Construcciones

20 de diciembre de 2017

III. La «reforma agraria integral» como territorios de paz provendrá de pueblos y sus diversidades sociales afirmando la dignidad humana

Recordemos al espacio Carta Abierta que se constituyó para modelar la subordinación incondicional de la gran mayoría al gobierno CFK y reforzar el relato épico del matrimonio Kirchner de enfrentar a la oligarquía terrateniente y a los productores de soja. Cuando lo cierto es que: Gustavo Grobocopatel (el rey de la soja) fue uno de los ganadores de la dékada; en 2010 CFK presenta el Plan Estratégico Agroalimentario 2010-2020 cuyo objetivo principal es expandir aún más al monocultivo de soja transgénica o sea afianzar el sometimiento neocolonial del país;  y en simultáneo al golpe de estado en Paraguay a favor de Monsanto, CFK anuncia con orgullo que esa corporación estadounidense aumentará su presencia en Argentina. Veamos porqué caracterizar al kirchnerismo como reaccionario. Comparemos a Carta Abierta con:
 

Creando redes por una América Latina 

 libre de transgénicos

3 de noviembre de 2017
 
Por Elizabeth Bravo1, María Isabel Cárcamo2 y María Isabel Manzur3
Resumen
Este trabajo hace un recorrido por el nacimiento, evolución y logros de la Red por una América Latina Libre de Transgénicos (RALLT); una red de espacio de coordinación regional de apoyo a organizaciones que enfrentan la expansión de los cultivos transgénicos. La RALLT aborda la problemática de los cultivos transgénicos desde diversas perspectivas, incluyendo los impactos en la salud que estos generan, la pérdida en la biodiversidad, la dependencia que crea la aplicación de derechos de propiedad intelectual en las semillas. En este artículo se hace un recuento histórico político de cómo y por qué nace la RALLT. También se analiza cómo se ha construido su identidad como una red latinoamericana, en la que es necesario establecer diálogos entre sus miembros y con otros actores, cómo se desarrollan y construyen los espacios de solidaridad, y se hace un recuento de los grandes temas en los que ha trabajado a lo largo de los años e identifica los nuevos pendientes.
 Introducción
Aunque las redes internacionales de apoyo a la sociedad surgen en el siglo XIX, en apoyo al fin de la esclavitud en Estados Unidos y posteriormente, al movimiento sufragista inglés, estas se gestan, proliferan y crecen en complejidad y profesionalismo a inicios de 1960 (Keck y Sikkin 1998). De manera particular, en América Latina las redes ecologistas que trabajan en áreas temáticas especializadas en apoyo a organizaciones nacionales y locales en sus demandas específicas, se fortalecen a partir de Río 92. Keck y Sikkink (1998, 12) plantean que las redes internacionales generalmente tienen la capacidad de mover información oportuna, de manera eficaz y con alta credibilidad, con el fin de tener un impacto mediático deseado. Keck y Sikkinik (1998) hablan además de su capacidad de invocar símbolos, acciones o relatos que dan sentido a una situación o reivindicación, para una audiencia que frecuentemente está lejos, y que en ciertas situaciones son actores poderosos que tienen la capacidad de actuar y/o influenciar sobre una política o principios. Actualmente, aunque existe mucha información sobre casi cualquier tema, las redes facilitan procesos de mediación pedagógica e interpretación sobre temáticas complejas, cuya información puede presentarse de manera muy críptica, sesgada o equivocada.
En temas complejos, como son los organismos transgénicos o las nuevas tecnologías, esos procesos de mediación son fundamentales. Pero las redes actúan como fuentes alternativas de información, sobre todo frente a las versiones oficiales o generadas por la industria (Keck y Sikkin 1998, 7). Sin reemplazar a las organizaciones nacionales, las redes además ponen en contacto a organizaciones locales y nacionales con otros actores sociales trabajando en la misma problemática. Abren canales con tomadores de decisiones pertenecientes al sistema de Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio y otras organizaciones internacionales, para conseguir que sus voces sean escuchadas.
Scherer-Warren (2005) propone un debate sobre “redes sociales” para entender las acciones colectivas contemporáneas. Para Scherer-Warren la “red de movimientos sociales”, conecta individuos y actores sociales de manera compleja, simbólica y estratégica, cuya identidad se construye con diálogos, intercambios y negociaciones; poseen una identidad política/ ideológica, social o cultural; definen campos de conflictos y resistencia para construir el proyecto del movimiento. Scherer-Warren (2005) propone que para entender las redes es necesario buscar la historicidad de su formación, el diálogo entre actores, y de cómo se enfrenta a los códigos de los opresores. Propone como dimensiones de las redes de movimientos, la solidaridad y la construcción de la identidad.
En este artículo analizamos la evolución de una red latinoamericana que nació con la expansión de los cultivos transgénicos en la región: la Red por una América Latina Libre de Transgénicos (RALLT), a la luz de lo propuesto por Scherer-Warren (2005).
El contexto histórico en el que nace la RALLT
En 1996 empiezan oficialmente a comercializarse cultivos transgénicos en tres países: Estados Unidos, Canadá y Argentina, especialmente la soya transgénica resistente a glifosato (soya RR) de Monsanto. Estos cultivos tuvieron un crecimiento exponencial. Si bien en Estados Unidos y Canadá hubo importantes campañas en contra de la siembra comercial de transgénicos, la historia fue diferente en Argentina. En plena época del neoliberalismo, con Carlos Menem como presidente, la soya transgénica se expandía en el país de manera silenciosa. Organizaciones dedicadas a la producción agroecológica no se percataron del peligro de esta nueva tecnología. Introducida hacia 1979, la soya fue creciendo paulatinamente. En la temporada 1996/1997, las 50.000 hectáreas (ha) de soya RR representaban apenas el 0,7% de la superficie dedicada a este cultivo. Para 1997/1998, había ya 1.756.000 ha (25% del total). Un año después, ya representaba el 80% (5.600.000 ha); y en 1999/2000, la superficie con soya RR era de 6.800.000 ha (85% del total sembrado en el país) (Vara 2004).
Las organizaciones sociales empezaron a tomar conciencia de lo que sucedía cuando se creó en el seno de las negociaciones de lo que más tarde sería el Protocolo de Cartagena, un grupo de lobby llamado el “Grupo de Miami” en 1999. Este grupo estaba conformado por Estados Unidos, Australia, Canadá, y los países suramericanos Argentina, Uruguay y Chile. ¿Qué estaba pasando en esos países que rechazaban la adopción de un convenio internacional que regule la comercialización de transgénicos? Fue en ese contexto que tuvo lugar la primera reunión de organizaciones sociales sobre cultivos transgénicos celebrada en la ciudad de Quito en enero de 1999.
La declaración refleja el estado del debate del tema en ese momento: Que se declare una moratoria a la liberación y el comercio de organismos transgénicos y sus productos derivados, hasta que exista una completa evidencia de su seguridad y de la ausencia de riesgos, y que nuestras sociedades hayan tenido la oportunidad de conocer y debatir de manera informada sobre estas tecnologías, sus riesgos e impactos sobre el modelo agrícola que se quiere implementar en cada país (RALLT 1999). La declaración concluye haciendo una invitación a las organizaciones y movimientos sociales de campesinos, indígenas, consumidores, de derechos humanos, ecologistas, de salud y otras, que comulguen con estos principios, a aunar esfuerzos para la recuperación de la capacidad de sustento de nuestras sociedades, de la defensa de la soberanía alimentaria y de los modelos agrícolas y productivos que la apoyen (RALLT 1999). De esa manera se creó la RALLT.
El diálogo entre actores y la cohesión de la red
A lo largo de su historia, la RALLT ha construido una red informal de organizaciones indígenas, campesinas, ecologistas y de derechos humanos de América Latina, que trabajan en torno al avance de los cultivos transgénicos en la región, constituyéndose en un referente en el tema. La mayoría de sujetos y organizaciones miembros de la RALLT provienen de redes preexistentes a nivel local y regional. Para Scherer-Warren (2005, 90), en el funcionamiento de las redes confluyen la academia (con argumentos científicos), las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) (en la interacción pensar - actuar) y los militantes (llevan a cabo acciones de presión y participación), aun cuando estos bordes no sean muy claros y hay imbricaciones importantes entre ellos.
En la RALLT, la complejidad de la problemática de los OGM (Organismos Genéticamente Modificados, otro nombre con el que se conoce a los transgénicos) demanda la concurrencia de varios tipos de saberes y de procesos de mediación pedagógica para hacer inteligible a todos los actores las diversas dimensiones en torno a esta problemática. Esto lo hace a través de sus publicaciones, su boletín semanal y talleres virtuales y presenciales.
El diálogo de saberes y la mediación pedagógica han sido ejes transversales en todo el accionar de la RALLT. Scherer-Warren (2005, 83) dice que las redes de movimientos crean nuevas territorialidades que van más allá del espacio físico, que se construyen en el proceso de acción. Si bien la cohesión de la red se sostiene a través de la comunicación virtual de manera cotidiana, la asamblea general es el espacio de construcción de identidad y donde se establecen sus prioridades. Estas tienen lugar cada dos o tres años en algún país de la región, donde se tratan temas específicos (como la ayuda alimentaria, las zonas libres de transgénicos, los impactos del glifosato), así como la problemática de cada país. Otra forma de comunicación son los intercambios de experiencias y giras de verificación que se han hecho, por ejemplo, a las zonas sojeras de Paraguay y Argentina, a Panamá; pero también para conocer experiencias positivas en México y Ecuador (RALLT y Alianza Biodiversidad 2013, 3-24).
Enfrentando a los códigos del opresor
Desde su declaración fundacional se expresa la indignación por la agresiva invasión de OGM en América Latina, la zona de mayor diversidad agrícola del planeta.  En la asamblea RALLT del 2001, se trató de explicar por qué la soya RR se expande de maLa RALLT trabajó desde sus inicios para superar la tendencia de ver esta problemática como una cuestión puramente científica, que explique el movimiento de genes en una planta y sus consecuencias. Es esa la perspectiva que la industria biotecnológica propone. Aunque la RALLT ha propiciado que sus miembros manejen los mejores argumentos científicos disponibles, no se limita a eso, sino que ha incluido en su debate y en sus acciones un cuestionamiento al modelo productivo, con una perspectiva de salud asociada al paquete tecnológico y el incremento en el uso de plaguicidas y sus efectos; el comercio mundial de commodities; la propiedad intelectual, la biodiversidad, los derechos humanos, incluyendo los derechos económicos sociales y culturales, lo que hace de la RALLT una red que dialoga con diferentes actores y redes, y da un paso más pues plantea cómo la ciencia y la tecnología tras los OGM están al servicio de las corporaciones.
