno. Requiere que el pueblo se organice, debata y luche por intervenir y decidir cotidianamente en cada aspecto de la vida de la sociedad y la comunidad.
¿Acaso no necesitamos imperiosamente poner ya en pie un amplio movimiento popular de ruptura con el FMI y por el desconocimiento de la deuda externa, para liberarnos de su yugo? O ahora que pretenden arrasar con la educación pública y popular y convertirla en instrumento de adaptación a los requerimientos del sistema, ¿no necesitamos converger en un congreso popular educativo de todos los niveles, que trascienda los sindicatos para insertarse en los territorios y la juventud, hacia un movimiento por la defensa y transformación de la educación pública y popular? ¿No necesitamos similares iniciativas ante cada necesidad para convertirlas en derechos? Y por sobre todo ¿no necesitamos trabajar pacientemente pero sin descanso por una confluencia de todo el pueblo trabajador movilizado, con sus organizaciones y colectivos, en un gran movimiento socialista, feminista, libertario y por una patria Nuestroamericana liberada?
Hay quienes suponen que levantar un proyecto de país y de sociedad que trascienda al capitalismo patriarcal es un lujo para este momento en que la ofensiva está en manos del capital. Pero sin una propuesta más allá de la reacción a contragolpe, indefectiblemente terminará por imponerse la aceptación resignada del ajuste y el neoliberalismo como alternativa al caos.
El gran desafío es si las víctimas de este sistema seremos capaces de construir una alternativa positiva, independiente y radicalmente opuesta al sistema actual, que las izquierdas recuperemos la audacia de abandonar el malmenorismo porque, tal como planteaba Samir Amin, “yendo de menos malo en menos malo, se acaba llegando al final a lo peor”. Los resultados están a la vista.
La paciente construcción del movimiento de mujeres durante décadas, que en los últimos tiempos hizo asambleas conjuntas multitudinarias, movilizó a millones, convocó a intelectuales y artistas, hizo reuniones en los barrios, confeccionó folletos, libros y videos, se viralizó por las redes, polemizó públicamente, impulsó el proyecto de ley por el derecho al aborto libre y gratuito pero fue más allá, reapropiándose de cuerpos, voluntades y deseos, es un gran ejemplo del que necesitamos aprender en todos los terrenos.
La fragmentación de las izquierdas no constituye un buen augurio para estas tareas. Quienes crean que los pueblos no tienen la capacidad de construir soluciones creativas y alternativas poderosas seguirán creyendo en “regresos” triunfales o en Partidos providenciales llamados a dirigir al pueblo. Seguirá, en ese caso, primando la diferenciación permanente. Pero no está determinado que éste sea el rumbo. Creer en el pueblo, en la construcción de su poder, obliga y empuja a aportar colectivamente, más allá de diferencias que, en todo caso, nadie más que el pueblo podrá dirimir.
En las múltiples peleas actuales está surgiendo una nueva generación, muy joven, de luchadoras y luchadores, sin experiencia pero también sin las taras que el progresismo sembró y con las que contaminó generaciones anteriores. Y así como los varones debemos deconstruir el machismo y el patriarcado internalizados, las viejas generaciones militantes debemos deconstruirnos frente a estas nuevas generaciones y experiencias y acompañar, con los valiosos bagajes y aprendizajes acumulados, los nuevos procesos y construcciones, comprendiendo que tenemos mucho por aprender de ellos.
Notas:
[1] Roux, Rhina; Dominación, insubordinación y política, 2002, en https://herramienta.com.ar/articulo.php?id=80
[2] Katz, Claudio. Otro camino para enfrentar la crisis, 2018. En https://katz.lahaine.org/b2-img/OTROCAMINOPARAENFRENTARLACRISIS.pdf
[3] Grabois, Juan, Adiós al gradualismo y ahora qué, 2018. En https://www.revistacrisis.com.ar/notas/adios-al-gradualismo-y-ahora-que

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I. La crisis local e internacional, alternativa desde los pueblos y a la izquierda.

La crisis económica y

los bancos centrales

29 de marzo de 2019

 

Por: Eric Toussaint 

Ya se han reunido los elementos de una nueva crisis financiera internacional: no sabemos cuándo estallará, pero estallará y tendrá un importante impacto en todo el planeta.
