Construcciones

15 de mayo de 2019

II. Perón, el PJ y el terrorismo de estado, base de la dictadura genocida

HISTORIA ARGENTINA

Operativo Independencia: el ensayo general 

del genocidio

5 de febrero de 2018

 

Orquestado por el Ejército y aprobado por el gobierno peronista, el operativo comenzó catorce meses antes del golpe y convirtió a Tucumán en una avanzada del genocidio.

l 5 de febrero de 1975 la presidente Isabel Perón firmaba el Decreto “S” o secreto (261/75) que aprobaba el urgente lanzamiento de una operación militar en la zona con el fin de “aniquilar el accionar subversivo”; para ello el Comando General del Ejército “procederá a ejecutar las operaciones militares que sean necesarias”. El decreto permaneció oculto y recién lo publicó La Opinión en septiembre de 1983.

En noviembre de 1974 Isabel había declarado el Estado de Sitio para institucionalizar la represión y facilitar el accionar ilegal de la Triple A. Pero el decreto “S” expresó un salto, a partir de ese momento el Ejército controlaría la seguridad interna y comandaría todas las acciones realizadas en Tucumán. Bajo su órbita actuarían la Armada, la Fuerza Aérea, la Policía Federal y provincial junto a cientos de agentes de inteligencia y culatas del Ministerio de Bienestar Social (léase Triple A) que llegaron para garantizar “tareas civiles”.

¿Por qué en Tucumán?

La provincia había llegado a 1975 como un verdadero hervidero social. El movimiento obrero, sobre todo los trabajadores azucareros, se habían convertido en uno de los más combativos del país habiendo adquirido con los años valiosísima experiencia. Puede nombrarse la huelga de 46 días que hicieron en 1949 a Perón; la acción de las bases azucareras en respuesta al cierre de once ingenios en 1966 impulsando la creación de un comité Pro Defensa -convocando la solidaridad de otros gremios- y realizando paros provinciales y nacionales; la unidad y coordinación conjunta de obreros y estudiantes en los dos tucumanazos; y la gran huelga de septiembre de 1974 que duró 17 días y fuera impulsada por abajo para quebrar el Pacto Social a pesar de la dirección de la FOTIA (Federación Obrera Tucumana de la Industria del Azúcar) que primero se opuso y luego se plegó muy presionada. El comisario Villar, uno de los jefes de la Triple A, fue el encargado de reprimir ferozmente la huelga junto a mil efectivos de la Policía Federal.


Enfrentamientos en el primer tucumanazo (1969)
El PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), que tenía un importante trabajo entre los trabajadores azucareros desde hacía varios años, había instalado un foco guerrillero en mayo de 1974 y se dieron a conocer tomando la población de Acheral por algunas horas. La compañía Ramón Rosa Jiménez controló parte del territorio durante meses sin que el ejército pueda desarticularlos. Para Santucho, la clave era establecer una “zona liberada” que despertara la simpatía y colaboración de los pobladores provocando el enfrentamiento abierto con las FF.AA y el imperialismo norteamericano. Así, la guerra de guerrillas se transformaría en una guerra de liberación nacional que comprometería a todos los sectores de la sociedad. Un balance más general sobre el accionar del PRT/ERP es que desestimó la importancia de las organizaciones de base y la autodefensa de los sectores de vanguardia (las milicias obreras) por considerarlas políticas espontaneístas, para las bases obreras sólo restaría ser apoyo logístico en las operaciones del ERP recayendo la cuestión militar solamente en las decisiones de la guerrilla. Como ya pudimos ver la insurgencia no tenía su epicentro en el campo sino que desde 1969 los conflictos sociales estallaban en zonas urbanas y fabriles.
La instalación del “foco” en el monte tucumano fue una de las razones que determinó la puesta en escena de uno de los operativos militares más grandes de la historia argentina. Pero el verdadero problema, el que afectaba directamente los intereses de la burguesía era el movimiento obrero combativo que ya no estaba dispuesto a ser contenido bajo las alas de un gobierno democrático burgués disfrazado de popular. El Operativo Independencia fue un laboratorio: si el plan sistemático triunfaba los militares tendrían allanado el camino al poder, esta vez con la garantía de que las grandes empresas y la burguesía las apoyarían. Para enfrentar seriamente el ataque hacía falta una política de autodefensa de las masas obreras, esto no fue hecho por ningún partido que contara con volúmenes de fuerza suficientes para impulsarla, particularmente el PRT y Montoneros.

La “guerra moderna” se exporta a Argentina

Seis mil efectivos fueron llegando a lo largo de las primeras semanas. Acdel Vilas había quedado a cargo de la operación tras la muerte del general Ricardo Muñoz en un confuso accidente aéreo en enero del 75. El “teatro de operaciones” ocupaba por lo menos un tercio de la provincia y las fuerzas militares se dividieron por zona. La Quinta Brigada se encargó de enfrentar a la guerrilla en el monte al mando de Mario Benjamín Menéndez, según los propios documentos del PRT-ERP la compañía tenía entre 100 y 150 combatientes. Los únicos enfrentamientos importantes entre las fuerzas del Estado y el pequeño destacamento del ERP fueron en Manchalá y Acheral. Mientras tanto, Gendarmería vigilaba y reprimía a la población rural y los comandos formados por militares, policías y personal de inteligencia actuaban sobre la población civil en San Miguel de Tucumán y en zonas donde la conflictividad social y obrera era alta: Concepción, Famaillá, Bella Vista y Monteros.

Acdel Vilas, querían que lo llamen "general de la muerte"
Vilas, entrenado en EE.UU. y ligado a la derecha sindical, era un reconocido admirador de Roger Trinquier, uno de los padres de la teoría de contrainsurgencia francesa, aplicada en Indochina y Argelia. Su libro La guerra moderna (1961) se convirtió en la biblia de los altos militares de todo el mundo y especialistas de la “lucha anti-subversiva”. Para Trinquier el enemigo, léase el comunismo, se camuflaba en la sociedad y para la clave para enfrentarlo era actuar en la clandestinidad, crear campos de prisioneros para su “reeducación política”, torturarlos para conseguir información y actuar psicológicamente sobre la población.
Las FF.AA argentinas pusieron en práctica esta doctrina por primera vez en el Operativo Independencia. Comandos civiles armados integrados por militares, policías y personal de inteligencia se encargaron de secuestrar, torturar y asesinar a cientos de personas de sus casas a altas horas de la noche o en sus lugares de trabajo. En su mayoría fueron trasladados a la escuela Diego de Rojas, “la escuelita” de Famaillá, el primer centro clandestino de detención en el país donde pasaron entre 2.500 y 3.000 personas, la mayoría torturados salvajemente. El Ministerio de Bienestar Social brindó apoyo logístico con automóviles, armas y hombres de la Triple A que actuaron coordinadamente con la Alianza Nacionalista del Norte, su organización hermana en Tucumán. La banda de López Rega se encargaba, junto a la Secretaría de Prensa, de lo que en la jerga militar se conoce como “acción psicológica”, es decir, utilizar los medios de comunicación más importantes para legitimar el accionar del Ejército y realizar tareas de asistencia social presentando al soldado como un “hijo de la patria”. Clarín, La Nación, la revista Gente, Télam, el diario La Gazeta de Tucumán, la televisión provincial, entre muchos otros, se prestaron para desinformar a la población sobre lo que estaba realmente pasando en la provincia. Clarínpor ejemplo, luego de iniciado el operativo, publicó en sus quince tapas siguientes las novedades sobre “la guerra en el monte”. Por otro lado el periodista estrella de La Nación- que aún trabajaba para La Gaceta- Joaquín Morales Solá decía desde las páginas del diario provincial: “El ejército distribuye alimentos: harina, conservas, azúcar, aceite en la escuela de Santa Lucía. El hospital está recién pintado por el ejército, y un oficial médico atiende a los aquejados de resfríos y anginas”. Sus buenas migas con algunos oficiales influyentes le abrieron las puertas grandes de Clarín.
Con los meses la “zona de operaciones” se convirtió en un centro de visitas. Primero se presentaron López Rega e Isabel dispuestos a moralizar a los soldados. Al año siguiente, con el golpe consumado, los visitantes se multiplicaron: estudiantes secundarios y universitarios llevados por los colegios, los ministros de Educación, Economía e interior, delegaciones de artistas y deportistas como el boxeador Carlos Monzón (Gente,11/76).