En la asamblea RALLT del 2001, se trató de explicar por qué la soya RR se expande de manera tan agresiva en la región: el uso de semillas resistentes a un herbicida facilita la erradicación química de las malezas, eliminando mano de obra y bajando por lo tanto los costos de producción.  Este modelo además permite sembrar grandes extensiones de forma mecanizada, lo que favorece la concentración de la tierra. Fue entonces posible identificar quiénes son los grandes perdedores de este modelo: las poblaciones que viven cerca de las plantaciones que están expuestas a las fumigaciones aéreas y terrestres con los agrotóxicos que forman parte del paquete de la agricultura transgénica, y los campesinos desplazados por el avance del monocultivo.
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  • Por un lado, desenmascaró a los sectores que ganan con este modelo y las empresas que controlan los diversos eslabones de la cadena productiva. Semillas y herbicidas: Monsanto y sus rivales; comercio mundial de commodities transgénicas: Cargill, ADM y Bunge; las élites locales en la fase de producción (Grupo Los Grobo en Argentina y Maggi en Brasil, entre otros).
  • Y por otro, a quienes pierden del modelo: poblaciones que son desplazadas por el avance del modelo y las que sufren los impactos de las fumigaciones. Cuestionó el modelo agrícola que se impuso en América Latina como proveedor de commodities agrícolas para la exportación y la agroindustria; la sustitución de mano de obra y de la labranza por agroquímicos y maquinaria con el fin de obtener un incremento de los rendimientos, donde los transgénicos jugaron un papel fundamental, pues están diseñados genéticamente para tolerar altos niveles de herbicidas, lo que facilita la erradicación mecanizada de malezas, dejando una catastrófica pérdida de biodiversidad. Un grupo muy afectado son las abejas, lo que ha producido pérdidas económicas a los apicultores. 2
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Para profundizar el tema, en 2006 tuvo lugar el Foro Social de Resistencia a los Agronegocios a nivel de Suramérica, convocado por organizaciones campesinas, sindicatos, vecinos afectados y organizaciones ecologistas (Foro Social contra los Agronegocios 2006). El seminario fue complementado con un soya tour organizado por la RALLT en la zona sojera argentina, donde campesinos de zonas potencialmente afectadas pudieron ver la devastación dejada por el modelo transgénico, la transformación del paisaje (puertos fluviales, centros de acopio, centros de almacenamiento de agrotóxicos, carreteras llenas de camiones transportando mercancía hacia y desde los puertos, etc.), dejando en evidencia los vastos territorios controlados por el agronegocio. Este análisis significó una ruptura con otros discursos manejados en ese entonces sobre transgénicos, centrado en los impactos de los “constructos” genéticos y en la regulación de las evaluaciones de riesgo. La problemática de los transgénicos quedaba por tanto en mano de biólogos moleculares. Otra diferencia con esos debates era el énfasis puesto en la “seguridad” de los alimentos transgénicos, y no en su producción ni en los impactos del desplazamiento de campesinos por el avance del modelo o de la población que vive en las zonas de influencia de las plantaciones.
Coordinación con otras redes e incidencia internacional
Uno de los objetivos de las redes internacionales es actuar de manera coordinada para realizar incidencia en políticas públicas nacionales e internacionales (Keck y Sikkink 1998, 12). En este sentido, la RALLT ha realizado acciones de incidencia fuera de América Latina. A continuación, facilitamos algunos ejemplos. Comenzamos por la ayuda alimentaria con transgénicos. Estados Unidos ha utilizado la ayuda alimentaria para intervenir políticamente en varios países del mundo, para colocar sus excedentes agrícolas, y abrir nuevos mercados. En este proceso, el Programa Mundial de Alimentos ha jugado un papel muy importante (Salgado 2006). Dado el rechazo internacional a los cultivos transgénicos, miembros de la RALLT de la región andina se preguntaron si estas donaciones contenían transgénicos, iniciando un proceso de monitoreo en el que encontraron que toda la soya recibida de Estados Unidos era transgénica. Pruebas similares se hicieron en países centroamericanos, y posteriormente en África. Los resultados fueron sorprendentes, pues se encontró que la ayuda alimentaria que llegaba a algunos países, contenía transgénicos prohibidos en Estados Unidos y Europa para el consumo humano.
En agosto de 2001, la RALLT llamó a una conferencia internacional para tratar la problemática de manera amplia, en la que participaron delegados de América Latina, como también de África, Asia, Europa del Este y la Unión Europea de distintas redes. Un resultado de esa reunión fue una declaración dirigida al Programa Mundial de Alimentos, la FAO y los gobiernos que reciben ayuda alimentaria. En ella se rechazaba la ayuda alimentaria sistemática, porque socava la soberanía alimentaria y no obedece a las necesidades y realidades locales, y pidió que debía ser entregada sólo en casos de emergencia y con el control y aceptación de los Estados, rechazando la ayuda alimentaria con transgénicos (RALLT 2002).
El impacto de la declaración fue muy positivo porque ayudó a construir políticas públicas en algunos países de la región. La RALLT actuó como catalizadora de este proceso, pues a partir de las acciones iniciadas, otras organizaciones adoptaron el tema, por ejemplo en África, Amigos de la Tierra Internacional, que enfocó su trabajo en la ayuda alimentaria (Bassey 2008). Este fue un esfuerzo en el que actúo la acción coordinada de distintos actores en términos geográficos y de intereses. Otro de los ejemplos reside en los derechos de propiedad intelectual, ya que su aplicación a las semillas es una de las preocupaciones de la RALLT. Si las empresas han ejercido tanta presión a nivel de gobiernos y en escenarios internacionales para imponer los transgénicos, es porque ganan millones de dólares por el cobro de regalías de sus patentes.
A mediados de la década del 2000, Monsanto quiso empezar a cobrar regalías por licenciar sus semillas de soya transgénica, así como un impuesto tecnológico por cada tonelada exportada. Sólo en Argentina, Monsanto había cobrado 75 millones de dólares en regalías por la incorporación de “sus” genes en las semillas. Pero dado que muchos agricultores habían guardado semillas, la empresa sentía que había perdido unos 400 millones de dólares por lo que dejó de cobrar (Bravo 2002), iniciando una fuerte presión a los gobiernos para que endurezcan sus normativas nacionales, problema que perdura hasta nuestros días. El tema fue tratado por organizaciones del Cono Sur, de manera coordinada con varios actores (abogados litigantes, agrónomos, sindicatos agrarios, ambientalistas, organizaciones campesinas), incluyendo miembros de la RALLT.
Las nuevas leyes para endurecer las normas de propiedad intelectual y privatizar las semillas, han sido una constante no sólo en la región, sino también en África y Asia, por lo que crear espacios conjuntos de coordinación era una necesidad. En diciembre de 2016 se celebró un Diálogo Sur–Sur sobre las nuevas leyes de semillas en Sudáfrica, estableciéndose paralelismos y coincidencias entre los procesos vivido en estas regiones. La declaración dice:
No podemos mirar pasivamente este despojo y la destrucción legalizada. Nos vemos obligados a resistir. Declaramos nuestro compromiso de trabajar en alianza con los pueblos indígenas y movimientos de campesinos y campesinas, y con otras organizaciones e individuos de la sociedad civil con ideas afines, para luchar contra la propagación de este sistema agresivo de dominación sobre la base de la autonomía, la auto-organización colectiva, la cooperación, la solidaridad y el respeto mutuo (Declaración del Diálogo Sur–Sur sobre semillas 2016).
Una preocupación recurrente fue la presión que ejercen las empresas para que los gobiernos se adhieran al Convenio Internacional “Unión de Protección de Obtentores Vegetales” (UPOV), un acuerdo internacional de propiedad intelectual sobre las semillas. Una acción conjunta liderada por la RALLT fue la elaboración de una carta dirigida a UPOV, explicando los efectos de la propiedad intelectual en las economías campesinas. Lo más importante del diálogo es que se fortaleció la capacidad de movilización de las organizaciones quienes, además de tener argumentos adicionales para sus campañas, cuentan con el apoyo de una red de organizaciones que enfrentan las mismas problemáticas. Otro ejemplo reside en el glifosato y sus efectos en la salud, pues uno de los principales efectos de la expansión de la soya transgénica con resistencia a glifosato son los graves efectos en la salud de la población que viven en la zona de influencia de los cultivos, asociados con las fumigaciones con ese herbicida.
La RALLT se planteó que ésta es una problemática que debe ser tratada desde una perspectiva de derechos, y que debía ser conocida por los Relatores Especiales de Derechos Humanos de las Naciones Unidas En un primer comunicado (dirigido al Relator Especial sobre productos tóxicos) se puso en evidencia esta situación, tomando como estudio el caso del Barrio Cordobés de Ituzaingó Anexo. Había mucha información sobre ese caso, debido a un juicio interpuesto por un Grupo de Madres del barrio, por el elevado número de casos documentados de cáncer y enfermedades autoinmunes. Luego se enviaron otros informes a los relatores de la Salud y la Alimentación, donde no sólo se ponía énfasis en el glifosato sino que se les alertaba de la posibilidad de que se aprueben nuevos transgénicos con resistencia a herbicidas aún más peligrosos como el 2,4 D (uno de los ingredientes del Agente Naranja, defoliante usado en la guerra de Vietnam). Los comunicados se hicieron en coordinación con otras redes regionales como el Centro Africano de Biodiversidad, la Red del Tercer Mundo, GRAIN, y la Red de Acción de Plaguicidas (PAN).
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Posteriormente, en una publicación conjunta con la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina, la RALLT (2016) recopiló los estudios hechos en distintas universidades y centros de investigación de la región, sobre los efectos del glifosato en la salud humana y la biodiversidad. Su objetivo fue reforzar -con estudios específicos de América Latina- las conclusiones a las que llegó la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC 2015), de que el glifosato es probablemente cancerígeno para humanos.
Las dimensiones de la red: la solidaridad
La solidaridad es otro de los elementos identificados por Scherer-Warren (2005, 87) como una de las dimensiones de las redes de movimientos. Esta se vuelve explícita en momentos transitorios cuando surgen casos de movilización colectiva por problemas que la red propone o impulsa. A lo largo de toda su vida, la RALLT ha impulsado campañas de solidaridad virtual en temas relacionados con la aprobación de nuevas normativas favorables a los transgénicos; ha apoyado en la lectura de documentos legales y técnicos y ha respondido a peticiones puntuales de sus miembros. Pero también ha apoyado campañas más activas. Una campaña importante fue la desplegada por el movimiento de auto-convocado de Malvinas Argentinas – Provincia de Córdoba (incluyendo la Asamblea Malvinas Lucha por la Vida), donde la empresa Monsanto pretendía abrir la más grande planta de acondicionamiento de semillas de maíz en el mundo, desde donde intentaba exportar semillas transgénicas de maíz para toda la región. Luego de varios meses de resistencia, la comunidad logró frenar el emprendimiento de Monsanto (Smink 2014). La RALLT entendió que la resistencia de la Asamblea de las Malvinas Argentinas se enmarca en una lucha más global en contra de la expansión de los transgénicos y apoyó este proceso a través de difundir información en sus redes, y además facilitó la visita de militantes de otros países para que compartan sus experiencias de resistencia.