Los principales factores de la crisis son los siguientes:
-Un fuerte aumento de las deudas privadas de las grandes empresa. 
-Una burbuja especulativa sobre los precios de los activos financieros: bolsa de valores,
precio de los títulos de la deuda y, en algunos países (Estados Unidos, China…),
nuevamente, la burbuja del sector inmobiliario.

Estos dos factores están estrechamente interconectados.
Incluso las empresas que disponen de una enorme liquidez, como Apple, se endeudan masivamente porque aprovechan los bajos tipos de interés para prestar a otros el dinero obtenido mediantes esos préstamos. Apple y numerosas otras empresas «piden préstamos para prestar» y no para invertir en la producción. Apple también se endeuda para comprar de nuevo sus propias acciones en la bolsa. Todo esto ya lo expliqué en un artículo titulado: «La montaña de deudas privadas de las empresas estará en el corazón de la próxima crisis financiera», que podéis consultar publicado el 20 de noviembre de 2017.
Las burbujas especulativas mencionadas son el resultado de la política llevada a cabo por los grandes bancos centrales (Reserva Federal de Estados Unidos, BCE, Banco de Inglaterra, desde hace diez años, y el Banco de Japón desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en los años 1990) que inyectaron billones de dólares, de euros, de libras esterlinas, de yenes en los bancos privados para mantenerlos a flote. Estas políticas son llamadas Quantitative Easing, expansión cuantitativa, o de flexibilización monetaria. Los medios financieros, que los bancos centrales distribuyeron profusamente a bancos y empresas capitalistas de otros sectores, no fueron utilizados para la inversión productiva. Sirvieron para adquirir activos financieros: acciones en bolsa, obligaciones de deudas de empresas, títulos públicos soberanos, productos estructurados y derivados… Eso produjo una burbuja especulativa en el mercado bursátil, en el mercado obligatorio (es decir de las obligaciones de deudas) y, en algunos lugares, en el sector inmobiliario. Todas las grandes empresas están sobreendeudadas.
Esa política de los bancos centrales demuestran que las decisiones de sus dirigentes están totalmente determinadas por el interés a corto plazo de los grandes bancos privados y de las grandes firmas capitalistas de otros sectores no financieros: impedir las quiebras en cadena y, por consiguiente, pérdidas considerables para sus grandes accionistas.
También, esa política corresponde a una característica del capitalismo financiero contemporáneo: una parte cada vez menor del nuevo valor creado se reinvierte en la producción (véase François Chesnais, «De nouveau sur l’impasse économique historique du capitalisme mundia, consultado el 17 de marzo de 2019). Una parte creciente del nuevo valor se gasta en dividendos para los accionistas, en comprar de nuevo acciones, en inversiones especulativas especialmente en productos estructurados y derivados,… François Chesnais habla especialmente de «un flujo creciente de beneficios no reinvertidos de los grupos financieros con predominio industrial». [1]
Volvamos sobre la política adoptada por los bancos centrales para combatir la crisis que estalló en 2007-2008. Su intervención no permitió sanear el sistema, por el contrario los elementos de fragilidad se mantuvieron o aumentaron: la ratio entre fondos propios (el capital de la empresa) y los compromisos tomados por la misma sigue siendo baja. Efectivamente, el nivel de esa ratio es insuficiente para hacer frente a una pérdida de valor que estaría provocado por una caída de la cotización en bolsa, del mercado obligatorio o de otros activos financieros que posee la empresa, sea ésta un banco o una empresa como Apple o General Electric, para dar algunos ejemplos. Todas las empresas están fuertemente endeudadas ya que este recurso les cuesta muy poco debido a los tipos de interés muy bajos (0 % en la zona euro, -0,1 % en Japón, 0,75 % en el Reino Unido, 2,5 % en Estados Unidos). Además existe una plétora de capitales a la búsqueda del máximo beneficio financiero listos para comprar títulos dudosos de deudas (junk bonds), emitidos por empresas en mala situación. Así que, las empresas como Apple, con una buena reputación de sanidad financiera, se endeudan para comprar seguidamente títulos «podridos» de alto rendimiento. Las empresas en mala situación, que emiten esos títulos se mantienen así en una política permanente de endeudamiento: piden préstamos para poder pagar los anteriores.