Promotores, colaboradores y víctimas…

El miedo de los burgueses a perder el control de sus fábricas -un golpe a la propiedad privada- y de ver afectadas sus ganancias determinó la aplicación del operativo como prueba piloto para disciplinar a los trabajadores. Un mes después (abril/75) lanzarían en Villa Constitución un operativo similar para derrotar a los metalúrgicos del sur santafesino. Los propietarios del Ingenio Concepción (hoy Atanor) entregaron camionetas de la empresa para realizar operativos y brindaron información de los zafreros organizados, muchos de ellos secuestrados y detenidos por grupos comandos adentro del establecimiento. La Fronterita, además de esto, hospedaba a oficiales importantes, y el ex Ingenio Santa Lucía se convirtió en la base operacional más grande con tres mil soldados.
El otro eslabón en la cadena represiva eran los colaboradores, los funcionales. La burocracia sindical fue uno de ellos. No sólo señalaron y entregaron a quiénes “estorbaban” en las fábricas, también aportaron hombres a las bandas armadas. Cuando a fines de 1975 Vilas es reemplazado por el general Bussi (otro conocido genocida que sería gobernador de Tucumán en dos oportunidades) la burocracia de la FOTIA sacó una solicitada para que aquel se mantuviera en el cargo y lo llamó “ejemplar soldado de la patria”. Meses atrás Vilas les había dicho en una reunión privada que “no permitiría ningún tipo de insubordinación ni huelga que pusiese en peligro la armonía entre el capital y el trabajo”. La burocracia peronista por supuesto festejó. El propio Vilas cuenta en su diario que firmaron una declaración de apoyo a las FF.AA. Jorge Triaca, padre del actual ministro de trabajo, fue otro de los dirigentes sindicales que vitorearon el accionar militar.
La Iglesia fue otra pata esencial. Según el libro Profeta del genocidio de Lucas Bilbao y Ariel Lede Mendoza, cuarenta y tres sacerdotes participaron del Operativo Independencia. Prestaron apoyo espiritual a los soldados y colaboraron en la construcción del relato de la “guerra antisubversiva” desde los sermones de domingo. También el Partido Radical se hizo eco de la medida del gobierno de Isabel y dio el visto bueno, “apoyamos toda medida orientada a purificar la estabilidad democrática del país” dijo un senador bonaerense (14/2, La Gaceta), mientras que Balbín pedía a gritos que los militares actuaran. Esta tríada continuó colaborando con la dictadura: Los curas bendecían al golpe desde las Iglesias, la burocracia actuando como correa de trasmisión de los intereses de la burguesía y los radicales y el PJ pusieron a cientos de intendentes y funcionarios.

Capellán bendiciendo el operativo
*************
El genocidio de Estado en Argentina tuvo un carácter de clase, como puede verse con tan sólo conocer el verdadero blanco de este plan represivo. En la megacausa del Operativo Independencia que se inició en mayo de 2016, se contabilizan 270 víctimas, aunque con la apertura de los archivos se podría comprobar que fueron muchos más. La mayoría de los registrados eran trabajadores, estudiantes, militantes políticos y sociales. Solamente en Concepción y la Fronterita se registraron por lo menos 50 víctimas. El mismo estudio registró que en ese momento aumentaron los ritmos de explotación en ambos Ingenios. En la causa hay apenas dieciocho imputados cuando el número de soldados que participaron del proceso fueron seis mil, Vilas y Bussi murieron sin recibir condena. Además, entre los acusados no hay ningún empresario, sacerdote o burócrata demostrando el pacto de impunidad que se mantiene hasta hoy.
El genocida y ex Jefe del Ejército del kirchnerismo, César Milani quién quedó detenido por las causas que se investiga las detenciones ilegales y torturas de Pedro Olivera y de su hijo Alfredo Ramón Olivera, y de Verónica Matta, ocurridos en La Rioja durante la última dictadura cívico-militar. Hace pocos días también fue procesado por la desaparición del soldado Alberto Ledo. Una vez más fue gracias a la lucha independiente que ejercieron familiares y sobrevivientes junto a organismos de derechos humanos y de los partidos políticos de izquierda la que hizo posible que la detención de Milani se haya hecho efectiva. Pero aún resta que Milani sea investigado por su participación en el Operativo Independencia donde, bajo las órdenes de Bussi, prestó servicios en el Batallón de Ingenieros 141..
Podés seguir las novedades de la megacausa del Operativo Independencia haciendo click aquí

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Fuente: https://www.laizquierdadiario.com/Operativo-Independencia-el-ensayo-general-del-genocidio

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I. Perón, el PJ y el terrorismo de estado, base de la dictadura genocida