Construcción de la identidad: maíz nuestro patrimonio
Scherer-Warren (2005, 78) señala la necesidad de crear símbolos que formen parte de la identidad de los miembros de la red. En el caso de la RALLT, esa identidad se ha construido en torno al maíz. Este es un cultivo que tiene una importancia fundamental en la vida de las poblaciones tanto rurales como urbanas de América Latina, pues forma parte de casi todos los sistemas productivos tradicionales del agro latinoamericano, del calendario agrofestivo de los pueblos y en los rituales relacionados con el nacimiento, el matrimonio y la muerte de las personas. A pesar de ello, es el cultivo más manipulado genéticamente. A nivel mundial, en los 20 años que tienen los cultivos transgénicos, se han hecho entre 40.000 y 50.000 pruebas de campo, el 96% de estas pruebas de campo se han hecho mayoritariamente con maíz, seguido por soya, canola y algodón. Se han aprobado 218 eventos de maíz (en 29 países), en comparación con 34 de soya, 58 de algodón, 38 de canola y 45 de papa (ISAAA 2017). Se ha aprobado el maíz transgénico en Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile (solo para la producción de semillas), Colombia, Panamá y Honduras. En México hay pruebas experimentales, y los grupos de poder presionan para que se legalice la siembra industrial en casi dos millones y medio de hectáreas. Para aplacar la oposición popular en ese país se dice que las plantaciones estarán en lugares que “no son centro de origen” del maíz.
La campaña de la RALLT “Maíz Nuestro Patrimonio” (2011), usó la frase de Miguel Ángel Asturias “Sembrado para comer es sagrado sustento del hombre que fue hecho de maíz. Sembrado para negocio es el hambre del hombre que fue hecho de maíz”. La motivación de la campaña fue el agresivo proceso de aprobación de nuevos eventos de maíz transgénico en varios países de la región (Paraguay, Panamá, Honduras, Uruguay, Argentina y Brasil). La campaña estuvo dirigido a la Relatora de Derechos Culturales y a la UNESCO (United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization), con el fin de señalar la importancia patrimonial que tiene el maíz para la mayoría de pueblos rurales de América Latina, y el peligro que significa la expansión del maíz híbrido y transgénico para su uso como alimento animal y para la elaboración de agrocombustibles.
A través de dos publicaciones relacionadas con el maíz, un estudio sobre el estado de la conservación, erosión genética y contaminación transgénica en varios países de América Latina (Manzur 2011) y una recopilación de expresiones culturales relacionados con el maíz y el peligro que enfrenta el maíz nativo y criollo en la región (Bravo et al. 2011), la RALLT logró posicionar el tema. Con la expansión del maíz transgénico, tanto para la siembra como de importaciones para consumo doméstico, una preocupación en la región fue la contaminación transgénica del maíz, aun en países donde este cultivo transgénico no estaba aprobado. A partir del reporte hecho por Chapela y Quist (2001) que encontraron contaminación en el maíz nativo mexicano, se inició un proceso de monitoreo del maíz en otros países. En algunos casos el trabajo fue hecho por organizaciones sociales, como en México (CECCAM 2003) donde se confirmó una vasta contaminación en distintas zonas del país. En otros fue un esfuerzo conjunto de las organizaciones y el sector académico, encontrándose resultados positivos en Uruguay y Chile (Galeano 2010; Manzur 2011) y negativos en Ecuador (Bravo y León 2013).
Construcción de la identidad: zonas y territorios libres de transgénicos
Otro aspecto que ha construido la identidad de la RALLT son los territorios libres de transgénicos. Uno de los países más exitosos ha sido Costa Rica, donde se produce semillas de algodón transgénico para la exportación en una zona muy localizada del país. Bajo el lema “Pura Vida sin Transgénicos”, el 84% de municipios costarricenses (74 de 81) se declaró libres de transgénicos (Pacheco y Agüero 2014). En el proceso han tenido que enfrentar a la industria y los estamentos estatales que defienden la inserción empresarial en el agro (Pacheco y García 2014, 120-125). Otro enfoque ha sido la defensa de las autonomías de los territorios indígenas, que incluye mantenerse libres de transgénicos. La Red en Defensa del Maíz (RDM) de México, integrada principalmente por comunidades indígenas y campesinas, y organizaciones de la sociedad civil, que luchan en contra de la siembra de maíz transgénico como parte de la lucha por la autonomía y la soberanía alimentaria. En Colombia (donde se siembra maíz transgénico en varias zonas) hay cerca de 10 resguardos indígenas libres de transgénicos. Varias organizaciones campesinas e indígenas están recuperando sus semillas nativas y criollas, con un enfoque agroecológico (Campaña Semillas de Identidad 2012). En Perú hay una moratoria a los transgénicos de 10 años desde 2011.
Un logro a destacarse es el reconocimiento del Ecuador como país libre de cultivos y semillas transgénicas en su Constitución de 2008. Este fue el resultado de un largo trabajo llevado a cabo por organizaciones indígenas y campesinas, combinadas con cabildeo directo en espacios del poder político, donde la RALLT ha dado un apoyo constante.
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En países con cultivos transgénicos de larga data, la lucha se ha centrado en limitar su expansión o sus efectos. En Argentina, por ejemplo, los objetivos de muchos colectivos de vecinos y otras organizaciones, es reducir la zona de influencia de las fumigaciones con glifosato (el principal herbicida asociado a la soya transgénica), de tal manera que no haya afectación a la población. En Bolivia se pretende impedir la aprobación del maíz transgénico por la importancia cultural de este cultivo para los pueblos indígenas y campesinos del país (RALLT 2010). Dos importantes decisiones se han tomado en el Parlamento Andino en relación con este tema. En 2006, la Decisión N°1157 declara a la Región Andina libre de papa transgénica “por su importancia cultural y social entre las poblaciones andinas, desde su domesticación hace unos diez mil años” (Parlamento Andino 2006). En la Decisión se solicita a los gobiernos suspender todas las actividades relacionadas con papa transgénica y destinar fondos para la recuperación de las papas nativas. Esta Decisión fue el resultado de una petición hecho por la RALLT y otras organizaciones, al Parlamento Andino, y sirvió de base para que en 2007 el Instituto Internacional de la Papa suspenda el desarrollo de un tipo de papa transgénica en Perú, por presión de la sociedad civil organizada (ECODES 2007). Posteriormente, el Parlamento Andino declaró a toda la región libre de cultivos y semillas transgénicas, haciendo un llamado a los países miembros a crear el marco normativo para alcanzar este objetivo (Parlamento Andino 2016). En todos estos procesos, han intervenido miembros de la RALLT, y la RALLT ha brindado apoyo a través de diversos mecanismos (RALLT 2010).
Conclusiones
Nuevos desafíos se vislumbran en el horizonte, como la aprobación de nuevos eventos transgénicos resistentes a herbicidas más peligrosos como una respuesta al surgimiento de super-malezas, resistentes al glifosato, o la legalización de nuevos cultivos transgénicos de consumo humano directo como la manzana o el fréjol. El rápido desarrollo de nuevas tecnologías moleculares (como el CRISPS-Cas9) que tiene el potencial de adoptarse rápidamente es otra de las grandes amenazas que pesan sobre la región. A esto se suma la nueva ola de megafusiones de empresas biotecnológicas, como la anunciada compra de Monsanto por parte de Bayer, o la fusión entre DuPont y Dow Agrochemicals, que son quienes van a lucrar de todos los avances, y también de los fracasos de los transgénicos en América Latina.
La propuesta de alternativas en este escenario es fundamental, aunque no es una tarea fácil, sobre todo en el escenario de cambio climático. Los transgénicos están fracasando y la respuesta oficial y de la industria es hacer más investigación en el campo de la biología molecular para desarrollar nuevos y más peligrosos transgénicos. La Red ha planteado como solución a la agroecología, y el apoyo a los sistemas de producción campesina con la utilización de semillas tradicionales, donde la conservación de estas semillas plantea un desafío muy importante.
Las redes son articulaciones políticas entre actores y organizaciones en espacios definidos por la conflictividad, y en este caso específico, el origen de la RALLT se dio por la rápida expansión de los cultivos transgénicos en América Latina, tema por el cual, la RALLT construyó su discurso, direccionó sus acciones y creó su identidad. Sin reemplazar a los movimientos, ha apoyado a aquellos que han confluido de manera permanente o transitoria en la problemática de los OGM. Ha tenido algunos logros, pequeños pero significativos, aunque la problemática que aborda es sumamente compleja. Scherrer-Warren (2005, 80) señala que las redes se construyen en varias temporalidades. El pasado, que tiene que ver con la tradición, la indignación; el presente: la protesta, la solidaridad, y el futuro que son las utopías.
La RALLT parte de una realidad: el gran poder de las empresas por imponer los cultivos transgénicos en la región, de cambiar las legislaciones nacionales y de incidir en políticas públicas para favorecer a sus intereses. A partir de esta realidad, ha proyectado sus acciones, su presente, que son las distintas formas de resistencia que ha adoptado: apoyo a causas legales, legislativa, intercambios de experiencias y de luchas, la lucha cognitiva en torno a los peligros de los OGM y el cabildeo nacional regional e internacional a nivel de Naciones Unidas y de los relatores de Derechos Humanos. Su utopía: la de colaborar en la construcción de la soberanía alimentaria con base agroecológica. Este es un tema que sigue pendiente, y cada vez hay una mayor participación desde el mundo de las organizaciones no gubernamentales, de las poblaciones afectadas y de la academia por resistir desde sus espacios, a la expansión y los efectos que está generando el modelo de los cultivos transgénicos.
Fecha de recepción: 6 de marzo de 2017 Fecha de aceptación: 11 de mayo de 2017 DOI: http://dx.doi.org/10.17141/letrasverdes.22.2017.2676
1Ecuador. Bióloga. Docente e investigadora de la Universidad Politécnica Salesiana, Grupo de Ecología Política (Quito – Ecuador). Miembro de la Red por una América Latina Libre de Transgénicos (RALLT). Correo: elizabethbravovelasquez@yahoo.com
2 Uruguay. Docente. Coordinadora de la Red de Acción de Plaguicidas y sus Alternativas en América Latina RAPAL – Uruguay. Miembro de la RALLT. Correo: coord@rapaluruguay.org
3 Chile. Bióloga y docente universitaria. Miembro de la Fundación Sociedades Sustentables de Chile. Miembro de la RALLT. Correo: mimanzur@chilesustentable.net