A fines de diciembre de 2018, casi se produjo un gran crac bursátil en Estados Unidos y el efecto contagio fue inmediato. Era otra señal anunciadora de un importante y próximo nuevo crac.
El mercado inmobiliario de Estados Unidos se ha fragilizado: el precio de un inmueble aumentó un 50 % desde 2012. Su nivel actual supera el que alcanzó justo antes de la crisis que comenzó en 2005-2006, y que luego provocó la gran crisis internacional de 2008-2009. Algunos especialistas consideran que se podría estar en los albores de una nueva crisis del sector inmobiliario, ya que la actividad comienza a ralentizarse, la venta de viviendas disminuyó.
La prosecución de políticas de flexibilización monetaria, expansión cuantitativa, en Europa, y por otro lado, el abandono de dichas políticas en Estados Unidos, son factores de crisis.
Los grandes bancos privados llamados sistémicos son extremadamente frágiles y el valor de sus acciones bajó fuertemente en Estados Unidos y en Europa en la segunda mitad de 2018, y su caída prosigue en el primer trimestre de 2019. Estos grandes bancos son sostenidos a duras penas por los bancos centrales de sus propios países. La FED no respeta su compromiso de revender los títulos de deuda privada tóxica (las famosas mortgage backed securities –MBS–). En marzo de 2019, poseía el enorme volumen de 1,6 billones de dólares estadounidenses en MBS, (https://www.federalreserve.gov/releases/h41/current/h41.pdf, consultado el 17 de marzo de 2019) adquirido en 2008-2009 a los grandes bancos privados con el fin de rescatarlos. La FED sabe muy bien que si vendiera masivamente esos títulos, como lo había prometido, los precios caerían estrepitosamente y con ellos el mercado obligatorio de Estados Unidos. También sabe que si aumentara el tipo de interés por encima del 2,5 %, toda una serie de empresas endeudadas se vería confrontada a graves dificultades para reembolsar o refinanciar sus deudas. Sin contar que eso aumentaría también el coste del pago de la deuda pública.
Por su parte, el BCE continúa prestando liquidez a los bancos al 0 % de interés y acaba de prometer que no aumentará el tipo de interés antes de 2020 (véase Martine Orange, «La BCE face á ses limites»,https://www.mediapart.fr/journal/international/080319/la-bce-face-ses-limites?page_article=1 publicado el 8 de marzo de 2019 y Delphine Cuny (La Tribune), «La BCE choque les marchés en repoussant la hausse des taux»,https://www.latribune.fr/entreprises-finance/banques-finance/la-bce-choque-les-marches-en-repoussant-la-hausse-des-taux-809976.html#xtor=EPR-2-[l-actu-du-jour]-20190308 , publicado el 7 de marzo de 2019). Además, el BCE otorgó a los bancos privados nuevos préstamos masivos a medio y largo plazo, lo que se llama en la jerga TLTRO (Targeted longer-term refinancing operations). Los bancos italianos y españoles son los que dependen más de este mecanismo (según JP Morgan, representan el 55 % del monto prestado durante el último TLTRO) pero como todos los bancos están interconectados, todos dependen más o menos directamente. Agreguemos que los bancos europeos utilizan masivamente el dinero que reciben a tipo de interés cero para comprar títulos de la deuda soberana, preferentemente de su propio Estado, pero también de otros Estados europeos, lo que les procura un rendimiento positivo de títulos considerados seguros ya que son emitidos por los Estados.
El entusiasmo de los bancos y otros actores en los mercados financieros por los títulos de la deuda pública es impresionante: todos los Estados de la zona euro lograron conseguir fuertes sumas de dinero durante los tres primeros meses del año 2019 (como hicieron en 2018) en los mercados financieros. Con cada anuncio de emisión de títulos, afloran las ofertas de compra. Generalmente, cuando un Estado quiere obtener 1.000 millones de euros, los bancos le proponen 4.000, lo que demuestra hasta qué punto disponen de liquidez (que proviene ampliamente de los bancos centrales a su servicio), o sea hasta qué punto quieren comprar títulos públicos por su remuneración y seguridad. Además, como ya lo expliqué en mi libro Bancocracia, el hecho de comprar títulos soberanos permite a los bancos aumentar artificialmente la ratio de sus fondos propios en relación a su balance, gracias al sistema de ponderación de activos por el riesgo (véase «Economía internacional: Todo va muy bien, señora marquesa» en http://www.cadtm.org/Economia-internacional-Todo-va-muy y en Bancocracia, capítulo 12, Icaria editorial, Barcelona, 2014). Pero en el momento en que la crisis tome un cariz catastrófico, los medios de comunicación dominantes y los banqueros acusarán nuevamente a los Estados de hacer demasiados gastos públicos y de emitir demasiada deuda pública.