Perón, Pinochet y 

el Plan Cóndor

10 de julio de 2008 

Alejandro Guerrero

La sentencia dictada por un juez chileno contra seis oficiales del Ejército de ese país por el asesinato en Buenos Aires del general Carlos Prats (30 de setiembre de 1974) "sacó a la luz un capítulo no contado de las relaciones entre el ex dictador (Augusto Pinochet) y (Juan Domingo) Perón" (Clarín, 2/7).
Según el juez Alejandro Solís, "una de las razones que habría tenido Pinochet para ordenar el asesinato de Prats fue la indignación que le provocó la estrecha relación que éste desarrolló con Perón luego de llegar a Buenos Aires" (ídem anterior).
Como se recordará, Prats había sido jefe del Ejército de Chile hasta 16 días antes del golpe del 11 de setiembre de 1973, que derrocó al presidente Salvador Allende. Militar antigolpista, su destitución por Pinochet fue la autocondena del gobierno que la Unidad Popular se dictó a sí misma. Prats, al igual que Allende, consideraba a Pinochet un "general democrático".
En sus Memorias, citadas en esa nota de la corresponsal de Clarín en Chile, Prats recordaría dos encuentros que tuvo con Perón. El artículo periodístico indica, sin mencionar fuentes, que Pinochet habría montado en cólera después de reunirse con Perón en el aeropuerto militar de Morón porque, según esa versión, el cónclave habría fracasado "porque me lo echó a perder Prats".
No es cierto. Aquella reunión de Perón con Pinochet no fracasó en modo alguno, y ya se vería hasta qué punto resultó exitosa.
Génesis del Plan Cóndor
La entrevista Perón-Pinochet en la base aérea de Morón estuvo precedida por toda una serie de contactos tenebrosos. Por ejemplo: "En la primera semana de abril (de 1974) tuvo lugar una entrevista en la residencia presidencial de Olivos entre el señor Álvaro Puga, representante personal del presidente Pinochet, y el teniente general Perón, habiendo durado aproximadamente dos horas y media" (El Economista, 26/4/74).
La visita del delegado de la Junta chilena fue correspondida casi de inmediato por el viaje a Santiago del jefe de Inteligencia del Ejército argentino, general Carlos Dalla Tea, futuro represor durante la dictadura videliana. "Antes de partir, (Dalla Tea) mantuvo una prolongada conversación con Perón, oportunidad en la que el Presidente le encomendó establecer los más estrechos contactos con la cúpula militar que gobierna Chile" (revista Mercado, 30/4/74). Y más aún: "Se informó que la estada del general Dalla Tea tiene la finalidad de investigar los antecedentes de ciudadanos chilenos que han viajado a la Argentina con posterioridad al pronunciamiento militar del 11 de setiembre pasado" (Crónica, 3/5/74).
 No era poca cosa. Después del golpe de Pinochet, más de 70 mil chilenos se habían refugiado en nuestro país. Se preparaba, por tanto, una vasta operación represiva internacional, coordinada entre los miembros del futuro Plan Cóndor, que ya empezaba a funcionar en vida de Perón.
La tragedia adquiría mayor magnitud porque en la Argentina, la derecha había golpeado aún antes que en Chile, con el derrocamiento de Héctor Cámpora en julio de 1973. Montoneros, aun a regañadientes, pondría sus esfuerzos para acompañar a la fórmula surgida de ese golpe: Perón-Perón, después del rápido fracaso de su propuesta en favor de un binomio Perón-Cámpora primero, y Perón-Balbín después.
Los frutos iniciales de esa colaboración entre el gobierno argentino y la dictadura chilena se conocieron en la primera semana de mayo de 1974. Tres refugiados chilenos (Joaquín Garrido López, Sergio Díaz Parada y Alcíades Oyarzún Braña) fueron secuestrados en Buenos Aires, donde vivían, por un grupo que mostró credenciales policiales. No volvió a saberse de ellos.
Por esos días, además, se supo que la Junta chilena había instalado aquí una delegación de sus servicios de inteligencia, con el objetivo de coordinar con la policía argentina el seguimiento y control de la colonia de exiliados (véase La Nación, 4/5/74).
Coordinación represiva
En aquellos días de 1974, en vida de Perón, el golpista Hugo Banzer denunció en La Paz una conspiración en su contra. Apenas 48 horas después, la policía detuvo en Buenos Aires, donde se encontraban exiliados, al secretario ejecutivo de la Central Obrera Boliviana (COB), Juan Lechín Oquendo, y a los dirigentes socialistas Marcelo Quiroga Santa Cruz y Jorge Gallardo.
 Tampoco esas detenciones fueron improvisadas: "En enero pasado, el ministro del Interior de La Paz, coronel Walter Castro Avendaño, admitió que existía una coordinación informativa entre los organismos de seguridad de su país y de la Argentina" (Noticias, 4/5/74).
Desde la clandestinidad, la COB emitió un comunicado en cual decía que esas detenciones de dirigentes bolivianos constituían "un acto inamistoso del gobierno argentino hacia la clase obrera boliviana". Se referían, claro está, al gobierno de Perón.
 Eso no era todo. Expatriados uruguayos denunciaron que, por cuenta de los militares de su país, el inspector de policía Campos Hermida, miembro de los servicios de inteligencia de Bordaberry, había instalado un centro de operaciones porteño en la calle Moreno, frente al Departamento de Policía. Aquellos exiliados, razonablemente, manifestaron su temor de que se produjeran arrestos y/o secuestros de refugiados uruguayos en la Argentina debido a esa coordinación represiva entre los gobiernos de ambos países.
Ya en diciembre de 1973, un grupo de tareas armado hasta los dientes, que también mostró credenciales de la policía argentina, había secuestrado en Buenos Aires al ex militar antigolpista brasileño Joaquim Pires Cerveira. Cerveira estaba recién llegado de Chile, donde se había refugiado, obligado ahora a huir de la persecución pinochetista. Otro militante brasileño, Joao Batista Rita Pereda, fue secuestrado en una operación similar. Tampoco de ellos volvió a saberse, a pesar de gestiones que sus familiares intentaron hacer, infructuosamente, ante el propio Perón.
Días después, el comisionado en Brasil de Naciones Unidas recibió un informe detallado de un testigo que había visto, al día siguiente del secuestro en Buenos Aires, cómo los prisioneros eran introducidos en dependencias de la policía política de su país, en Río de Janeiro. La ONU llegó a probar en qué vuelo clandestino esas personas habían sido sacadas de la Argentina.
Por supuesto, nada de eso podía hacerse sin la complicidad directa del gobierno peronista.
 El Plan Cóndor, aunque aún no se llamaba así, calentaba motores aceleradamente y el general Perón era pieza clave en ese armado tenebroso, aunque ahora un juez chileno intente hacer creer lo contrario.

Fuente: https://prensaobrera.com/politicas/10414-peron-pinochet-y-el-plan-condor

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El gobierno CFK distorsionó la historia para la subordinación popular al poder opresor.

Los usos del Rodrigazo
12 de marzo de 2014


Gastón Ramirez
Economista, docente de la UNJu.

El agotamiento del esquema económico ha impulsado la comparación de la situación actual con otras crisis de tiempos recientes. Entre ellas, la más recorrida es el Rodrigazo, en alusión al brutal ajuste aplicado por Celestino Rodrigo, Ministro de Economía de Isabel Perón. Esta caracterización se observa en todo el arco político1. En esta nota analizamos los puntos de semejanzas y diferencias de la situación actual con la que precedió a los hechos de 1975, así como discutimos los “usos” de agitar este fantasma durante el ajuste en marcha.

Los hechos
En 1973 la “crisis del petróleo” aceleró la recesión y la alta inflación que afectaba a las principales economías del mundo, capítulo que terminó de marcar el final del boom de posguerra en las potencias imperialistas. El alza de los precios del petróleo contribuyó en la Argentina a acelerar el incremento de precios locales y erosionó la “inflación cero” de José Ber Gelbard. La recesión de las economías ricas provocó una caída drástica en las exportaciones, en particular de la carne, por el cierre de los mercados europeos. El superávit comercial de 1.036,5 millones de dólares en 1973 pasa a un déficit de 985,3 millones de dó- lares en 1975. Al rojo en el comercio exterior para la marcha de la economía se sumó el recorte en el financiamiento externo, que empujó a buscar financiación del dé- ficit vía emisión monetaria, lo que contribuyó a agravar la dinámica alcista de los precios. La crisis en el frente externo redujo los márgenes del Estado para actuar frente al conflicto social y la puja por sostener el salario real2.

A pesar que la CGT había aceptado en 1973 fijar el salario por dos años, los sindicatos fueron presionados por las bases descontentas por la elevada inflación (60,3 % en 1973; 57 % en 1974 y 182.8 % en 1975), desatando conflictos permanentes. El ministro de economía Alfredo Gómez Morales propone un plan de “estabilización” gradualista (una especie de “sintonía fina”) que no logra eco en el gobierno y tampoco en la CGT y la CGE, ni de los grupos concentrados de poder representados en la UIA y la SRA. Proponía un aumento del 25 % del salario real, el cual fue rechazado por la CGT que exigía un 38 %. La Argentina afrontaba nuevamente una crisis de “restricción externa”, al igual que en los ‘50 y ‘60.

Estas crisis, similares a las de otras economías dependientes y semicoloniales, se producía cuando la disponibilidad de moneda mundial (dólar) que se obtenía a través del comercio exterior, las inversiones extranjeras, o el crédito externo, caía a niveles insostenibles.  Este faltante de divisas era (y es) recurrente en la Argentina por la canasta limitada de exportaciones del país, que contrasta con la amplitud en variedad y volumen de su demanda de productos importados, para la industria y para el consumo. Además, un problema histórico que se había empezado a manifestar en los años ‘30 y se hizo crítico desde los años ‘50, eran las restricciones para el crecimiento de la producción agraria, lo cual limitaba el crecimiento de las exportaciones, que además contaban con mercados poco dinámicos. El resultado eran dificultades crónicas para hacer frente al pago de las importaciones y de deuda externa.

Además, la creciente penetración de capital extranjero creaba una demanda adicional de dólares por las remesas de sus utilidades enviadas al exterior. Este desequilibrio entre oferta y demanda de divisas desató una sangría de reservas y presionó a una devaluación. Esto ya había ocurrido durante la gestión de Gómez Morales, que impuso una devaluación del 50 %. Sin embargo, continuó la pérdida de reservas, que en dos años cayeron un 53 % de 1.340,8 millones a 617,7 en 1976. La crisis de restricción externa se veía agravada por el hecho de que esta ocurría en un momento de alta inflación, que encontraba impulso tanto en la situación internacional como en la disputa distributiva (entre trabajadores y empresarios, pero también entre sectores de la burguesía).