Bibliografía: (...) Leer

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II. La «reforma agraria integral» como territorios de paz provendrá de pueblos y sus diversidades sociales afirmando la dignidad humana

Consideremos, por último, la Nueva publicación de La Vía Campesina, lanzada en el marco del Día Mundial de la Soberanía Alimentaria contra las Transnacionales, con el objetivo de fortalecer la convergencia de las luchas  que expresa:

Las luchas, las estrategias de lucha y los conceptos han tenido muchos cambios en La Vía Campesina como resultado del contexto actual por un lado, pero también como resultado de los procesos colectivos, de una construcción desde las bases en los territorios con alta diversidad histórica, cultural, política y económica. En este sentido, queda claro que la reforma agraria integral y popular es entendida como un proceso para la construcción de la Soberanía Alimentaria y la dignidad de los pueblos.
Partiendo de este marco conceptual en el que la reforma agraria se plantea como defensa y recuperación del territorio para la Soberanía Alimentaria así como un proceso de los pueblos. (…)

Conclusiones
El intercambio de experiencias, el diálogo de saberes, el análisis colectivo y los estudios al respecto han dejado cada vez más clara la verdadera extensión de la profundización del capital en el campo y en la ciudad, como parte de un paradigma del crecimiento continuo. Las consecuencias del creciente apoderamiento de una alianza de actores sobre el sistema agrario y alimentario muestran que existe una profunda contradicción entre los intereses del capital y la posibilidad de una alimentación sana y nutritiva, la reproducción de la humanidad, los derechos humanos y el cuidado de la Madre Tierra. No son experiencias aisladas sino una consecuencia directa de marcos políticos y estructurales globales, presentadas en esta publicación. ¿Cómo conseguimos el cambio que deseamos en un mundo con tan fuertes asimetrías de poder? ¡Visionamos, defendemos y construimos una fuerte alianza entre los pueblos organizaciones, movimientos y personas, del campo y de la ciudad, que sean capaces de lograr esta correlación de fuerzas necesaria! Estamos construyendo territorios populares en los lugares donde se producen alimentos sanos en armonía con la naturaleza usando la agroecología y las prácticas y conocimientos populares y ancestrales con los que alimentamos al mundo, y donde las tierras, las aguas y las semillas son bienes de la humanidad en función de la alimentación de las sociedades y la protección de la naturaleza, con una economía social y solidaria que pone la vida digna de los pueblos por encima de los intereses de unos pocos. Donde existen relaciones sociales sin opresión patriarcal, racista y de clases, donde se combaten la pobreza, la miseria y de la migración forzada y donde existe una democratización de las decisiones políticas. ¡La alimentación sana y nutritiva es una lucha de todas y todos en el campo y en la sociedad, para luchar contra el sistema hegemónico que pone el control de la alimentación de los pueblos en manos de corporaciones transnacionales! La lucha por un sistema agrario y alimentario en manos de los pueblos, ¿no es al final una lucha contra el mismo paradigma de permanente crecimiento que está generando una desigualdad cada vez más extrema y la destrucción de la naturaleza? ¿No es acaso este paradigma el que genera trabajo precario y en el que se descartan los derechos laborales en nombre de la “competencia global”? ¿El que está encareciendo la vivienda en las ciudades, que expulsan a las personas con menos recursos a las afueras de las ciudades? ¿El que impulsa cada vez más sistemas de transporte que nos dejan sin aire limpio para respirar y que destruyen el clima? ¿Que refuerza un consumo incansable que ha generado sociedades de derroche en los países del norte, y el que su vez es un motor fuerte para el avance de la extracción de los recursos primarios en los países del Sur? ¿Que refuerza la privatización de los sistemas sociales y su entrega a los manos de los bancos y los seguros, que han generado esta exorbitante concentración de capital, motor para los acaparamientos? ¿El que fomenta la creciente privatización de los espacios públicos y de los servicios de las necesidades básicas, como el agua potable, la gestión de residuos, la educación y la salud? Entendemos que aunque los mecanismos son diferentes en cada territorio, ya sea en las ciudades o en el campo, estos son parte del mismo paradigma que ha avanzado hacia todos los rincones del planeta y que pretende someter todos los aspectos de la vida bajo las reglas del mercado en el interés de unos pocos. Es por esto que la bandera de la reforma agraria integral y popular en el marco de la soberanía alimentaria no es sólo una lucha de las organizaciones campesinas sino una lucha para todos los pueblos. ¡Visionamos una Convergencia de nuestras luchas en el campo y en las ciudades para construir sociedades del buen vivir para todos los pueblos en armonía con la naturaleza!
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I. La «reforma agraria integral» como territorios de paz provendrá de pueblos y sus diversidades sociales afirmando la dignidad humana

Declaración del Foro 
de Soberanía Alimentaria:
Territorios de Paz 
para la Vida Digna
Cumbre de los Pueblos 
frente a la OMC
14 de diciembre de 2017