En muchos casos hay un crecimiento muy débil, estancamiento o fuerte recesión
El crecimiento económico en los «viejos» países más industrializados permanece débil, y está en descenso en varios países claves. Particularmente en Europa donde, después de un pequeño crecimiento en 2017, el año 2018 se terminó en un estancamiento y en el caso de Alemania, con una caída en la producción industrial en el 4º trimestre de 2018, que continúa en el primer trimestre de 2019 (Financial Times, « German industrial production drops unexpectedly », 11 de marzo de 2019,https://www.ft.com/content/2e93cb1a-43ca-11e9-a965-23d669740bfb). Las autoridades alemanas revisaron a la baja las previsiones de crecimiento para 2019, reduciéndolas al 1 % (mientras que en 2016-2017 la tasa de crecimiento anual superaba el 2 %). La inversión en la UE tardó 12 años en volver a su nivel de 2007, de antes del estallido de la crisis (Financial Times, «EU investment rebounds to level before 2008 financial crash», 9 de marzo de 2019). En el ámbito de la zona euro, el crecimiento en el tercer trimestre de 2018 fue solo del 0,2 %, el más bajo desde hacía 4 años. Italia está en recesión. Francia mantiene una pequeña recuperación gracias al ligero aumento del consumo, resultado del movimiento de los chalecos amarillos, que llevó a Macron a no respetar ciegamente la disciplina presupuestaria (véase mi artículo «Europe: désobéir pour mettre en œuvre une alternative favorable aux peuples», 12 de febrero de 2019,http://www.cadtm.org/Europe-desobeir-pour-mettre-en-oeuvre-une-alternative-favorable-aux-peuples )
En Japón, el crecimiento en el período abril 2018 - marzo2019 es de cerca del 0.9 %, también en descenso con respecto a 2017. Igualmente, la economía de Estados Unidos está en fase de ralentización, el FMI prevé un crecimiento del 2,5 % en 2019 contra el 2,9 % en 2018. Otros expertos prevén un crecimiento menor aún. Eso condujo a la Reserva Federal de Estados Unidos a suspender provisoriamente el aumento del tipo de interés emprendido desde fines de 2016.
El crecimiento chino también se ralentiza aunque sigue siendo la locomotora mundial: sería del orden del 6 %, el más bajo desde hace 25 años. En China, puede desencadenarse una crisis financiera en cualquier momento, lo que haría caer el crecimiento interno y mundial, y agravar las condiciones de vida de millones de sus habitantes.
La economía de otros Brics también se desacelera, salvo la India que tiene una tasa de crecimiento de un poco más del 7 %. Rusia también crece poco, del orden del 1,2 % en 2018 y una previsión del 1,3 % para 2019. La República de Sudáfrica, que entró en recesión durante la primera mitad de 2018, tuvo un pequeño avance. Brasil, que sufrió una fuerte recesión en 2015-2016, tuvo un crecimiento escaso, apenas un poco más del 1 % en 2018.
Varios países emergentes están sufriendo graves crisis: Turquía, Argentina, Venezuela… con devaluación de la moneda y grandes dificultades para seguir con los pagos de la deuda externa pública y privada.
Una serie de países periféricos, entre los más pobres, están pasando una crisis aguda de deuda (Mozambique y otros). Y esto es solamente el comienzo de una lista que se alargará.
A pesar de este crecimiento económico, que es muy débil a nivel mundial y especialmente en las principales viejas y contaminantes potencias industriales, los factores que aceleran el cambio climático no se atenúan. Tenemos pruebas tangibles ante nuestros ojos de los efectos de serias perturbaciones y calentamiento climático en todo el planeta. Frente a esta crisis cuyas dramáticas consecuencias aumentan, los gobiernos mantienen promesas puramente retóricas, lo que, felizmente, hace que crezca una fuerte reacción de la población en general y de la juventud en particular.