Algunos autores que hacen una valoración positiva del período de semi-desarrollo industrial por sustitución de importaciones (esquemáticamente, 1930-1975), como Eduardo Basualdo, consideran que desde finales de la década del ‘60 comenzaban a actuar los efectos de algunas transformaciones importantes que trajo el segundo momento de impulso a la sustitución, cuando de la mano del capital extranjero se desarrollaron varias ramas de la industria pesada. Lo más importante, para estos autores, es que en los ‘70 había comenzado a desarrollarse la exportación industrial y esto, junto con el crecimiento de las exportaciones agrarias, eran según esta lectura las bases para superar la restricción externa. No sorprende que autores que sostienen esto pasen muy velozmente por el Rodrigazo, o directamente lo desdibujen en sus análisis3, ya que desmiente este planteo. Planteo que además soslaya importantes realineamientos entre las clases que estaban en marcha desde el Cordobazo, pero que se aceleraban aún más con el recrudecimiento de la lucha de clases bajo el gobierno peronista, y que empujaban a toda la burguesía a encolumnarse en apoyo a las políticas de shock reestructurador. El violento cambio en la coyuntura internacional reflotó los problemas de restricción externa y puso al desnudo al capitalsimo argentino como un eslabón débil del sistema mundial. El ensayo sustitutivo quedaba abortado por no poder superar sus contradicciones económicas, pero además por perder su sustento de clase y del propio peronismo que aplicó el shock.

El derrumbe de las exportaciones agropecuarias puso en aprietos al Pacto Social y sentenció al plan de ajuste gradual de Gómez Morales. Tras su renuncia asume Rodrigo apoyado por López Rega, e implementa un brusco giro de timón lanzando un paquete de medidas que significó un verdadero mazazo al salario. La inflación en 1975 alcanzó el 182,8 % y el paquete econó- mico dio rienda suelta a aumentos en las naftas y el gas de entre un 30 % y 60 %, la electricidad (entre un 40 y un 75 %) y fuertes aumentos en los productos de primera necesidad como el pan que pasó de 400 a 680 pesos, la manteca de 4.350 a 8.200 y los quesos un promedio de 2.900 a 5.900 pesos. La devaluación del peso osciló entre un 80 y 160 %. Se ajustaron los préstamos de los bancos contra la inflación, las tasas de interés y el congelamiento de las paritarias. En el caso de los salarios se plantearon topes, con un aumento del salario básico a 3.300 pesos, muy por debajo de la inflación de ese año. También se alimentó el endeudamiento con el exterior. Al contrario de las expectativas del gobierno que esperaba una parálisis y contención del movimiento obrero por la burocracia, comienza un ciclo de huelgas que confluyen en un histórico primer paro nacional a un gobierno peronista que dio por tierra con el Plan Rodrigo.

Ayer y hoy

Podemos decir que muchos de los elementos de esta crisis se encuentran en la actualidad. Una inflación con niveles cercanos a las tasas mensuales del año ‘74 (antes del salto del ‘75). Un déficit fiscal en alza, que se financia con organismos públicos y –cada vez más– con emisión monetaria. Por último, sobrevuela nuevamente la amenaza de la restricción externa. Las reservas récord de 52.190 millones en 2010 arrastran una fuerte caída de más de 24.441 millones (-46 %) a enero 2014. El doble superávit comercial y fiscal ya no existe más. Aunque se mantiene el superávit comercial, este ya no alcanza para afrontar todas las vías de salida de dólares, y el saldo de la balanza de pagos (entrada y salida de dólares por actividades comerciales y financieras con el resto del mundo) arroja saldos negativos desde 2011 provocando una pérdida de dólares. El pago de la deuda externa, que ronda los 10 mil millones anuales, complica más el panorama. Y durante los últimos años la importación de combustibles consume la friolera de U$S 13.000 millones, como en 2013. Por su parte, la inflación agrava la puja distributiva y los problemas fiscales para Nación y provincias, estas últimas encaminadas hacia severas crisis fiscales. Las crecientes dificultades en el frente externo, así como los efectos de la inflación y la puja distributiva, en el plano cambiario, creando expectativas de devaluación fuerte desde 2011 y disparando todas las medidas de control cambiario y a las importaciones registradas desde entonces, son muestras de las contradicciones profundas de una economía dependiente y subordinada al capital extranjero. Todo esto empujó a la fuerte devaluación de comienzos de este año, y todo indica que este no será el último de una serie de ajustes cambiarios forzados.

Con todas estas similitudes, podemos encontrar, sin embargo, algunos elementos “moderadores”. Por ejemplo, al contrario del cierre del mercado europeo en 1975, los precios históricos de la soja y las buenas cosechas de trigo y maíz le permiten al Banco Central un ingreso cercano a 30 mil millones este año, una afluencia de dólares que el gobierno espera que se concrete para aliviar la presión sobre el tipo de cambio. Aunque la balanza de pagos sea negativa, la existencia de un superávit comercial considerable es un elemento que constituye una novedad histórica y otorga algunos colchones, aunque claramente no contienen el agotamiento. El nivel de endeudamiento en dólares es bajo en relación al PBI (27 %); y, con un gobierno que no para de hacer guiños al Club de París, al Ciadi, y que está avanzando en un acuerdo para pagar generosamente la recompra de YPF a Repsol, no está descartada la posibilidad de encontrar nuevas inversiones y financiamiento en el exterior con el cual conseguir algunos dólares que alivien momentáneamente la escasez.

Finalmente, un aspecto no menor que distingue la situación actual, es el estado de la clase trabajadora. Hoy el movimiento obrero llega al fin de este ciclo sin acusar derrotas en vanguardia como en los ‘70 (Córdoba, Villa » Constitución, etc.), aunque vive una profunda división estructural en tercerizados, contratados, en negro, etc., que actúa como un impedimento para que pueda expresar toda su fuerza social como entonces. Una década de crecimiento económico le permitió obtener más de 3 millones de puestos de trabajo y una dinámica de luchas por el salario y contra la herencia noventista de la precarización. La burocracia sindical no cuenta con la fortaleza de entonces para actuar como contención y desvío, aún siendo como fue arrastrada por los acontecimientos de entonces. Hoy mantiene el desprestigio por el rol jugado en acompañar la fuerte ofensiva patronal en los ‘90, por la ostentosa riqueza de vastos sectores de la misma y porque se encuentra dividida en 5 centrales. Los sectores más lúcidos de la burguesía tienen presente la contundente respuesta que dio la clase obrera al ataque de Rodrigo, y la fuerte recomposición que registra el proletariado en la última década. Dada la debilidad del gobierno (y la impotencia de toda la oposición), un ataque duro podría provocar un rápido giro que despierte una respuesta del movimiento obrero que deje al gobierno en una debilidad extrema. Por eso, en lo inmediato, prácticamente todos los sectores patronales coinciden en apostar a que funcione el plan que finalmente está encarando el gobierno. Esperan que esto, junto con otras señales dadas, retomen el sendero de la “sintonía fina” prometida en 2011.