Por la construcción de "Territorios de paz para la soberanía alimentaria y la política y la vida digna. Fuera OMC, fuera libre comercio de nuestra tierras, de nuestra agricultura, de nuestros platos y de nuestro planeta"
Las y los participantes del Foro de Soberanía Alimentaria realizado en la ciudad de Buenos Aires los días 12 y 13 de diciembre del año 2017 queremos expresar nuestros acuerdos para la construcción de Territorios de Paz para los pueblos; las y los campesinas y campesinos del mundo y todos los pueblos que luchamos por permanecer en nuestros territorios ancestrales y por seguir alimentando a la humanidad como lo hemos hecho los últimos diez mil años; al mismo tiempo que posibilitar una vida digna en las ciudades con alimentos sanos producidos localmente.
Los más de 300 participantes de este Foro de Soberanía Alimentaria, campesinas y campesinos, pueblos originarios, pescadores y productores de alimentos, provenientes de más de 30 países de 4 continentes denunciamos en primer lugar la violencia del Libre Comercio que en esta Cumbre Ministerial se ha expresado con claridad en la censura que el Gobierno Argentino ejerce, con la aceptación y connivencia de la OMC, impidiendo la participación de los muchos representantes de organizaciones sociales que querían llegar a la Argentina a expresar sus opiniones y posiciones sobre esta Cumbre. Así se demuestra que la “libertad” que proclaman desde esa Cumbre Ministerial es la libertad para imponer las voces de los poderosos mientras el 99 % de la humanidad queda fuera de ese espacio cerrado, secreto y amurallado en el que pretenden tomar las decisiones que afectarán a todos los pueblos del mundo, decisiones signadas por la violencia.
Y es Violencia la que se ejerce todos los días a través de los manejos del agronegocio y los intereses corporativos en nuestros territorios donde se nos expulsa, persigue, criminaliza y asesina, mientras incrementan en forma desmesurada sus ganancias y defienden sus intereses
Violencia es la que el 3 de marzo del 2016 asesinó a Berta Cáceres en Honduras y que hoy impide que el pueblo hondureño ejerza su derecho a elegir quién lo gobernará.
Violencia es la que en los 3 últimos meses se cobró la vida de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel en la Patagonia argentina; jóvenes que fueron asesinados por solidarizarse con la lucha por el derecho a la tierra del pueblo Mapuche.
Violencia que en todo el mundo tiene acorralados a campesinas y campesinos y pueblos originarios en apenas un cuarto de la tierra disponible mientras nosotras y nosotros seguimos siendo quienes proveemos la mayor parte de los alimentos para toda la humanidad.
Violencia es la que ejerce el agronegocio destruyendo las tres cuartas partes de la totalidad de las semillas agrícolas que nuestros ancestros nos han legado mientras busca apropiarse del resto a través de las Leyes de Semillas y las patentes.
Violencia con que las corporaciones buscan convertir a nuestros alimentos en mercancías produciendo la mayor crisis alimentaria que haya sufrido la humanidad con más de la mitad de la población malnutrida o malcomida sufriendo de hambrunas, múltiples carencias y enfermedades crónicas por sobrepeso y obesidad; sufrimiento que es mayor en los más vulnerables.
Violencia con la que se están imponiendo nuevas y cada vez más peligrosas tecnologías sin debate, consulta ni participación de los pueblos. Tecnologías como los transgénicos, los nuevos desarrollos biotecnológicos, la geoingeniería o las nuevas técnicas de edición genética que amenazan todos los sistemas de vida a nivel global.
Violencia con que se imponen falsas soluciones para las diversas crisis, climática, energética, alimentaria, que solo buscan continuar con la apropiación y acaparamiento de nuestros bienes comunes.
Violencia con que el capitalismo está destruyendo a la Madre Tierra, nuestra Pachamama, destruyendo el clima, nuestros bosques, nuestros suelos, nuestras plantas, nuestros animales, nuestros bienes comunes; contaminando nuestros ríos y mares y convirtiendo al planeta en un desierto en el que la misma posibilidad de vida futura se ve amenazada.
Violencia que se expresa en el sistema patriarcal y racista que mata y se expresa cotidianamente en todos los niveles de nuestras vidas.
Nosotras y nosotros decimos una vez más ¡BASTA de Violencia! Y seguiremos construyendo otro mundo posible, cuidando a nuestra Madre Tierra y alimentando a los pueblos del mundo a través de:
- Nuestro compromiso a seguir impulsando la Soberanía Alimentaria como plataforma, principio y base política de nuestro accionar para garantizar un mundo sin hambre y una tierra con campesinas y campesinos cuidándola, nutriéndola de manera consciente y amorosa.
- Nuestro compromiso a defender nuestros territorios como Territorios de Paz donde la tierra, el agua y la diversidad sean parte integral de una vida plena en armonía con todos los seres vivientes.
- Nuestro compromiso a seguir defendiendo esos territorios contra la violencia del capital, la mercantilización de la vida y la destrucción que provocan los megaproyectos en nombre del supuesto “progreso”.
- Nuestro compromiso a mantener vivos los conocimientos y saberes que nuestros ancestros nos legaron y que representan hoy en manos de las comunidades la principal esperanza para enfrentar la crisis a la que este capitalismo demencial nos está llevando.
- Nuestro compromiso a luchar contra el “Libre Comercio” en todos los ámbitos donde se quiera imponer, ya sea en la OMC, como a través de los Tratados de Libre Comercio bilaterales o multilaterales o en los espacios multilaterales como el FMI o el Banco Mundial; denunciando sus mentiras y mostrando el verdadero rostro de este saqueo planificado al que pretenden someternos.
-Nuestro compromiso a seguir produciendo alimentos sanos, libres y soberanos a través de la producción agroecológica campesina diversa y rica como lo son cada uno de nuestros pueblos.
- Nuestro compromiso a seguir trabajando en lo local fortaleciendo huertas comunitarias, rescate de saberes alimentarios locales y el uso de plantas medicinales y todas aquellas experiencias que desde la organización local y comunitaria fortalecen y son la base nuestro accionar colectivo.
- Nuestro compromiso para que todos los pueblos tengan el derecho a una alimentación digna, saludable y nutritiva y mucho más cuando la misma forme parte de cualquier tipo de ayuda alimentaria.
- Nuestro compromiso a seguir multiplicando, compartiendo y defendiendo nuestras semillas criollas y nativas como Patrimonio de los Pueblos al Servicio de la Humanidad, libres de transgénicos, agrotóxicos y derechos de propiedad intelectual.
- Nuestro compromiso a multiplicar nuestros principios, nuestra experiencia y nuestros saberes a través de todos los espacios educativos que venimos construyendo desde nuestros movimientos llamando a todas y todos aquellos que se sientan comprometidos desde sus propios ámbitos de acción a sumarse a esta cruzada por formación agroecológica campesina.
- Nuestro compromiso a avanzar en el fortalecimientos y la construcción de medios de comunicación para la libertad que logren superar el cerco mediático que los medios hegemónicos han creado y que ha logrado poner a buena parte de la humanidad en un estado de hipnosis colectiva.
- Nuestro compromiso a continuar construyendo con investigadoras e investigadores del todo el mundo otro modelo de ciencia basado en los nuevos paradigmas que asoman de la mano de la Ciencia Digna, la construcción colectiva y el diálogo de saberes y una visión integral y no fragmentada del mundo. Esta ciencia digna debe sostenerse en un sistema educativo que en todos sus niveles sea coherente con ese sentido de dignidad y debe tener a la Soberanía Alimentaria como eje central.
- Nuestro compromiso a luchar contra la violencia del neoliberalismo que una vez más busca imponerse como pensamiento único y fin de la historia. Sabemos que nuestra diversidad, nuestra historia y nuestras luchas anuncian el comienzo de un tiempo mejor.
- Nuestro compromiso a seguir honrando a quienes nos han precedido en este camino sembrando esperanzas, ideas y sueños de un mundo mejor continuando la construcción de un mundo solidario, libre y unido en la diversidad en el que la vida valga más que las leyes del mercado, la propiedad privada y la acumulación de capital.
- Nuestro compromiso en transformar nuestras relaciones dejando de lado y combatiendo todas las formas de dominación y opresión contra las mujeres, pueblos originarios, jóvenes y todos los que en esta sociedad son marginados y perseguidos.
- Nuestro compromiso a avanzar en la construcción de alianzas con todos los sectores sociales que han confluido en esta Cumbre de los Pueblos para decir bien fuerte:
- Somos una sola fuerza hermanada con los trabajadores urbanos, consumidores, desocupados, movimientos feministas, movimientos por la diversidad sexual, ecologistas, organizaciones de jóvenes, académicos y todas y todos los que llegamos aquí comprometidos en la construcción de otra sociedad.
Nos reconocemos en los principios anticapitalistas, antipatriarcales, internacionalistas y anticolonialistas y asumimos el compromiso con los mismos como desafío para nuestra vida cotidiana, al interior de nuestras organizaciones y en la búsqueda de construcción de una nueva sociedad que hemos asumido que es posible y necesaria.
Nos solidarizamos con todos los pueblos del mundo en resistencia y nos inspiramos en el ejemplo del valiente campesinado colombiano que hoy asume el desafío de la construcción de territorios de paz en un país que ha atravesado por décadas de violencia, nos declaramos comprometidos a hacer de todos nuestros territorios.
TERRITORIOS DE PAZ PARA LA SOBERANÍA ALIMENTARIA Y POLÍTICA Y LA VIDA DIGNA
FUERA OMC, FUERA LIBRE COMERCIO DE NUESTRAS TIERRAS,
DE NUESTRA AGRICULTURA, DE NUESTROS PLATOS Y DE NUESTRO PLANETA

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El 29 encuentro de la Unión de Asambleas Cidudadanas hacia territorios para la vida.