Balance de la actuación del BCE
Desde el comienzo de la crisis en 2007-2008, el BCE tuvo un papel vital en el rescate de los grandes bancos privados, de sus grandes accionistas y de sus principales dirigentes, garantizando la vigencia de sus privilegios. Se puede afirmar, sin riesgo de equivocarse, que sin la acción del BCE, esos grandes bancos hubieran quebrado, lo que habría forzado a los gobiernos a tomar fuertes medidas obligatorias para sus dirigentes y grandes accionistas. Hay que agregar que la acción del BCE reforzó la concentración del sector bancario en provecho de una veintena de grandes bancos que tienen un papel dominante. EL BCE contribuyó activamente a mantener y desarrollar monstruos bancarios demasiado grandes para quebrar. Además del rescate de los grandes accionistas de los bancos, persigue oficialmente el objetivo de una inflación del 2 %. Desde ese punto de vista, el balance del BCE es un fracaso puesto que la tasa de inflación de la Eurozona en 2018 alcanzó solamente el 1,6 %, y en el primer trimestre de de 2019 está en descenso.
Pero las acciones del BCE tienen tres objetivos más, que pueden resumirse de la manera siguiente:
• Defender el euro, que es una camisa de fuerza para las economías más débiles de la zona euro así como para todos los pueblos europeos. El euro es un instrumento al servicio de las grandes empresas privadas y de clases dominantes europeas (el 1 % más rico). Los países que forman parte de la zona euro no pueden devaluar su moneda ya que adoptaron el euro. Sin embargo, para los países con más dificultades de la zona euro, una devaluación les facilitaría la competitividad frente a los gigantes económicos alemanes, franceses, del Benelux (Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo) y de Austria. Países como Grecia, Portugal, España o Italia están acorralados por su pertenencia al euro. Las autoridades europeas y sus gobiernos nacionales aplican entonces lo que se llama la devaluación interna: imponen una disminución de salarios, medida cuyos únicos beneficiarios son los accionistas de las grandes empresas privadas. La devaluación interna es sinónimo de reducción de salarios.
• Reforzar la dominación de las economías europeas más fuertes (Alemania, Francia, Benelux…) donde tienen su sede las mayores empresas privadas europeas. Eso implica mantener fuertes asimetrías entre las economías más fuertes y las más débiles.
• Participar y sostener de manera ofensiva los ataques del Capital contra el Trabajo con el fin de aumentar los beneficios de las empresas y hacer que éstas sean más competitivas en el mercado mundial, frente a la competencia de las estadunidenses, chinas, japonesas, coreanas… Los ejemplos de intervención del BCE para alcanzar este objetivo en Italia, Grecia, Chipre, Portugal, Irlanda, España… son múltiples.
El ensañamiento del BCE en contribuir a los ataques contra la población de abajo se muestra, nuevamente, muy claro. En marzo de 2019, el BCE y los bancos del Eurosistema rechazaron la devolución a Grecia de una parte de los beneficios realizados a costa del pueblo griego, [2] con el pretexto de que el gobierno de Alexis Tsipras no había profundizado suficientemente las contrarreformas sociales. Es evidente que el BCE quiere ver la supresión de los últimos obstáculos para hacer efectiva la expulsión de las familias griegas incapaces de seguir pagando la deuda hipotecaria de su vivienda principal. No se le ahorra ningún sacrificio al pueblo griego, una víctima expiatoria de laTroika en la que el BCE tiene una función clave.
La necesidad de soluciones radicales
La próxima crisis financiera se enmarca en un contexto más amplio de crisis sistémica del capitalismo global. Esta crisis sistémica es multidimensional: económica, ecológica, social, política, moral, institucional…
Es necesario romper de forma radical con la lógica que guía actualmente a los gobiernos y se deben tomar medidas urgentes. En oposición al sistema actual que ofrece impunidad y aterrizajes felices a los responsables de los desastres, hay que hacer pagar la factura de los rescates bancarios a las y los que son responsables.