Un fantasma que agita la burguesía

Hoy, ¿qué rol juega la amenaza de un Rodrigazo? Una lectura tradicional lo identifica con una catástrofe económica cuya causa principal estaría en los reclamos “desmedidos” de salarios, que habrían acelerado sin solución la inflación y creado todo el descalabro económico que llevó posteriormente al golpe de 1976. Se oculta el hecho de que se trató ante todo de un ataque en toda la línea, una plan de ajuste por parte de un gobierno peronista cuya base “residía en hacer recaer el peso de este sobre los asalariados disminuyendo abruptamente su poder adquisitivo mediante incrementos en precios”4 . Esta fue la última carta del gobierno de Isabel y aparece como la antesala de un plan integral de contraofensiva sobre el movimiento obrero que se termina de plasmar con el golpe. Por eso, el Rodrigazo es un hecho “irreductible” a una serie de medidas económicas. Solo velando estos elementos, pueden pretender sembrar el pánico en la clase trabajadora y lograr que ante la incertidumbre se limiten los intentos para enfrentar el ajuste sobre el salario. Contrario a este balance, lo que puso en evidencia el Rodrigazo es la fuerza que tiene la clase obrera para, si supera la contención de la burocracia, torcerle el brazo al ajuste. El paro nacional del 7 y 8 de julio fue una acción de masas histórica que desbordó a la burocracia y presionó desde las bases para que de hecho se diera la huelga. La vanguardia obrera dio un salto en sus pasos de ruptura con los dirigentes burocráticos y creó organismos de base alternativos, las coordinadoras interfabriles, que jugaron un rol central durante la huelga, logrando la homologación de los convenios colectivos de trabajo y aumentos del 180 %. Esta respuesta contundente puso de relieve la seria amenaza que constituía la clase trabajadora frente al poder burgués. Sin embargo, este nuevo resurgir obrero fue el punto más alto y sobre el final de un ciclo de enfrentamientos entre las clases iniciado por el Cordobazo. La falta de una dirección revolucionaria capaz de utilizar el triunfo contra Rodrigo para preparar la caída de Isabel y conquistar un gobierno de trabajadores, le dio un tiempo precioso a la burguesía que aceleró los preparativos del golpe. En el fin de ciclo en curso están inscriptos crecientes ataques como también grandes respuestas de masas. En el delimitar las convergencias y divergencias y sobre todo los tiempos de los distintos momentos históricos, se juega una de las claves en el camino de preparar una intervención política que dé vuelta la historia.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda/wp-content/uploads/2014/03/12_14_remy.pdf

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16 de abril de 2019

III. La crisis local e internacional, alternativa desde los pueblos y a la izquierda.

2019:

alternativas populares y 
de izquierda
más allá (y más acá) de 
las elecciones
14 de enero de 2019