Prensa Unión de Asambleas Ciudadanas Informa
10 de Diciembre de 2017
Declaración de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) sobre la reunión ministerial de la OMC (Organización Mundial del Comercio)
10 de diciembre, Villa 25 de Mayo, San Rafael, Mendoza

Las y los reunidos en el 29 encuentro de la UAC, pertenecientes a asambleas y colectivos de distintas comunidades que luchamos y defendemos los bienes comunes, debajo de un platanal de San Rafael (Mendoza), nos constituimos y decimos:
Ante la reunión a puertas cerradas de los delegados de la Organización Mundial de Comercio (OMC), que pretenden decidir y negociar sobre nuestras vidas y territorios, levantamos nuestros cuerpos y nuestras palabras para oponernos y defender todas las formas de existencia inspiradas en los principios del buen vivir. Los delegados de la OMC, que no son otra cosa que los emisarios de la muerte, aspiran a profundizar y globalizar el cercamiento capitalista de los bienes comunes, continuando con la acumulación por despojo. Esta acumulación por despojo se sostiene a través de una violencia sistémica, tanto de los estados capitalistas (con sus fuerzas de seguridad) como de las empresas trasnacionales y nacionales, que destruye nuestras vidas y territorios, como sucede hoy, sin ir más lejos, con nuestrxs hermanxs mapuches.
Vamos construyendo formas de organización que se traman con los bienes comunes, el aire, el agua, la tierra y con los saberes que se transmiten de encuentro en encuentro, de abrazo en abrazo. No creemos en las representaciones ni delegamos nuestra potencia de existir. Creemos y construimos desde la autoderminación de los pueblos que reafirman las identidades que han sido negadas y desaparecidas desde hace más de 500 años. Sostenemos la forma asamblearia y el consenso para construir afectivamente otras formas de hacer política.
Durante estos 11 años de la UAC venimos construyendo comunidad, entretejiendo lazos para la creación de economías autogestivas que cuiden la tierra, opuestas a la lógica del mercado, es decir, a la lógica productivista orientada a la ganancia que impulsan organizaciones como la OMC. Nosotros y nosotras, en cambio, entendemos el trabajo como cuidado y reproducción de la vida en todas sus expresiones, humanas y no humanas. El trabajo como matriz de relaciones sociales donde prime una lógica de la reciprocidad, que tiene sus huellas en experiencias diferentes de organización de la producción y el consumo como las campesinas e indígenas y diversas iniciativas autogestivas urbanas que tienen lugar a lo largo de toda nuestra América. Concretamente buscamos generar espacios de siembra colectiva, prácticas agroecológicas, espacios de intercambio de bienes y de saberes, desde abajo y de modo horizontal. Hilamos nuestras luchas por la construcción del buen vivir.
En definitiva, levantamos nuestras voces y nuestros cuerpos repudiando el encuentro de la OMC en nuestra tierra y decimos:

¡FUERA LA OMC!
¡TERRITORIOS PARA LA VIDA,
LIBRES DE CONTAMINACIÓN Y VIOLENCIA!


 
------------------
Comisión Prensa y Comunicación
UAC Unión de Asambleas Ciudadanas

 

UAC Unión de Asambleas Ciudadanas
Contra el Saqueo y la Contaminación

prensa@asambleasciudadanas.org.ar

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15 de noviembre de 2017

Los gobiernos progresistas, a través de los crecimientos “a tasas chinas”, revitalizaron la acumulación de los imperialismos y el sometimiento de nuestros países.

Debatir Venezuela… Debatir el “ciclo progresista”
Extractivismo y 
dialéctica de la dependencia
2 de agosto de 2017


Por Horacio Machado Aráoz (Rebelión)

(...)Extractivismo progresista, ¿post-neoliberal y anti-imperialista?
Para luchar contra el imperialismo es indispensable entender que no se trata de un factor externo a la sociedad nacional latinoamericana, sino por el contrario, forma el terreno en el cual esta sociedad hunde sus raíces y constituye un elemento que la permea en todos sus aspectos”. (Ruy Mauro Marini, Prefacio a la 5° edición de “Subdesarrollo y revolución”, 1974).
Lo que señalamos para el caso bolivariano -la expresión de la voluntad política más audaz y ambiciosa del último ciclo de rebeliones populares en NuestraméricaAbyayalense-, es perfectamente aplicable a todos y a cualquiera de las experiencias de los gobiernos progresistas del reciente ciclo. Las razones de la profunda crisis que hoy se cierne sobre Venezuela son en gran medida las razones del ocaso y del “fin de ciclo progresista”. Por cierto, con matices, pero sin diferencias en lo fundamental, lo dicho y analizado sobre el rentismo petrolero es válido para la soja, la pasta de celulosa, el cobre, el litio, el hierro, la palma aceitera, en fin, para cualquier commodity. El capitalismo, desde sus orígenes hasta la fecha, se ha caracterizado por sembrar en sus periferias países-commodities, economías coloniales que le abastecen los imprescindibles subsidios ecológicos que precisa para alimentar la voracidad insaciable del “molino satánico” (Polanyi, 1949) de la acumulación sin fin/como fin en sí mismo.
Estamos hablando en todos los casos de la configuración de regímenes extractivistas, de los cuales, (tratándose del excremento del diablo), el extractivismo petrolero es el peor y más extremo de los modelos. Así, el gran yerro no sólo de los conductores estatales del proceso bolivariano, sino de las experiencias de los gobiernos progresistas en general, fue haber pretendido pensar y/o construir una sociedad más justa, más igualitaria y más democrática sobre la base de la profundización del extractivismo.
Pretender “salir del neoliberalismo”, luchar contra el “imperialismo”, peor incluso, proyectar “la revolución” o impulsar un “proceso revolucionario” mediante la intensificación del extractivismo es el más absurdo oxímoron político que nos ha legado el fallido ciclo progresista en América Latina. Sencillamente, porque el extractivismo no es una característica pasajera de una economía nacional, sino que da cuenta de una función geometabólica del capital, fundamental e imprescindible para el sostenimiento continuo y sistemático de la acumulación a escala global.
“Extractivismo” no se circunscribe a las economías primario-exportadoras, sino que refiere a esa matriz de relacionamiento histórico estructural que el capitalismo como sistema-mundo ha urdido desde sus orígenes entre las economías imperiales y “sus” colonias; se trata de ese vínculo ecológico-geográfico, orgánico, que “une” asimétricamente las geografías de la pura y mera extracción/expolio, con las geografías donde se concentra la disposición y el destino final de las riquezas naturales. La apropiación desigual del mundo, la concentración del poder de control y disposición de las energías vitales, primarias (Tierra/materia) y sociales (Cuerpos/trabajo), en manos de una minoría, a costa del despojo de vastas mayorías de pueblos, culturas y clases sociales, eso es lo que el extractivismo asegura y hace posible.
En definitiva, este fenómeno da cuenta de la dimensión ecológica del imperialismo, como factor fundamental y condición de posibilidad material del sostenimiento del sistema capitalista global. La economía imperial del capital ha precisado -como condición histórico-material de posibilidad- la constitución de regímenes extractivistas para poder afianzarse y expandirse hegemónicamente como sistema-mundo. Nuestro continente “nació” (fue, en realidad, violentamente incrustado al naciente sistema-mundo) como producto de un zarpazo colonial que nos constituyó, desde fines del siglo XV hasta la fecha, como una economía minera, zona de sacrificio. Desde entonces, nuestras sociedades se con-formaron bajo el formato de regímenes extractivistas, más aún incluso, a partir de las “guerras de independencia” y la constitución de nuestros países como “estados nacionales”.

Así, el extractivismo en América Latina no significa apenas un tipo de “explotación de los recursos naturales”, sino que da cuenta de todo un patrón de poder que estructura, organiza y regula la vida social en su conjunto en torno a la apropiación y explotación oligárquica (por tanto, estructuralmente violenta) de la Naturaleza toda, (incluida, esa forma especialmente compleja y frágil de la Naturaleza que son los cuerpos humanos vivientes). El extractivismo en nuestra región es la perenne marca de origen de nuestra condición colonial, que no se ha borrado sino que se ha afianzado, durante nuestra etapa ‘post-colonial’.El extractivismo ha permeado nuestra cultura, ha moldeado nuestra institucionalidad, nuestra territorialidad e ‘idiosincrasia nacional’; ha dejado su huella indeleble en la estructura de clases, en las desigualdades racistas y sexistas; en fin, en la naturaleza de los regímenes políticos, el tipo de estructura de relaciones de poder y sus modalidades de ejercicio y reproducción. En una palabra, los regímenes extractivistas son, ni más ni menos, que la base estructural de las formaciones geo-sociales (Santos, 1996) propias del capitalismo colonial-periférico-dependiente; expresan la modalidad específica que el capitalismo adquiere en la periferia.
Por eso, en todo caso, la profundización, ampliación o intensificación del extractivismo, es la profundización, ampliación e intensificación de nuestra condición periférico-dependiente, colonial, dentro del capitalismo mundial. El extractivismo funciona como dispositivo clave de reproducción de nuestra integración subordinada al sistema-mundo;está en el meollo mismo de la dialéctica de la dependencia. Esto significa que, en nuestras sociedades, la expansión del crecimiento económico va insoslayablemente aparejado a la profundización de la dependencia y a la intensificación de los mecanismos estructurales de expropiación. La razón progresista ha sido ciega a este elemental (y viejo) problema constitutivo de nuestras formaciones sociales.
Aparentemente, a juzgar por sus políticas y por su retórica, el progresismo creyó posible “salir del neoliberalismo” y “luchar contra el imperialismo” profundizando la matriz extractivista y acelerando al extremo la exportación de materia y energía. Entendiendo el “post-neoliberalismo” como políticas de “inclusión social” (vía programas masivos de asistencia social, incremento de los presupuestos de la infraestructura y prestaciones estatales de servicios básicos, incentivos al mercado interno para dinamizar el crecimiento del consumo interno, del empleo, los salarios y la demanda agregada en general) los gobiernos progresistas materializaron el pasaje del Consenso de Washington al Consenso de Beijing o “consenso de las commodities”(Svampa, 2013).

Sus políticas “revolucionarias” fueron -en el fondo- no otra cosa que un momentáneo retorno a políticas neokeynesianas. La renta extractivista que financió las “políticas de inclusión” (al consumo de mercado) operaron en realidad una nueva oleada de apropiación y despojo de tierras, agua y energía, extranjerización y re-primarización del aparato productivo, mayor penetración y concentración del poder (económico, político e institucional) en manos de grandes empresas transnacionales; en suma, expansión de las fronteras materiales y simbólicas del capital hacia cada vez más amplias y profundas esferas de la vida social. La “inclusión social” fue, de hecho, inclusión como consumidores; “tener derechos” pasó a significar -para amplias mayorías- ser beneficiario de ciertos programas sociales y tener acceso a cierta cuota de consumo en el mercado. La “redistribución del ingreso” no afectó las desigualdades sociales básicas ni alteró la estructura de clases; los gobiernos progresistas, en verdad, ni hablaron de “lucha de clases” o superación de una sociedad de clases: su objetivo manifiesto fue la “ampliación de las clases medias”. A la par del consumo social compensatorio para las anchas bases de la pirámide social, se expandió el consumo exclusivo de las élites y el consumismo mimético de las clases medias.
Por supuesto, esto no significó desmercantilizar nada, en ningún sentido, sino, al contrario, abrir paso a una inédita intensificación y ampliación de horizonte de la mercantilización, tanto a nivel de las prácticas sociales objetivadas, como a nivel de las subjetividades y sensibilidades, incluso en el imaginario social de los sectores populares. En definitiva, en este sentido fundamental, los gobiernos progresistas no marcaron una “etapa post-neoliberal”, sino que fueron la prolongación y profundización del neoliberalismo por otros medios. Todo eso, financiado por la exportación creciente de materias primas; por la profundización del extractivismo.