Las medidas anunciadas para disciplinar los bancos son cosméticas. La supervisión centralizada de los bancos de la zona euro, la creación del fondo europeo de garantías de depósitos, la prohibición de algunas operaciones (que afectan solamente al 2 % de la actividad bancaria total), el techo para los bonos de remuneración, la transparencia de las actividades bancarias e incluso las nuevas reglas de Basilea III solo constituyen recomendaciones, promesas o, en el mejor de los casos, medidas totalmente insuficientes con respecto a los problemas a resolver. Por lo tanto, es necesario imponer unas verdaderas reglas muy estrictas y que no puedan eludirse.
Esta crisis debería superarse mediante la ejecución de medidas que afecten la propia estructura del mundo financiero y del sistema capitalista. [3]
El oficio de banquero es demasiado serio para dejarlos en manos privadas. Se necesita socializar el sector bancario (lo que implica su expropiación) y colocarlo bajo el control ciudadano —de los trabajadores y trabajadoras de los bancos, de los clientes, de las asociaciones y de los representantes de los actores públicos locales— puesto que debe estar sometido a las normas de un servicio público y los ingresos que su actividad genera deben ser utilizados para el bien común.
La deuda pública contraída para rescatar a los bancos es claramente ilegítima y debe repudiarse. Una auditoría ciudadana debe determinar las otras deudas ilegítimas, ilegales, odiosas, insostenibles… y permitir una movilización de tal envergadura que una alternativa anticapitalista creíble pueda ser posible.
Esas dos medidas deben enmarcarse en un programa más amplio, que hemos esbozado en el siguiente artículo: «Aprender de la historia y actuar en el presente. Propuestas para lxs que luchan» en http://www.cadtm.org/Aprender-de-la-historia-y-actuar-en-el-presente
Hay que refundar, de manera radical, a los bancos centrales y sus misiones se deben redefinir. Estos bancos deben retomar su función de creación monetaria y contribuir activamente a la financiación de la transición ecológica y de la lucha contra la injusticia social.
La movilización ciudadana y la auto-organización social constituyen la condición sine qua non para la realización de las diferentes soluciones propuestas.
Traducción: Griselda Pinero
Notas
[1] Estoy de acuerdo con la conclusión del artículo de François Chesnais ya mencionado: «En primer lugar, tenemos las políticas de austeridad en todos lados, y también una configuración en la que las empresas y la gran distribución deben persuadir a las familias, cuyo poder adquisitivo está estancado, de que compren cosas que ya tienen, más allá de los cotidiano indispensable. Paralelamente, en las cadenas de valor mundiales, los que ordenan presionan cada vez más a los que subcontratan y a los transportistas marítimos y terrestres a lo largo de la cadena. La curva de acumulación del capital dinero, que genera intereses, refuerza el peso económico y político en todos los países de gestión de fondos y fortunas, y con dirigentes de grupos financieros industriales y comerciales interesados únicamente en la seguridad de los flujos de interés y la máxima distribución de dividendos. Así los procesos con efecto de contracción que dominan la economía mundial se acompañan de una aceleración de la dilapidación de los recursos mineros, de la deforestación y del agotamiento de los suelos. Paralelamente, el monto de las inversiones públicas exigido para cualquier «transición ecológica», más que nunca una reivindicación democrática absolutamente central, es inalcanzable sin la anulación de las deudas públicas.»
[2] Con respecto a los beneficios odiosos obtenidos por el BCE a costa del pueblo griego, véase: Éric Toussaint, «Los odiosos beneficios del BCE obtenidos a costa del pueblo griego», en http://www.cadtm.org/Los-odiosos-beneficios-del-BCE, publicado el 3 de noviembre de 2017 y « La política de la Troika en Grecia: Robar al pueblo griego y transferir el dinero a los bancos privados, al BCE, al FMI y a los Estados que dominan la zona euro» en http://www.cadtm.org/La-politica-de-la-Troika-en-Grecia-Robar-al-pueblo-griego-y-transferir-el, publicado el 5 de noviembre de 2018.
[3] Estoy de acuerdo con el punto de vista que se da en el artículo de Michael Roberts, Michael Roberts, «Estancamiento secular, política monetaria y John Law» http://www.sinpermiso.info/textos/estancamiento-secular-politica-monetaria-y-john-law consultado el 24 de marzo de 2019.


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