Por Sergio Zeta (Rebelión)
"El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza"
Rodolfo Walsh, Un oscuro día de justicia, 1973.
No hace más de un año, el contundente triunfo en las urnas obtenido por el macrismo lo alentó a imaginarse con suficiente consenso para ajustar y reorganizar la estructura política, económica, social y cultural del país. Pero apenas dos meses después la extendida resistencia popular y un diciembre de lucha contra la reforma previsional resquebrajó esta ilusión, abriendo una crisis económica y política que aún perdura.
Con la misma rapidez con que se fantaseó con una derecha imbatible se la pasó a imaginar presta a abordar helicópteros. Fantasía hermosa que alegraba el corazón pero que venía con trampa: alentaba a dejar de lado las imprescindibles tareas acordes a una nueva realidad en cuanto a organización, la lucha y la construcción de propuestas programáticas alternativas del pueblo trabajador.
El pueblo no fue derrotado en las calles, por eso la victoria electoral macrista no pudo expresarse como avance ilimitado y la lucha popular siguió expresándose en todo el país a lo largo de todo este 2018. Sí, en cambio, sufrimos una derrota cultural, de proyecto, que el macrismo no fue quien causó sino quien la usufructuó. De este modo puede continuar con su ofensiva a pesar de la resistencia que despierta.
La dispersión en el campo popular es grande y quienes construyen política desde coyunturas electorales volátiles, lejos de augurar procesos de largo alcance, suelen ser olvidados en poco tiempo. La unidad popular sólo puede sostenerse sobre nuevos proyectos político-sociales que comprendan a los diversos sectores del pueblo trabajador, sobre nuevas síntesis identitarias plebeyas. No puede levantarse en base a nostalgias más o menos críticas de alternativas capitalistas responsables de la derrota cultural y del proyecto emancipador del pueblo. Ni puede sostenerse sobre una limitada y coyuntural redistribución neodesarrollista que, al toparse con sus límites, no encontró otra vía de superación que hacia su derecha. (ver Féliz, Pinassi, 2017) 
Diciembres distintos y políticas diferentes
Un conocido periodista progresista no pierde oportunidad de criticar a las izquierdas “maximalistas” que, según su decir, en sus pretensiones de conseguirlo todo no logran que el pueblo obtenga nada. Este análisis encubre su propia derrota ante la evidencia de que la lucha por ¨lo posible¨ se traduce en falsas ilusiones para el pueblo trabajador y profundiza su pobreza estructural y la precarización de la vida. Un compañero de una villa en Capital cuenta con preocupación que hace unos años podía elegir una primera marca en fideos, base de su alimentación cotidiana, y ahora sólo puede comprar la más barata que se deshace en la olla. Creo que no hacen falta más palabras. Si bien la alternativa no es menor para quien sólo come fideos esto no debería ser considerado un derecho adquirido, ni peor es nada, ni dignidad. Dejando de lado la pretensión aparentemente “maximalista” de que todos podamos acceder a una alimentación diversa y sana, hoy, tras una breve coyuntura diferente, hasta para comer mejores fideos hay que sacarles a los ricos y obturar los canales de extracción de nuestras riquezas.
Los “minimalistas” se dedican entonces al juego que mejor saben y que más les gusta: prepararse para las elecciones. Festejan entonces cada político o burócrata sindical -desorganizadores seriales de los sectores populares- que se suma al “todos contra Macri”. Fórmula que podría traducirse como “todos para que Macri se vaya recién dentro de un año” que, claro, sería más sincera pero menos atractiva.
Tanto la subordinación a estrategias electorales como sostener la posibilidad de retornar a políticas progresivas que en otros tiempos significaron ciertos avances relativos, provocan desorientación y desmoralización, así como aportan a un desinfle burocrático de las luchas. Un ejemplo de esto es la masiva pelea por la educación en todos los niveles, una de las más fuertes que se libraron este año, que podría haber asestado un potente golpe al gobierno.
No resulta llamativa la actitud de las burocracias políticas y sindicales cuyo universo transcurre en el capullo electoral del que se nutren mientras esperan el 2019. Pero necesitamos preguntarnos ¿hubiéramos podido intentar otro rumbo desde las izquierdas? ¿no hubiera sido necesario impulsar -superando el corporativismo- un Congreso o Cabildo abierto nacional de todos los niveles y de toda la comunidad educativa para debatir que educación necesitamos como pueblo, quien la debe dirigir y cómo luchar para imponerlo, cuando cientos de miles de compañerxs ocupaban las calles, escuelas y Universidades? ¿No hubiera sido un salto político para fortalecer la pelea? ¿Acaso la comunidad educativa de Moreno no nos demostró que era posible articular la escuela con el barrio para potenciar la lucha? ¿No tenemos las izquierdas una inserción para nada despreciable en todos los sectores de la educación como para intentarlo? ¿Acaso eso no hubiera sido hacer política tanto como el presentar candidatos al Parlamento, aunque el sistema sólo clasifique como “política” esta última práctica?
Estas posibilidades resaltan el nefasto rol de la burocracia sindical, que desde las cúpulas de la CGT, las CTA's, como desde el “Frente Sindical para el Modelo Nacional” aportan a encausar la bronca en misas, performances catárticas poco efectivas o en esporádicas protestas sin continuidad ni claros reclamos. Si la posibilidad de que sea “con los dirigentes a la cabeza” llevó a la explosión del “poné la fecha”, se hace cada vez más evidente la necesidad de organización por abajo, para hacer realidad “con la cabeza de los dirigentes”, hacia un sindicalismo de nuevo tipo, no corporativo, clasista, democrático y combativo.
Asimismo, muchas organizaciones territoriales o de economía popular vieron limada su gran potencialidad -demostrada en las calles- por una dirigencia subordinada a la Iglesia y deseosa de sumarse a las internas del PJ.
Las consecuencias se expresaron en un diciembre muy diferente al del año anterior –y a lo que hubiera sido necesario- a tal punto que el ministro Nicolás Dujovne sale a festejar que “nunca se hizo un ajuste de esta magnitud en la Argentina sin que caiga el gobierno”.
El afán de quienes imaginaban helicópteros y ahora fantasean con urnas se agota en alumbrar una boleta sábana de “todos contra Macri”, sin importar que en ese “todos” haya muchos que vienen sosteniendo a Macri y su política. Se olvidan que no toda unidad suma; que las lógicas del capital y el poder empresarial no habilitan cambios de rumbo si no se los enfrenta; que no habrá medidas que atenúen los padecimientos populares si no se rompe con el FMI; que la “unidad” que ahora se postula es similar al “todos contra Menem” que terminó pariendo un De la Rúa y un Domingo Cavallo en su tercera temporada. Y sobre todo, mientras se dice buscar reflejar políticamente las luchas populares, se valora más el aporte de personajes siniestros como Felipe Solá, Luis Gioja, Gildo Insfrán, Ricardo Pignanelli y tantos otros, por sobre los aportes del pueblo, que en las calles protagoniza una persistente lucha y que en su mayoría se siente ajeno –con razón- a los partidos, instituciones y mecanismos “democráticos” que -a 35 años de la dictadura- no resultaron panacea de fin de historia sino herramienta de opresión y padecimientos populares.
Crisis de la “grieta” y crisis de la democracia
Pobre Argentina. Tan lejos de Dios y tan cerca de las elecciones
Alfredo Grande
 El capitalismo al escindir el terreno de la economía y lo social-donde prima la desigualdad y la voluntad popular no cuenta- del terreno de la política, restringe ésta al terreno de lo estatal. La “democracia” representativa liberal consuma esta castración de la política poniendo un signo igual entre hacer política y votar.
Si las viejas izquierdas se fueron adaptando a esta escisión, una de las novedades que introdujo una nueva izquierda en las prácticas políticas -con el zapatismo, las rebeliones populares en Bolivia o la Argentina del 2001, el chavismo popular, etc.- fue la politización de la vida, en tanto “que la política atraviesa el Estado pero claramente excede al Estado” (Stratta, 2018). Este “exceso”, terreno primordial de una otra política en tensión con lo aceptable por el sistema, constituye el principal espacio de construcción de poder popular. De allí lo disruptivo de lxs trabajadores que han recuperado y hecho funcionar empresas sin sus patrones; del movimiento feminista al poner en cuestión el rol asignado a las mujeres en la reproducción social y de la fuerza de trabajo; de los movimientos socio-ambientales que defienden el agua y la vida frente al extractivismo; de organizaciones sindicales que como la Federación Aceitera no aceptan otro valor mínimo de la fuerza de trabajo que el “que le asegure alimentación adecuada, vivienda digna, educación, vestuario, asistencia sanitaria, transporte y esparcimiento, vacaciones y previsión” (Yofra, 2017); o sectores docentes que no solo pelean por salario sino ponen en cuestión la educación como reproductora del sistema. Pueblos que han logrado avanzar a la articulación social y política de los sectores de la clase que vive de su trabajo han podido alumbrar experiencias avanzadas aunque incipientes de poder y de proyecto popular alternativo, como las comunas chavistas, los caracoles zapatistas, o el confederalismo democrático kurdo.
Estas experiencias resaltan que “… sólo con presión al Estado no se logra un cambio en las relaciones de fuerza. Por lo tanto, desde esta visión es indispensable, además, disputar el sentido de las creencias y las concepciones que regulan la vida social. La presión al Estado no basta, si no se impugnan al mismo tiempo las ideas que sustentan a la sociedad burguesa.” (Stratta, 2018)
La frustración con la llamada “democracia” crea condiciones para esta impugnación. Pero tras la “normalización” de la política acaecida durante la década kirchnerista, incluso sectores de la nueva izquierda “popular” volvieron a privilegiar al Estado como único terreno de lo político y restringieron lo económico-social al terreno de la mera lucha “que debe expresarse en las elecciones” como supuesta única manera de hacer política de masas.