Así, nuestro crecimiento “a tasas chinas” fue funcional a la revitalización de la dinámica de acumulación global. Cada carga de nuestras exportaciones alimentó la locomotora capitalista mundial con gravosos subsidios ecológicos extraídos de nuestros territorios/cuerpos. Cada punto de incremento en la demanda mundial (china) de nuestras materias primas dio mayor impulso a la ola de despojo, devastación de ecosistemas y mercantilización de bienes comunes y cuerpos humanos. Cada nueva obra pública, cada incremento en la “inversión” en carreteras, hidroeléctricas, puertos, hidrovías y cuanta infraestructura pública se hizo para “mejorar la conectividad regional” y la “integración latinoamericana” significó, sí, más empleo, más consumo popular, pero también, mayor apropiación de plusvalía por parte de grandes transnacionales, aumento del poder económico y político de la clase capitalista mundial y de los segmentos de las burguesías internas; en fin, intensificación y profundización de las economías de enclave: fragmentación territorial de los ecosistemas, debilitamiento de los entramados productivos endógenos, pérdida de sustentabilidad y autonomía económica, tecnológica, financiera y, al contrario, profundización de nuestra inserción estructuralmente subordinada y dependiente.

Mientras las pudieron sostener, las políticas expansivas del ciclo progresista mejoraron, sí, a corto plazo, las condiciones inmediatas de vida de los sectores populares; eso está fuera de discusión. El punto es que esas mismas políticas intensificaron nuestra posición y condición de subalternidad en el marco de la geopolítica imperial del capital. Ese crecimiento profundizó la subsunción geometabólica de nuestros territorios/cuerpos a la trituradora del “molino satánico” global. De eso hablamos cuando hablamos del extractivismo como dispositivo clave de la dialéctica de la dependencia. Por eso mismo, el imperialismo es, principal y fundamentalmente, imperialismo ecológico: no se trata de un poder de dominación externo, sino que es intrínseco y constitutivo a nuestras formaciones sociales; está en las bases mismas de la matriz socioterritoral, la estructura de clases y de poder de las sociedades capitalistas periféricas. Los regímenes extractivistas son así, la cara interna del imperialismo (ecológico) del capital.  

Ecologismo popular y radicalización de la praxis revolucionaria
“El cambio supone una subversión gradual de las necesidades existentes, es decir, un cambio en los mismos individuos, de manera que, en los propios individuos, su interés por la satisfacción compensatoria ceda ante las necesidades emancipatorias. (…)) Evidentemente, la satisfacción de estas necesidades emancipatorias es incompatible con las sociedades establecidas de estados capitalistas y estados socialistas”. (Herbert Marcuse,1979).
“Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad privada de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como bonipatres familias, a las generaciones venideras”. (Karl Marx, 1867).
Las gravosas e insoslayables consecuencias económicas, políticas y culturales del extractivismo sobre nuestras sociedades, es lo que desde un amplio y diverso conjunto de actores (no sólo intelectuales, investigadores, sino movimientos sociales, pueblos originarios, comunidades campesinas, organizaciones sociales de base comunitaria, colectivos asamblearios nucleados en torno al ecologismo popular) hemos venido tan insistente como infructuosamente planteando al interior de estos procesos políticos en nuestra región. Nuestras luchas contra el extractivismono procuraban “hacerle el juego a la derecha”, ni erosionar la base de sustentabilidad económica y política de los gobiernos progresistas, sino al contrario. En todo caso, buscaron siempre mantener claridad en el sentido y el rumbo de la práctica revolucionaria.
El oficialismo de izquierda, en particular los “intelectuales orgánicos” que se abroquelaron acríticamente detrás de una defensa impermeable de esos gobiernos, hoy en su ocaso, desconsideraron absolutamente esas advertencias. Por negligencia o conveniencia, con soberbia y/o necedad, ignoraron sistemáticamente los planteos provenientes de los movimientos del ecologismo popular; muchas veces con mala fe, los asimilaron a los planteos del ambientalismo nórdico. Desde la oficialidad del poder, se apropiaron del nuevo lenguaje emancipatorio arduamente construido desde las luchas: el Buen Vivir o Sumaj Kawsay, Plurinacionalidad, Derechos de la Naturaleza, Bienes Comunes, Socialismo del Siglo XXI. Lo usaron, sin embargo, como una nueva retórica para solapar el viejo imaginario (colonial y políticamente perimido) del desarrollismo “nacional y popular”, centrado en un “Estado fuerte” que “controla al mercado” y comanda el proceso de “crecimiento con inclusión social y redistribución de la riqueza”. Lo que nació como expresión de un nuevo paradigma civilizatorio radicalmente post-capitalista, descolonial, despatriarcal y ecologista, fue sencillamente banalizado y vaciado de contenido.
Hasta hoy en día, esa izquierda oficialista sigue mostrándose completamente ciega ante el extractivismo y su dialéctica de la dependencia. No sólo no entienden la relevancia, gravedad y urgencia de la problemática ecológica, sino que tampoco entienden, al parecer, que el extractivismo no es sólo un problema regional, sino global; no es sólo “ambiental”, sino civilizatorio. Como muestra dolorosamente la coyuntura crítica de la sociedad venezolana (la de América Latina toda, pero también la dramática situación del planeta en general), el problema del extractivismo no es “sólo” la cuestión de la devastación ecológica de ciertos territorios, sino, en el fondo, la cuestión de raíz de la depredación capitalista del mundo de la vida como tal.
La lección histórica que nos deja este amargo fin de ciclo, es que, de una vez por todas, deberíamos ya definitivamente desafiliarnos de la religión colonial del “progreso”, despejar de nuestro imaginario la ilusión fetichista de que sería posible desacoplar el engranaje de la producción (capitalista de riqueza) del de la devastación (de las fuentes y formas de Vida). Pues, en plena Era del Capitaloceno, en la que nos hallamos, está a la vista que ambos mecanismos forman parte inseparable del mismo “molino satánico”. El aprendizaje histórico que deberíamos ser capaces de hacer de la frustrada experiencia del “ciclo progresista” es que el (neo)desarrollismo de ninguna manera es una alternativa válida para nuestros pueblos; lejos de ser una vía siquiera ‘transitoria’ hacia el “socialismos del Siglo XXI”, fue un atajo que nos hundió aún más en las condiciones estructurales de subalternidad y súper-explotación propias de nuestra posición colonial-periférico-dependiente dentro del capitalismo global.
No se trata de una cuestión de “reforma” o “revolución”. No es que los cambios “iban bien”, pero que faltó “seguir avanzando” en la misma dirección. Se trata de tomar nota de que la política de “crecimiento con inclusión social” no sólo no alcanza como horizonte político de cambio social revolucionario, sino que en realidad es una política completamente errada e históricamente perimida, si a lo que aspiramos es a un verdadero proceso de emancipación social. Un programa político basado en la pretensión de la satisfacción (así sea “para todos y todas”) de las necesidades existentes, es como tal un programa reaccionario, que inhibe de raíz la posibilidad de imaginar y avanzar en la dirección de los cambios que precisamos realizar. El sistema justamente nos constituye como sujetos-sujetados a su reproducción a partir de la estructuración misma de las necesidades (y la colonización de los deseos): las necesidades existentes son, en realidad, las que el sistema necesita para su reproducción; son, por tanto, un aspecto clave de lo que precisamos cambiar.
Los movimientos del ecologismo popular hemos venido señalando ese punto ciego de los gobiernos progresistas. Las políticas de “crecimiento con inclusión social” no sólo son funcionales a la reproducción del sistema, sino que además se basan en la quimérica creencia de que, dentro del capitalismo, sería posible “incluir a todos los excluidos”, o peor, de que “incluyendo a los excluidos” se va transformando el sistema… El programa de la “inclusión social” no sólo es inviable socialmente (pues el capitalismo es por definición un régimen oligárquico de apropiación y usufructo diferencial de las energías vitales, donde “la pobreza de la mayoría, a pesar de lo mucho que trabajan” sólo va a engordar “la riqueza de una minoría, riqueza que no cesa de crecer aunque haga ya muchísimo tiempo que hayan dejado de trabajar”), sino también ecológicamente: hay taxativos límites biológicos y físicos dentro del Sistema Tierra que hacen inviable un horizonte de “crecimiento infinito”.
Si a mediados del siglo XIX podría haber sido todavía comprensible, la ceguera ante la crucial cuestión ecológica de fuerzas sociales que se dicen revolucionarias, anti-capitalistas, resulta, en el siglo XXI, lisa y llanamente inadmisible. La crisis ecológica, las desigualdades e injusticias socioambientales, los impactos tóxicos y destructivos del industrialismo, el urbanocentrismo, el patrón energético moderno, la producción a gran escala y el consumismo (no sólo sobre los ecosistemas, sino sobre la condición humana), no pueden no estar en la agenda de un programa que se proponga seriamente la construcción del socialismo del siglo XXI. Como lo dijera el comandante Chávez, la construcción del socialismo es, en este siglo, “razón de vida”.
El ecologismo, así, (el ecologismo popular, que nada tiene que ver con el conservacionismo, el maltusianismo, la economía verde ni cualesquiera de las distintas expresiones del eco-capitalismo tecnocrático) lejos de constituir un programa social ‘reaccionario’ o ‘funcional a la derecha’, expresa en realidad un nuevo umbral del pensamiento crítico y las energías utópicas. La irrupción de los movimientos del ecologismo popular en la escena política del siglo XXI está dando cuenta de la necesidad de una profunda renovación y radicalización del contenido y el sentido de la práctica revolucionaria; acorde a las necesidades de nuestro tiempo. Porque en nuestro tiempo, está claro que no se trata de “incluir” sino de “transformar”.
Hay que tomar seriamente -en términos políticos y epistémicos- que estamos viviendo los momentos extremos de la Era del Capitaloceno (Altvater, 2014; Moore
, 2003), una era signada por las huellas prácticamente irreversibles que la destructividad intrínseca del capitalismo ha impreso sobre la Biósfera, la Madre Tierra. Justamente por ello, el sentido de la acción política y el cambio social que como especie, como comunidad biológica, asumamos, signará decisivamente nuestras posibilidades de sobrevivencia, o no. Ese es el escenario en el que nos hallamos. No se trata de ‘catastrofismo’, sino del más crudo realismo. Como lo advierte Donna Haraway (2016), el Capitaloceno no es una “nueva” era geológica, otro horizonte espacio-temporal de larga duración; al contrario, el Capitaloceno designa un “evento límite”, es decir, un momento de la historia de la Tierra cuyos presupuestos y condiciones ecológicas y políticas lo hacen inviable: o se transforman esos presupuestos, o se extingue.