Los medios resaltan las visiones que dan centralidad a la disputa electoral por el Estado, como la de Hugo Yasky para quien “salvo una provocación sería mejor evitar hacer paros en un año electoral”. Una y otra vez se volverá a machacar que lo electoral es la “madre de todas las batallas”. Todo lo demás parecerá secundario y nadie que pretenda parecer sensato se atreverá a decir -ni a formular políticamente- que hay otras tareas tan o más importantes para los destinos populares. Será necesaria mucha fortaleza política y principalmente, mucha ligazón con los sectores populares, para desarrollar una disputa política en otros terrenos, sin por ello desentenderse de lo estatal.
La primacía de lo electoral desplaza al sujeto protagonista de la política. Asimismo, se desplazan los debates políticos acerca de la educación, la salud, el acceso a la energía, la vivienda, el transporte, la seguridad popular o la soberanía alimentaria. O acerca de la necesidad de romper con el FMI, desconocer la deuda, terminar con el patriarcado, encontrar las vías para una refundación clasista y democrática del movimiento obrero o para el impulso a la integración latinoamericana. Ya no cuenta el pueblo peleando por imponer su política, construir su poder y referenciar liderazgos. El protagonismo pasa a los personajes mediáticos, los políticos profesionales, los aparatos con personería electoral y dinero para costosas campañas publicitarias. Más de 30 años de Encuentros de Mujeres parecen valer menos que un twitt tildando de “machirulo” al presidente. La vital pregunta por la unidad de los diversos fragmentos del pueblo trabajador troca en roscas para construir la unidad del PJ y sumar al “todos contra Macri”. No como discutible y dolorosa opción de segunda vuelta sino como construcción estratégica.
Hay compañeros que suponen -en una visión etapista particular- que el derrotar electoralmente al macrismo de la mano de Cristina puede posibilitar una radicalización del kirchnerismo en tanto se podría empujar a una confrontación con sectores del capital.
Pero es mucho más probable otra hipótesis más realista y menos fundada en el deseo: que en la lucha contra las miserias a las que nos condena el capitalismo patriarcal y colonial surjan sectores que imaginen, proyecten y peleen por imprescindibles transformaciones, mientras el kirchnerismo opere de contención para esterilizar su esfuerzo. No estamos imaginando, ya sucedió en la década pasada.
Nada de esto significa no dar pelea también en el terreno electoral. Pero sin adaptarse a sus mecanismos ni abandonar el protagonismo colectivo popular, sino introduciendo en la realidad el mensaje de los sin voz. Esa voz colectiva que el sistema intenta acallar y que constituye el terreno donde la izquierda puede y debe tallar, aunque eso espante algunos votos “progres”.
El sistema intenta que no nos sintamos parte de una clase social oprimida –diversa pero con intereses similares- sino nos consideremos “ciudadanxs”. Donde el otro ya no sea un posible compañerx sino un potencial límite a nuestra libertad. Para esto, “… las clases no solo se atomizan, sino que los átomos se reagrupan de tal manera que el concepto de clase llega a parecer poco útil o pertinente para la lucha colectiva ... En el Estado moderno capitalista los ciudadanos son hacinados en todo tipo de agrupamientos: se les clasifica, primeramente y ante todo como familias, pero también como votantes, contribuyentes, inquilinos, padres, pacientes, asalariados, fumadores y abstemios ... Este moldeamiento es una lucha, una lucha por canalizar la acción clasista en las formas fetichizadas de la política burguesa, una lucha por constituir la forma Estado.” (Holloway, 1994)
En nuestros días, “pibes chorros”, “militantes”, “choriplaneros”, “piqueteros”, “sindicalistas”, “mapuches” son constituidos como agrupamientos antagonistas de lxs “ciudadanos”, la “gente” o el falso y nefasto “el que se la gana laburando”. Todo gobierno construye su supuesto antagonista. Cristina Fernández alimentó el huevo de la serpiente construyendo un macrismo a su medida en lo que más tarde Durán Barba denominó “la grieta”. Esta formulación se tornó tan eficaz que forzó a tomar partido, so pena de ser tildado de indiferente o falto de voluntad de poder y bajo la presión de microclimas “progresistas”. Todo otro agrupamiento antagónico, “empresarios-trabajadores”, “izquierdas-derechas”, “pañuelos verdes o celestes”, “pueblo trabajador-imperialismo” devino anacrónico, como argumentó Cristina Fernández en el Foro de Pensamiento Crítico. Vale aclarar que sostener que la “grieta” necesita deconstruirse como antagonismo no significa considerar que ambos polos sean lo mismo. No se trata de similitud ni de antagonismo, sino de complementariedad, en tanto rostros diferentes del mismo capitalismo patriarcal y alternativamente necesarios para un funcionamiento mínimamente armónico del sistema de explotación y opresión.
Lo nuevo es que la crisis erosiona la credibilidad de la “grieta” y desgasta a ambos contendientes, condición necesaria (aunque no suficiente) para su superación.
Un sobrevuelo por esta crisis permite distinguir la caída en picada de la imagen presidencial, un poder judicial recuperando el descrédito que tuviera en las jornadas del 2001, “cuadernos” que develan una feroz pelea por el negocio energético y los contratos con el Estado, demostrando que no hay inocentes en la articulación entre negocios legales e ilegales de un capitalismo que no puede ser “serio” ni “humano”.
Por el lado del PJ la situación no es mejor, o si se quiere, es peor. Un peronismo “sensato” que vacila entre seguir pegado al macrismo o tomar distancia. Y un Consejo Nacional Justicialista que reagrupa todo en un gran container donde caben “progresistas”, burócratas sindicales, “barones” del conurbano, defensores de empresas transnacionales, represores, unidos no por el amor sino por el espanto de perder su poder territorial si no se prenden a la figura de Cristina.
El salto dado por el “riesgo país” no revela solo el temor a la incobrabilidad de la deuda sino la desconfianza en la capacidad del gobierno para superar una crisis que pone en cuestión el sistema político institucional, que puede motorizar tanto salidas reaccionarias como una intervención popular que no acepte promesas de “profundización” de la democracia, sino aspire a otra institucionalidad democrática sobre sus escombros.
Esta disputa no tiene final cantado. Ante el fracaso del reformismo progresista y el deterioro de las instituciones “democráticas”, las derechas avanzan con alternativas neofascistas, como en Brasil.
Las izquierdas también tenemos condiciones de sobra para intervenir. A condición de plantarnos contra la ilusión de una inclusión sin conflicto (y cuestionar la idea misma de inclusión). De rechazar una “democracia” que ni es democracia ni es “el mejor sistema posible” (o seguirán siendo las derechas quienes capitalicen su descrédito). De combinar los reclamos inmediatos con perspectivas que vayan a la raíz de los problemas, evitando la soberbia de quienes suponen que estas cuestiones le interesan más a los partidos e intelectuales que al pueblo. De no ponernos en la vereda de enfrente del descreimiento popular en los “políticos”, en tanto “la repolitización que viene... tiene que pasar primero por una despolitización. Una despolitización positiva, un proceso activo en el que hacemos una “limpieza” de una cantidad de creencias y hábitos que hemos adquirido durante la etapa del asalto institucional” (Fernández Savater, 2018).
Construiremos alternativa popular a condición de plantarnos desde las luchas. Pero no solo desde ellas, sino sembrando ideas y construyendo lazos comunitarios por todos los medios posibles, incluso en las elecciones. Tarea molecular, gris y por mucho tiempo casi invisible, pero más productiva y eficaz que las maniobras electorales “brillantes” que terminan abonando al campo de sectores ajenos al pueblo trabajador.
La izquierda anticapitalista como alternativa electoral tiene límites importantes y encuentra un techo en la autoproclamación. Las organizaciones, colectivos y compañerxs que aún nos consideramos de una nueva izquierda independiente necesitamos -en forma articulada y unitaria al mismo tiempo que abierta- reclamar su apertura real y democrática, no sólo ni principalmente al resto de las izquierdas anticapitalistas y antipatriarcales no trotskistas, sino a todos los colectivos, movimientos y activistas de la extendida izquierda social. Necesitamos una articulación amplia de la nueva izquierda que asimismo pueda debatir el impulso a otras iniciativas y campañas políticas desde abajo y cotidianas, más allá de declaraciones y elecciones.
La Iglesia: una mano tendida a la recomposición institucional del capitalismo argentino
La Iglesia argentina parecía estar contra las cuerdas cuando la lucha de las mujeres conmovió profundamente el país y dotó a los sectores populares de nuevas sensibilidades, renovadas prácticas y lecciones estratégicas.
Sin embargo, lanzó una contraofensiva que le ha permitido mayor injerencia aun en todas las esferas de la política argentina y que apunta a sentar las bases para una recomposición del régimen político y el bipartidismo sobre el que se sostiene la ofensiva del capital.
Esta contraofensiva se hizo evidente con el freno a la legalización del aborto, en los ataques de los autodenominados “provida” contra la Educación Sexual Integral (ESI), en la sentencia a los brutales femicidas de Lucía. Pero también en que el plan de lucha del sindicalismo “combativo” haya devenido en una misa en Luján, en la intervención del Papa Francisco en la recomposición y unidad del PJ, con el beneplácito de Cristina y a través de un amplio espectro de personajes de derecha, como Felipe Solá, José Luis Gioja o Julián Domínguez, del centro-izquierda como Pino Solanas, referentes de movimientos sociales como Juan Grabois, pasando por sindicalistas como Pablo Moyano, Hugo Yasky, Héctor Daer o Aldo Pignanelli. Felipe Solá reconoció el rol jugado por el Papa: “hay una especie de parálisis con lo que está pasando en el país, y esa interpelación a ponernos en movimiento está viniendo de Roma”.