La cuestión ecológica, tal como es planteada por el ecologismo popular, es así crucial para la sobrevivencia de la especie. Por eso mismo, nos empuja a atrevernos a pensar el fin del capitalismo, a recuperar y renovar formas y modos de vida no-capitalistas. Nos incita a pensar la revolución no apenas como ‘cambio de políticas/políticas redistributivas’, ‘cambio de gobierno’ o ‘toma del Estado’, sino como un radical y profundo cambio civilizatorio. Es decir, el escenario del Capitaloceno, la posibilidad cierta de un colapso terminal de las condiciones ambientales que hacen posible la vida humana en el planeta como consecuencia de la huella ecológica provocada por el capitalismo, nos desafía a pensar el cambio revolucionario completamente en otra escala; una escala espacio-temporal mucho más amplia que la que hasta ahora se ha considerado. Necesitamos pensar la revolución como un cambio de Era Geológica. Si el Capitaloceno es un momento crítico, donde la vida (al menos en su forma humana) está expuesta a la extinción, si designa el tiempo geológico en el que el capitalismo ha trastornado hasta tal punto los flujos elementales del sistema Tierra casi al extremo de volverla in-habitable, hacer la revolución en el presente, significa realizar todas las transformaciones que sean necesarias a fin de restituir las condiciones de habitabilidad del planeta; volver a hacer de la Tierra, nuestro Oikos/Hogar, el lugar apto para la (re)producción de nuestra vida como comunidad biológica.

Si la idea de un socialismo del Siglo XXI es algo más que un mero eslogan político, y lo consideramos, en términos realistas y concretos como un nuevo horizonte político, un nuevo modo histórico de (re)producción social de la vida, y un nuevo régimen de relaciones sociales, esa noción de “socialismo del siglo XXI” nos lleva a pensar la revolución como una profunda migración civilizatoria que nos saque de la era insostenible del Capitaloceno. El ecologismo popular -los sujetos y movimientos sociales que lo encarnan- se toma seriamente este desafío; piensan/pensamos la revolución como cambio sociometabólico, como una radical transición socioecológica hacia un absolutamente nuevo modo de producción social (de la vida), que supone y requiere no apenas “oponernos al neoliberalismo” sino deconstruir de raíz las formas elementales del capital.
En este punto, hallamos la convergencia fundamental entre el chavismo y el ecologismo popular. Si algo precisamos rescatar y recuperar del movimiento bolivariano, si en algo reside su originalidad, su pertinencia histórica y su potencia revolucionaria, es en la centralidad que se le ha querido dar a las comunas como nuevas bases ecobiopolíticas y unidades de producción de la vida social. Eso que ha sido su gran aporte histórico, ha sido también -hoy lo podemos ver con claridad- su límite y su contradicción: construir el socialismo comunal ha quedado sólo como una expresión de deseos. El chavismo en el gobierno siguió el camino de la “siembra del petróleo”, en lugar del sendero alter-civilizatorio de la comunalización. Lejos de favorecer la germinación del poder popular, esa siembra de petróleo lo intoxicó y lo fue asfixiando cada vez más.
En las horas aciagas que corren, sería de gran utilidad volver y juntar fuerzas en torno a ese proyecto político que fue truncado. “Comuna o nada” es un lema que resume el legado perenne del comandante Chávez y es también un principio elemental clave para orientar el cambio revolucionario, la transición socioecológica hacia una nueva era Civilizatoria y Geológica.
Comunalizar es el verbo donde convergen el chavismo y el ecologismo popular como fuerzas sociales revolucionarias; es lo que tenemos en común, como horizonte guía y aspiración transformadora. Comunalizar es, por supuesto, des-mercantilizar, pero también des-estatalizar: el Estado no es lo opuesto del Mercado, sino la contracara jurídico-política del capital. Avanzar hacia un socialismo comunal no implica un “Estado comunal”, sino la deconstrucción radical de la lógica racional-burocrática, centralizada y vertical de ejercicio del poder y gestión de la vida colectiva. Comunalizar es democratizar y descentralizar los procesos de producción de la vida; implica sembrar poder y capacidades autogestionarias, construir autonomía social desde las bases, tanto en las esferas de la vida doméstica, como de la vida pública. Comunalizar es des-privatizar y desmercantilizar las relaciones sociales, los imaginarios, los cuerpos y los territorios. No basta con suprimir la propiedad privada de “los medios de producción”; tenemos que suprimirla de la faz de la tierra; hacer que llegue el día en el que “la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados” sea un absurdo inaceptable.
Así, radicalizar la revolución es comunalizar la Madre Tierra; es diseñar, construir y asumir como forma de vida, un nuevo metabolismo social que la reconozca, la considere y la trate como lo que en realidad es: base imprescindible y fuente de Vida en Común.
Producir un radical giro sociometabólico que parta del respeto y el cuidado radical de la Madre Tierra, supone salirnos de los engranajes del productivismo y el consumismo que hacen girar “el molino satánico” de la acumulación como fin-en-sí-mismo; supone también corrernos del industrialismo, del urbanocentrismo y el fetichismo tecnológico que nos hace creer que el “desarrollo de las fuerzas productivas” es una línea evolutiva universal y que para cualquier problema social y/o ecológico siempre bastará y será posible hallar una solución tecnológica. Ese cambio sociometabólico no implica “aumentar los salarios” sino des-salarizar el trabajo; no “redistribuir el ingreso”, sino redefinir radicalmente el sentido social de la riqueza, esta vez, en función de los valores de uso y de la sustentabilidad de la vida y no de la valorización abstracta y la super-producción de mercancías.

En fin, procurar ese giro sociometabólico involucra, en última instancia, des-mercantilizar las emociones, vale decir, buscar, sentir y vivir la felicidad en las relaciones, y no en las cosas. En lugar de la expansión (incluso ‘igualitaria’) de los ‘bienes de consumo’, el nuevo horizonte utópico que se vislumbra desde esta perspectiva pasa más bien por un escenario donde “el hombre socializado, los productores libremente asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de energías y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana” (Marx, 1981: 1045).
Claro, somos conscientes de que el giro sociometabólico del que hablamos como medio y proceso revolucionario, constituye un desafío ideológico, existencial y emocional no apenas para la derecha, sino también para amplios sectores que se consideran de “izquierda”; claramente es así para la izquierda oficialista. Todavía estos sectores siguen anclados en el socialismo (realmente in-existente) del siglo pasado: concibiendo la revolución como “desarrollo de las fuerzas productivas”, creyendo que el imperativo de la liberación pasa por “industrializarnos”, “crear puestos de trabajo”, “aumentar salarios”, construir más carreteras” y “ampliar las políticas sociales”.
Esos sectores, esa izquierda no percibe aún “los límites de la civilización industrial” (Lander, 1996); no puede ver más allá del muro mental de la colonialidad progresista. Justamente, no pueden ver que más allá de esos muros, hay mucha comunalidad viviente; personas, organizaciones, comunidades enteras que no demandan más asfalto ni quieren “progresar”, que no sueñan con “salir de shopping” ni luchan por el aumento de su “poder adquisitivo”… Sujetos colectivos que, por el contrario, se hallan movilizados por la defensa de sus territorios, congregados por los desafíos de la gestión autonómica de la vida en común, por la producción de la soberanía alimentaria, por la justicia hídrica, la democratización y sostenibilidad energética.
Esos sujetos -tenemos la esperanza y la convicción- son quienes que están conjugando en sus luchas, el verbo de la revolución, del socialismo del siglo XXI… Al comunalizar los bienes, los nutrientes y las energías, los saberes, los sabores y las semillas, estos sujetos están emprendiendo el camino de la gran migración civilizatoria que nos saque del Capitaloceno y nos lleve a la Tierra de un nuevo y auténtico Antropoceno: la Era Geológica del Hombre Nuevo.  
 Bibliografía:(...)
Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=229785

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