Asimismo, recientemente se conoció un documento de todos los sectores del sindicalismo burocrático junto a la Unión Industrial Argentina (UIA) denominado “Una patria fundada en la solidaridad y el trabajo”, cuya coordinación estuvo a cargo de los obispos Oscar Ojea y Jorge Lugones, considerados los más cercanos al Papa Francisco y cuya redacción final estuvo a cargo de “Scholas Occurrentes”, fundación educativa internacional creada por Francisco y recientemente elogiada por el Banco Mundial.
Los avances eclesiásticos se hacen notorios cuando agrupaciones feministas pasan a aliarse con un representante del Vaticano como Grabois, enemigo del derecho al aborto y defensor de una “cristiana” “aceptación” del capitalismo.
No puede haber confusión acerca del Papa Francisco. Su “teología del pueblo” no tiene nada que ver con la “teología de la liberación”. Mientras el primero se dirige a los poderosos para que “se acuerden de los pobres”, como señaló Francisco en su carta al encuentro de Davos, los segundos alentaban al pueblo oprimido a pelear contra los dueños del poder político y de la riqueza. Solo el malmenorismo y el abandono de toda esperanza de emancipación social y nacional puede confundir a unos con otros, en un escenario en que la lucha por la transformación resulta imprescindible para frenar el tren hacia el abismo.
La campaña por la separación de la Iglesia del Estado se presenta con más dificultades que las previstas pero resulta más imprescindible.
El territorio como construcción de comunidad, de síntesis política y de proyección alternativa 
Los desafíos de los movimientos territoriales han adquirido nuevos contornos en el transcurso del nuevo siglo. Como señala Fernando Stratta, “... los procesos de acumulación por desposesión, en tanto significan violentos procesos de despojo sobre las poblaciones, generaron nuevas conflictividades, que se observan en diferentes ámbitos de la sociedad: en el trabajo (flexibilización y desregulación laboral), en los territorios (desplazamiento de pueblos originarios), conflictos urbanos (expulsión campesina y periferias de las ciudades), sociales y en los cuerpos (profundización de las violencias de género)”.
Todos estos conflictos se expresan en la falta de escuelas, en la insalubridad (basurales en zonas de viviendas precarias, criaderos de mosquitos, contaminación por plomo, falta de cloacas y de centros de salud de cercanía, etc), zonas urbanas fumigadas con glifosato, creciente mercantilización del deporte y la cultura que las hacen inaccesibles para lxs jóvenes, tarifazos, etc., etc.
Asimismo, “ Esta nueva dinámica de la economía capitalista con centro en las finanzas –caracterizada por la interrelación entre lo formal, lo informal y lo ilegal–, en la medida en que incorpora al crimen como un elemento inherente al proceso de valorización del capital, genera nuevas formas de violencia que se diseminan por el conjunto de la sociedad ”. Nuevamente, es en nuestros barrios donde más se expresa, así como en el accionar de fuerzas complacientes de seguridad con los narcos e impiadosas con nuestros jóvenes.
El resultado es la fragmentación social como consecuencia buscada en la fase neoliberal del capitalismo. Se trata, entonces, de revertir la fragmentación en el campo popular, con herramientas aptas para dar batalla en todos estos terrenos comprendiendo que de fondo, es una misma y sola batalla.
La Cetep ha surgido como herramienta de lucha en muchos territorios. Sin desmerecer su valor y más allá de su conducción, hay que señalar que ha sido construida sobre los moldes y aspirando a ser parte del viejo sindicalismo que, en la nueva situación, muestra sus límites. Asimismo, movimientos territoriales nacidos en los '90 en la vital pelea por trabajo (así asuman la forma de una relación no salarial, de asignación estatal) y contra el neoliberalismo, enfrentan el desafío de renovar y ampliar reclamos y formas organizativas que vayan más allá de los organizados hacia el conjunto del barrio y -más allá de las urgencias- trascendiendo (sin abandonar) la pelea por planes y reparto de comida, evitando un corporativismo despolitizante tal como el de muchos sindicatos que contemplan solo el interés de sus afiliados por sus ingresos; o que ante la complejidad de la situación, se rompa el hilo por lo más delgado y se desaten roces y peleas por recursos entre sectores barriales y organizaciones hermanas. El sentido común que imponen las clases dominantes hace más natural la guerra de “pobres contra pobres” que “pobres contra ricos”. Solo una política que articule los intereses diversos del conjunto de los sectores populares politiza al punto de hacer más natural esta última.
El barrio resulta un espacio imprescindible para la reconstrucción de lazos comunitarios, solidarios, identitarios y cuyo valor es difícil de exagerar al constatar que las peleas más fuertes y persistentes hoy la libran quienes han mantenido o reconstruido esos lazos comunitarios, como los pueblos originarios y las mujeres, sororidad mediante. El territorio resulta el espacio desde donde puede construirse síntesis multisectoriales de la diversidad de problemas que atraviesan al pueblo trabajador y desde iniciativas político-sociales que emanan desde abajo y es posible potenciar y multiplicar, hacia la construcción de potentes movimientos territoriales que, aun cuando necesiten movilizar junto a la Cetep, se distingan de ella en tanto al ampliar las miras disputen proyectos políticos alternativos.
¿Dónde están les compañeres? 
En un texto reciente, Aldo Casas señalaba que Debemos buscar compañeras y compañeros en esas “otredades” humilladas y marginadas que son las comunidades de pueblos originarios, los colectivos de lucha contra el extractivismo, el pobrerío urbano, los trabajadores que sufren el ajuste y la precarización, en las luchas contra el patriarcado y la violencia de género, etcétera. Nuestro marxismo debe ser capaz de actuar, hablar y pensar con ellos y desde ellos para ayudar a poner de pie una multivariada fuerza social popular capaz de proyectar un nuevo horizonte anticapitalista. Contribuir a imaginar proyectos comunes alternativos y a forjar la voluntad colectiva y revolucionaria de llevarlos a la práctica”. (Casas, 2018)
Parece de perogrullo, pero son muchas las organizaciones populares hermanas que a la hora de buscar compañeres, no buscan allí sino en el kirchnerismo, intentando un diálogo de sordos que cada vez más se demuestra monólogo en el que unos ordenan y el resto tristemente se amolda mientras “surfea” diferencias.
Es claro que un encuentro de media hora con Cristina o Axel Kicillof tendrá más prensa que horas mateando con doñas o jóvenes del barrio. Pero esto último resulta más productivo además de más agradable. Necesitamos ir a hablar, pero no como los evangelistas, porque se puede llevar un mensaje de izquierda como se lleva el mensaje de Dios. Necesitamos dialogar, aprender y enseñar simultáneamente. Diálogo desde donde planificar las próximas movidas, desde donde construir comunidad.
Hay hechos pequeños que sólo son material de anécdotas, pero hay otros que señalan iniciales rumbos de transformación. En las calles constantemente pasan chicas, muy jóvenes, con pañuelos verdes anudados. Esto trasciende la lucha feminista. Hace poco, estando quien escribe en el subte, un hombre le gritó a otro “bolita de m.., por qué no te va a tu país”. Al instante, decenas de mujeres insultaron al agresor hasta hacerlo bajar del subte. En la pelea de las Universidades, en las tomas y clases públicas, las chicas con pañuelo verde también eran vanguardia. En muchas empresas comienzan a organizarse comisiones de mujeres. El país ya no volverá a ser el mismo.
Surge una izquierda social muy extendida y joven, que trasciende en mucho a las orgánicas y que quizás no se dice de izquierda pero tiene prácticas y objetivos que se pueden considerar como tal. Las imprescindibles iniciativas de articulación no pueden entonces limitarse a coordinar organizaciones que, con todo lo valioso que tengan, no resultan suficientes. Necesitamos nuevas formas de encuentro, formaciones políticas conjuntas abiertas, encuentros de debate político, despliegue de iniciativas comunes, construcción de movimientos políticos en diversos terrenos como la educación pública, la soberanía energética o la ruptura del FMI, imprescindibles para la construcción de una nueva alternativa político-social nacida desde abajo, que termine con la escisión entre lo político y social que conduce a valiosxs compañerxs a construir meros aparatos electorales.
Esta nueva generación despierta esperanzas y temores. Esperanza: la nueva generación que nace en las luchas no está infectada por las taras del progresismo y en la que “ir por todo” no es palabrerío hueco sino una realidad. Temor: que tengan que empezar de cero. Me lo enseñó hace poco una compañera joven que me retrucó, cuando hablé de recambio generacional, que no necesitamos un “recambio” sino una integración generacional. Tiene razón, es mucha la experiencia acumulada en nuestro pueblo.
Se cumplen 100 años del asesinato de Rosa Luxemburgo, que ya entonces nos advirtió que la disyuntiva al capitalismo era “socialismo o barbarie”. Lo único en duda de dicha fórmula es si el capitalismo nos reserva un destino de “barbarie” o un holocausto planetario.
En Argentina, el pueblo nunca ha soportado mucho tiempo las cadenas. La feroz dictadura o el neoliberalismo sin máscara de Menem-De la Rua pueden dar fe de ello. Macri y lo que el significa para el pueblo, será entonces derrotado. No con fórmulas de los de siempre sino, como decía Rodolfo Walsh, con la astucia y la fuerza popular.
Referencias
Casas, Aldo (2018). Nuestro Marx y los desafíos del presente. En: https://herramienta.com.ar/articulo.php?id=2883
Féliz, Mariano y Pinassi, María Orlanda (2017). La farsa neodesarrollista y las alternativas populares en América Latina y el Caribe, Buenos Aires, Herramienta.
Holloway, John (1994), Marxismo, Estado y capital, Editorial Tierra del Fuego.
Stratta, Fernando (2018). Movimientos Sociales y Estado. Notas para pensar la construcción de poder popular. En: http://contrahegemoniaweb.com.ar/movimientos-sociales-y-estado-notas-para-pensar-la-construccion-de-poder-popular/

 

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